Responsabilidad compartida y diferenciada

Ante un accidente de tránsito, un desastre ambiental o un hecho criminal es natural preguntarse: ¿Quién es el responsable? ¿De quién es la culpa? 

Normalmente la asignación de la culpabilidad corresponde a una investigación objetiva, en la ciencia como en la vida social y, usualmente, la responsabilidad no es de una sola parte, incluso en situaciones límites. En mi larga vida de conductor de automotores en Bolivia, me tocó vivir una experiencia insólita: el Transito me asignó un porcentaje de responsabilidad cuando mi automóvil fue chocado estando adecuadamente estacionado en la calle.

De modo que la responsabilidad suele ser “compartida” entre todos los involucrados y no atribuible a una sola parte, a un solo individuo o a un solo gobierno.

Por ejemplo, el cambio climático, consecuencia del calentamiento global, es responsabilidad de todos en la medida en que todos contribuyen a contaminar la atmósfera, deforestar la tierra y quemar energías fósiles.

En el caso de conflictos sociales con pérdida de vidas humanas, siempre existe una responsabilidad compartida, entre los que se exceden en el uso de la fuerza pública y los que se exceden en el riesgo de tener bajas en sus filas en un escenario incontrolable. Los viejos dirigentes sindicales sabían hasta dónde podían “estirar la soga” sin comprometer la incolumidad de sus compañeros, porque valoraban la vida más que el cálculo de especular con las víctimas. Pienso en la actitud prudente y responsable de la COB en 1986 durante la Marcha de la Vida.

Asimismo, cuando un gobierno reclama por la “responsabilidad” de los medios de comunicación, para que ese llamamiento no parezca hipócrita e interesado, debería empezar por dar el ejemplo en casa, ya que los medios estatales y paraestatales suelen ser los menos responsables en el manejo de las noticias. 

El otro atributo fundamental de la responsabilidad es que es “diferenciada”: todos contribuyen a una eventualidad, pero no todos en el mismo grado.

En el caso mencionado del cambio climático, los países que más consumen energía y combustibles fósiles (China, EE. UU. y Europa) tienen una mayor responsabilidad en los efectos del cambio climático, pues éstos suelen ser más destructivos en los países de mayor vulnerabilidad ambiental y económica. Por eso su contribución a la mitigación y reparación de los daños ambientales debe ser mayor. Y lo propio podría decirse acerca del incremento de los cultivos de coca en Bolivia.

También en el caso de los conflictos sociales y políticos, como los de noviembre de 2019, la responsabilidad, además de compartida, es diferenciada. Los que desconocieron la voluntad popular, los que contaminaron dolosamente el escrutinio electoral, los que diseñaron un plan macabro de renuncias colectivas para sumir al país en el caos, por intereses personales y sectarios, ellos son los mayores responsables de esos hechos luctuosos. Sin embargo, manipulando la justicia a su antojo, andan libres e incluso pontifican acerca de responsabilidades ajenas.

Asimismo, la responsabilidad de un medio estatal, financiado por todos los bolivianos, cuando deja de ser equilibrado y verdadero en la información, es mayor de la de un medio privado que suele responder a intereses de sus dueños, reales o palos blancos. De hecho, puede suceder que las burdas tergiversaciones de los medios oficialistas provoquen en la prensa independiente una reacción en contra de esas distorsiones, a costa de un acercamiento equilibrado a la verdad.

En fin, en una sociedad contagiada por el virus del odio y el fanatismo como la nuestra, antes de buscar perdón y reconciliación, ¿no deberíamos empezar por reconocer nuestra parte, común y diferenciada, de responsabilidad?

Publicado en Página Siete el 25/8/2021

Una buena dosis de sofrosine

No, estimado lector, la sofrosine no es un remedio, tampoco una vacuna. En la mitología griega, Sofrosine fue uno de los espíritus que escaparon de la caja de Pandora cuando ésta la abrió. Entonces Sofrosine huyó hasta el Olimpo, abandonando para siempre a la humanidad en poder de Hybris.

En la literatura griega antigua la sofrosine es la virtud ideal de un individuo bien equilibrado, y que, por eso, manifiesta otras cualidades, como la templanza, la moderación, la prudencia y la autoestima. Todo lo contrario del descontrol, la arrogancia y la ira (hybris). Los romanos le decían “sobrietas”.

Se sabe que la interpretación metafórica de la mitología alumbra diferentes campos del conocimiento humano.

Un concepto equivalente a la sofrosine ha permitido desarrollar la física clásica desde Newton, mediante la descripción de los fenómenos mediante una sucesión de estados de equilibrio. De hecho, un sistema, sujeto a fuerzas moderadas, suele alcanzar un estado de equilibrio estable.   Un ejemplo puede ayudar a entender la anterior analogía. La famosa capa de ozono se forma a una altura entre 20 y 40 km de la atmósfera porque más arriba hay mucha radiación UV y poco oxígeno, elementos indispensables para formar el ozono, y más debajo de 20 km hay poca UV y mucho oxígeno.  Asimismo, en las clases de física mis alumnos se volvían especialmente participativos cuando preguntaba: “¿por qué los aviones comerciales suelen volar a una altura de unos diez kilómetros?”. La respuesta está otra vez en el equilibrio entre la eficiencia energética por volar a más altura (a menor densidad del aire, menor consumo de combustible) y la resistencia estructural de la nave, cuyo costo y peso se incrementan con la altura.  Consideraciones similares valen también para otras disciplinas científicas, como la ley biológica del equilibrio (dinámico) entre predadores y presas.

Lo sorprendente es que las anteriores observaciones pueden aplicarse hasta a la política. Por ejemplo, incluso el manoseo de la justicia debe hacerse con sofrosine, algo que el actual gobierno no acaba de entender. Una presión moderada sobre fiscales y jueces puede tal vez ayudar a acelerar el desenlace de unos casos ejemplares, pero un abuso descarado del sistema judicial se vuelve un bumerán para la credibilidad democrática del gobierno. Es exactamente lo que está sucediendo con el apresamiento abusivo de la expresidenta Jeanine Añez, donde la hybris parece sobreponerse a la sofrosine. Por cierto, el informe del GIEI es una muestra de sofrosine y la conducta de Luis Arce lo es de la hybris.

El insigne filólogo Bruno Snell (“El descubrimiento del espíritu”, 1946) sostiene que la hybris es el primer enemigo de la democracia, en tanto fuerza contraria al equilibrio al que deben aspirar el individuo y la sociedad en el desenvolvimiento de sus acciones. Snell tenía como referencia al nazismo; 75 años después nuestros referentes son otros, interna e internacionalmente.

En verdad, el actual momento político requiere una buena dosis de sofrosine y una purga de hybris, no solo en el gobierno, que es quien más las necesita, sino también en las oposiciones, aún en busca de la justa mesura entre lo relevante y lo accidental de su fiscalización. En efecto, una oposición desmesurada consigue cohesionar las diferentes corrientes del partido de gobierno, mientras una oposición razonable logra poner en evidencia las contradicciones de esa coalición corporativa.

En fin, ¡qué hermoso sería si, desde este mes de la Patria, el espíritu sometiera los instintos y frenara las pasiones, y nos tratáramos como personas, diferentes en muchos aspectos, y no como enemigos; en resumen, si la sofrosine dominara sobre la hybris.

Publicado en Página Siete (y otros medios nacionales) el 21/08/2021

Pobre Patria

Las notas y la letra de “Pobre Patria” (1991), una de las más famosas canciones de Franco Battiato -compositor, poeta, cantante, pintor y cineasta fallecido hace tres meses en su natal Sicilia- resuenan en mi corazón en esta semana en que Bolivia está de aniversario porque siento que describen adecuadamente los sentimientos contrastantes, de decepción y esperanza, de muchos compatriotas preocupados por el presente y el futuro de nuestra Patria. Transcribo algunos versos de esa canción:

Pobre patria

agobiada por los abusos del poder;

por personas infames que no saben lo que es el pudor.

Creen que son poderosos y les conviene lo que hacen y todo les pertenece.

Entre los gobernantes, cuántos perfectos e inútiles bufones en este país devastado por el dolor

¿Mas no les disgustan un poco esos cuerpos inertes sin calor?

No va a cambiar, no va a cambiar. No va a cambiar, tal vez va a cambiar.

Puedes esperar que el mundo vuelva a actitudes más normales

Que pueda contemplar el cielo y las flores.

Que no se hable más de dictaduras. Si todavía tendremos un poco más de vida.

La primavera mientras tanto tarda en llegar.

No va a cambiar, no va a cambiar. Sí que va a cambiar, verás que va a cambiar,

Percibo que Bolivia, desde hace un tiempo a esta parte, ha entrado en un sombrío callejón sin salida, oscurecido por la sed de poder, por proyectos individualistas y excluyentes, por rencores y deseos implacables de revanchismos que siguen acumulándose, acrecentados por instigadores de todos los colores.

Sombrío es el callejón de la justicia que, en teoría, debería dirimir civilizadamente las controversias, pero que sigue moviéndose como veleta al viento del poder de turno, midiendo con doble rasero, a las órdenes de quienes no han recibido investidura alguna para gobernar.

Si queremos que todo eso cambie, como la canción augura con un hilo de esperanza, si todavía hay estadistas en el país y no solo demagogos, si aún nos interesa el prestigio y la dignidad de Bolivia ante el mundo, es este el momento de revertir el camino que nos está llevando al despeñadero, dejar ese insano juego de la “pelea entre buenos y malos” que es la aplicación de la ley del más fuerte; mientras uno sea el más fuerte, para luego intercambiar los roles en una espiral destructiva sin fin.

Es hoy la hora de educar a ser libres para servir a los demás, de seducir al oponente en busca de consensos para que “la primavera no tarde más en llegar”. Es hoy la hora de renovar líderes y actitudes; de partir de la realidad y no de las ideologías; de mirar menos al pasado y más al presente y al futuro, si queremos que haya uno para Bolivia. Es hoy la hora de gobernar para todos los ciudadanos y no solo para los intereses de corporaciones corrompidas.

Lo anterior es un imperativo patriótico y heroico en momentos en que el país se encamina a una crisis sin precedentes. Porque Bolivia tiene cura; el remedio al actual insano estado de cosas existe y no tiene nada de mágico ni de recóndito. Bastaría que cada uno aplique lo que nos sugiere otra canción de Battiato, la más hermosa (El cuidado, 1996), dedicada originalmente a su madre:

Te protegeré de los miedos, de la hipocondría,

De las turbaciones que encontrarás en tu camino

De las injusticias y de los engaños de tu tiempo.

De los fracasos que por tu naturaleza normalmente atraerás

Te aliviaré de los dolores, de tus cambios de humor,

De las obsesiones, de las manías

De todas las enfermedades curarás,

Porque eres alguien especial y yo cuidaré de ti.

Pues, si no la cuidamos nosotros, cada hija e hijo de esta venerable república próxima a cumplir dos tumultuosos siglos de vida, con amor y ternura, con compasión y tolerancia, ¿quién la cuidará?

Página Siete, 7/08/2021

¡Coches eléctricos a la vista!

Algo se mueve en el sector energético boliviano. Lenta y tímidamente, sin una visión integral, pero algo se mueve al fin.

Bolivia está sentada sobre la bomba de tiempo del fin del ciclo del gas natural, por la explotación acelerada de los pozos y la insana “nacionalización” que ha privilegiado la monetización de las reservas a su reposición mediante la exploración. Consecuentemente, ingresan menos divisas por la exportación de gas y se gasta más por la importación de combustibles. Para muestra un botón: según la Fundación Milenio la participación de la renta de hidrocarburos en los ingresos del Gobierno Central ha bajado en siete años del 51% (2013) al 17%, menos que en 2004.

Por tanto, encaminar un proceso de transición energética no es una opción para el gobierno y el país, sino una necesidad y una urgencia. Es un camino que una reciente “hoja de ruta”, propuesta por la UCB por encargo del PNUD, ha delineado con claridad.

Percibo que el actual ministro del ramo, sin duda el más serio en más de una década, ha comprendido la necesidad de encauzar una transición energética gradual hacia las energías renovables. En efecto, en los últimos meses han salido a la luz dos decretos de gran relevancia.

El DS 4539 del 7 de julio aprueba incentivos tributarios para promover la electromovilidad urbana y agrícola y, también, para importar equipos de sistemas de energía. Esa medida, que está siendo reglamentada en aspectos técnicos vitales, contribuye a reducir el costo de compra de los autos eléctricos que, es sabido, representa el mayor obstáculo para la expansión de la electromovilidad.

En esa misma línea, el decreto facilita el acceso a créditos bancarios para la compra de un vehículo eléctrico a tasas de interés equiparadas a un crédito productivo. Es una medida importante pero insuficiente, ya que debería estar acompañada, por ejemplo, por la obligatoriedad de recibir el auto a gasolina usado como parte de pago, compensando con incentivos a las empresas comercializadoras, como se hace en otros países. La gran ventaja económica de un auto eléctrico es que, con los precios actuales de gasolina y electricidad, se ahorra hasta un 75% del costo del combustible, lo que permite un repago acelerado.

La recarga de las baterías eléctricas requiere infraestructura y generación eléctrica “distribuida” a partir de fuentes renovables, incluso para alimentar la red de distribución. Pues, de normar esa apertura “revolucionaria” se ocupa el DS 4477 del 24 de marzo de 2021. En efecto, no tendría sentido que los autos eléctricos consuman la electricidad generada por termoeléctricas, de modo que es urgente fomentar generación y consumo de energía fotovoltaica y eólica y discontinuar gradualmente las termoeléctricas de ciclo abierto por su baja eficiencia. Faltaría regular la instalación obligatoria de puntos de recarga en garajes de condominios y en estacionamientos públicos.

De todos modos, considero que con los dos decretos de marras se han dado pasos importantes hacia la transición energética, pasos, sin embargo, aún incipientes y parciales. Mi mayor crítica es la falta de una visión holística del proceso, considerando todas las implicaciones, incluso sobre el modelo de desarrollo.

Hace falta un verdadero “plan de transición energética” que identifique no solo problemas y desafíos, sino tiempos y medidas a implementar; que involucre a actores institucionales, empresariales y sociales; que cristalice procesos de diálogo para “seducir” acerca de esas medidas y su impacto en la economía y en la vida del ciudadano; pero, también, que recoja inquietudes y sugerencias de los usuarios.

En resumen, ¿coches eléctricos a la vista? Sí, pero todavía solo con binoculares.

Publicado en Página Siete (y otros medios nacionales) el 24/07/2021

La sexualización de la ciencia

Bruna Costacurta, amiga de mis tiempos universitarios, se despidió recientemente de la cátedra de Antiguo Testamento en la universidad Gregoriana de Roma mediante una clase, realmente “magistral”, con lleno total y “standing ovation”, durante la cual relató sus primeros pasos en esas aulas, enfatizando dos aspectos: su condición de “leprosa” ante sus compañeros (instruidos, por supuesto, por sus superiores religiosos) y el trato “neutro” de los docentes que no la penalizaron por ser la única mujer del curso, pero tampoco le concedieron privilegios.

Su mensaje apuntaba a que la inclusión es necesaria y justa, si cumple con dos reglas de oro: no discrimina, ni otorga privilegios. Es un hecho común que, para reparar una injusticia, se busque una compensación que genera otra injusticia; como cuando se favorece a una persona “solo” porque es mujer, porque es pobre, porque es indígena. Actuando así se les hace un flaco favor a esas categorías sociales, a la larga.

En efecto, el fanatismo en cuestiones de género puede llevar a graves distorsiones del desarrollo de la ciencia y de las relaciones humanas, como en el caso que paso a comentar.

La Academia Nacional de la Ciencia (NSA) de EE. UUU. acaba de expulsar a uno de los más prestigiosos investigadores en el campo de la genética evolutiva, el profesor “neodarwinista” Francisco J. Ayala, autor de fundamentales trabajos que he tenido el privilegio de comentar y divulgar en el pasado.

Antes de esa ignominiosa expulsión, la Universidad de California en Irvine (UCI), después de un proceso interno, había condenado al ostracismo académico a su docente estrella, incluyendo el retiro de su nombre de la biblioteca y de las becas de las cuales era el principal mecenas. La falta, interna y laboral, no punible criminalmente, sería su “conducta sexista” con base en testimonios de tres “víctimas”: una autoridad académica (y activista de #MeToo), una colega y una administrativa.

La sanción ha suscitado una fuerte controversia en el mundo científico norteamericano y español (Ayala nació en Madrid hace 87 años y dejó el hábito dominico para dedicarse plenamente a la investigación). Eminentes figuras se han alineado en defensa de su colega, escandalizadas de que “testimonios” y no “hechos” lleven el accionar del mundo científico hacia una caza de “brujos”.

Aparentemente a Ayala no se le ha condenado por acosar sistemáticamente, sino por ofender a colegas de trabajo con palabras y gestos inapropiados según los estándares actuales, como lanzar un piropo machista o saludar (a la europea) con un beso en la mejilla. ¡Con esos criterios, a un pluridoctor “honoris causa” boliviano le esperaría la horca! En todo caso, la sanción es exagerada y cruel, si tomamos en cuenta las atenuantes de edad, cultura y daño real infligido. ¿Habrá, a la larga, docentes varones que se arriesguen a ser tutores de tesistas mujeres?

Por tanto, es una verdadera aberración que el avance de la ciencia, tarea fundamental de la humanidad, sea sexualizado por códigos de ética de alcance disciplinario.

No siempre fue así. Por ejemplo, el joven Leonardo da Vinci pudo continuar su genial carrera artística a pesar de una acusación (gravísima entonces) de homosexualidad y la Inquisición fue tolerante con Galileo, a pesar de haber tenido dos hijas fuera del matrimonio (todo un escándalo para la ética de ese tiempo). Sin embargo, Richard Feynmann, premio Nobel de Física, quien solía condimentar sus amenas clases con chistes machistas (tolerados en los años 60), sigue siendo hostigado por grupos feministas radicales, hasta en su tumba. No dudo que todos ellos hoy en Bolivia estarían recluidos en una cárcel, mientras los parafiscales siguen “investigando”.

Publicada en Página Siete el sábado 10 de julio de 2021.

Si la sal (de litio) pierde su valor, ¿con qué se la salará?

Ese versículo del Evangelio (Mt 5,13) representa un desafío para una mente racional. Es una sentencia de Jesús que le sigue al sermón de la montaña. Los bienaventurados discípulos son identificados con “la sal de la tierra”, una expresión que pone en duda la interpretación tradicional de que los cristianos, por más pequeño que sea su número, actúan en el mundo como la sal en la sopa: “c.s., cantidad suficiente”.

En efecto, la anterior interpretación no condice con la misión recibida de hacer discípulos a todas las gentes, ni con la realidad de los países mayoritariamente cristianos. Tampoco está acorde con la medicina moderna que sugiere salar la comida “cum grano salis”. De modo que, eso de ser sal que enferma a otros nunca me ha convencido.

Adicionalmente, al margen de que la sal en la antigua Palestina se sacaba “del agua” del Mar Muerto y no “de la tierra”, queda el enigma de cómo puede perder su propiedad (o sea, volverse insípida) una sustancia tan elemental como es el cloruro de sodio.

Eso no va con la ciencia ni con mi convicción de que, cuando surge un conflicto entre ciencia y religión, la que tiene que adecuarse a la explicación científica es la religión ya que ambas, ciencia y fe, lejos de enfrentarse deberían complementarse.

En el caso específico, la ciencia puede ayudar a entender mejor esa sentencia, mediante una explicación sencilla que combina la “sal de la tierra” con la pérdida de su propiedad. En efecto, al tiempo de Jesús se cocinaba en hornos de barro cuyo piso refractario estaba hecho de bloques de sal. Éstos, con el uso, perdían su función y debían ser reemplazados. La sal quemada era echada a la calle para rellenar los baches, como refleja el mismo versículo al añadir: “solo sirve para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres”.

Menciono esa metáfora bíblica a propósito de la tragicomedia nacional de la explotación de otras sales (las de litio) y del peligro inminente de que esos recursos pierdan su valor comercial.

Como nadie puede negar, la demagogia del MAS y el diletantismo de los encargados de conducir el proyecto de explotación del litio, con el condimento (es el caso de decirlo) de expectativas cívicas exageradas acerca de una renta proveniente de recursos minerales, han producido una “tormenta perfecta” que está a punto de hacer naufragar los sueños de volvernos una potencia “evaporítica”.

Las razones son evidentes. Por un lado, existe un claro retraso del país en la extracción de litio, a pesar de haber sido pioneros (¡pioneros frustrados!) en reconocer su valor en la década de los ‘90.   Por otro lado, durante 13 años se ha buscado descubrir la pólvora usando mechas mojadas; esto es, intentando producir carbonato de litio mediante métodos ineficaces (la evaporación solar) e ineficientes (para eliminar las elevadas impurezas de magnesio) sin lograr un producto de calidad batería.

En suma, ¡muy “salada” nos salió la cuenta del improvisado experimento!: más de 600 millones de dólares gastados “al fósforo”; más bien, “al magnesio” en este caso.

Por cierto, el tiempo se acaba: todo indica que el auge del litio tiene una vida limitada, debido a que su uso principal (en las baterías eléctricas) encontrará pronto substitutos en materiales más baratos, abundantes y eficientes.

Por eso no me sorprende que el gobierno intente revertir la fracasada política anterior buscando acelerar la explotación del litio mediante una licitación internacional que ha interesado a empresas líderes del sector.

Personalmente, al margen de las declaraciones destempladas de un viceministro, veo una buena señal para recuperar tiempo y dineros malgastados. ¡Ojalá que los salares se conviertan pronto en el “salario” de Bolivia!

Publicado en Página Siete y otros medios nacionales el 12/06/2021

La nacionalización al borde de un ataque de nervios

Publicado en Página Siete (y otros medios nacionales) el 29/05/2021.

El proceso de aprobación de la modificación de un Contrato de Servicios Petroleros (CSP) en la Asamblea Legislativa Plurinacional (ALP) ha puesto de manifiesto la desesperación del gobierno, revelada, con honestidad, por el Ministro Molina, acerca del estado de la industria petrolera, como resultado de la Ley 3058 y de la nacionalización de los hidrocarburos del año 2006.

Ese CSP fue firmado en 2016 entre YPFB Corporación, empresa pública boliviana, y YPF E&P, empresa estatal argentina, con el objeto de explorar el área de Charagua, pero recién al año siguiente se lo pudo protocolizar. La tardanza se debió, como ha reconocido el ministro, a que todo CSP requiere la intervención de la ALP en dos tiempos: primero, para autorizar la firma de YPFB y, luego, para aprobar el contrato firmado. Cada uno de esos procesos exige, a su vez, pasar por la revisión y no objeción del Ministerio de Hidrocarburos, UDAPE y CONAPES, ser tratado por las respectivas comisiones de diputados y senadores y aprobado como ley en las dos Cámaras.  ¿No sería suficiente la mera aprobación del contrato firmado por YPFB condicionalmente a su ratificación por la ALP?, parece preguntarse ingenuamente el ministro.  Por desgracia, ese insano procedimiento ha sido incluido en la Constitución (Art. 362.II), la cual, en esos y otros temas, de cuerdo y práctico no tiene nada, pero de perverso tiene todo.

La desesperación por aprobar la modificación del CSP-Charagua destroza la lógica, al afirmar que YPF E&P cede el 40% de su participación a YPFB-Chaco porque Charagua pinta como un campo muy prometedor, gracias al gastado expediente de vender la piel del oso antes de haberlo capturado.

Mi percepción es que YPF E&P se metió en el negocio con la esperanza de asegurar, con su concurso, la provisión de gas boliviano a la Argentina en el marco de un contrato que, como era posible prever, Bolivia no estaba en condición de honrar hasta su vencimiento (2026).

Pero, a solo seis meses de haber firmado el CSP (2017), YPF E&P consideró la posibilidad de retirarse y devolver el área por tres motivos: por las trabas burocráticas para todo trámite; por lo que le esperaba si encontraba gas (socio minoritario de una SAM con YPFB); y por el desarrollo acelerado que Argentina imprimió a la exploración de su gas en Vaca Muerta.

De cumplirse esa devolución, el golpe a la credibilidad de Bolivia y a una de las pocas expectativas de incrementar las reservas de gas hubiese sido fatal para YPFB, de modo que éste prefirió mitigar la medida ofreciendo la participación de YPFB Chaco S.A. como socio al 40% en el CSP, o sea, aceptando reducir al 60% la inversión comprometida por YPF E&P. Además, YPFB-Chaco, por ser una sociedad anónima (otra anomalía de la nacionalización, por cierto muy cómoda para el gobierno), puede obviar la fiscalización que sí tiene YPFB Corporación (art. 362.I de la CPE).

Sin embargo, aunque Chaco tuviera el respaldo financiero comprometido, la aprobación de esa cesión no sería suficiente para revertir el descenso (“no crecimiento” le dice el ministro) de las reservas de gas. Para atraer capital de riesgo se necesita no solo modificar el marco legal, sino, sobre todo, apartarse de la ideología nacionalizadora responsable de la crisis actual del sector. Pienso en el IDH del 32% “ciego”, en la participación regresiva de YPFB en las utilidades (Anexo F) y en las exigencias a la inversión externa, de lejos las más leoninas de la región.

En fin, si el ministro me pidiera un consejo, le diría que se desespere menos por poner parches a la fracasada política de hidrocarburos que ha heredado del pasado, y se dedique más a impulsar las energías renovables, que representan el futuro de Bolivia.

El don Huáscar que aún vive en mí

Acabo de subir a mi blog mi más reciente columna publicada en P7 (15/5/21) y otros medios nacionales.

Con Huáscar Cajías Kaufmann interactué en contadas ocasiones, de modo que poco podría aportar al merecido homenaje en el centenario de su nacimiento y a 25 años de su partida. No obstante de lo anterior, percibo que intimé con él mucho más de lo que uno esperaría dadas esas circunstancias. De hecho, hay personalidades que impactan tanto en la vida y en la mente que se vuelven familiares.

Mi primer encuentro con don Huáscar se los debo a Albert Einstein. Corría el año 1979 y se conmemoraba el centenario del nacimiento del genial físico alemán. En mi calidad de Director de la Carrera de Física fui delegado para organizar un evento científico y mediático en la Universidad de San Andrés. Visité la Carrera de Filosofía y logré invitar personalmente al Dr. Cajías. En el breve diálogo que sostuvimos, me quedé sorprendido con su confesión de que filosóficamente se consideraba un tomista, subrayando: “no un neotomista, sino un tomista tradicional”, o sea, un aristotélico cristiano, atributo que pude confirmar en varias de sus actuaciones como periodista, defensor de los derechos humanos, servidor público y penalista. Acerca de la concepción relativista del tiempo, recuerdo que, sin rodeos, sentenció: “por lo visto, para los físicos el tiempo es tan solo una entidad geométrica”. En fin, ¡el tomista no resultó tan radical, si se arrimó a la “medida del alma” de San Agustín!

Don Huáscar era mayormente conocido como maestro de periodistas e histórico director de Presencia, cargo que le otorgó el privilegio de recibir una artera y rabiosa patada de un paramilitar enviado por el “ministro de la cocaína”, Luis Arce Gómez, en el vano intento de conseguir la fuente de una noticia perjudicial para el régimen que valientemente el periódico católico acababa de publicar. Las patadas que recibiría hoy don Huáscar (de las Redes Sociales y de Impuestos) serían más refinadas.

Hay una manera infalible de apreciar una persona: a través de los hijos, la mayor de sus creaciones. A lo largo de mi vida universitaria, y fuera de ella, tuve el privilegio de relacionarme con la mitad de su numerosa prole; en ellos y ellas, aun con sus diferentes talentos intelectuales, opciones ideológicas y caminos existenciales, pude ver reflejada la personalidad multifacética y, sobre todo, ética del padre.  Aunque, en verdad, ¡los nietos no se quedan atrás!

Huáscar Cajías es una de esas raras personalidades bolivianas que suscitan mi admiración humana, cristiana y profesional, tal vez porque representa un modelo de lo yo quise ser. En efecto, me veo reflejado en él, pero en algo más profundo y diferente que en el aspecto físico, la profesión elegida o la fecunda paternidad. Ese algo es el servicio.

Como don Huáscar, aunque a escala mucho más modesta, también yo he ejercido la docencia y la investigación; ambos hemos servido al país cuando se nos requirió (él en el TSE, yo en el gobierno de Carlos Mesa) y a la Iglesia y su jerarquía de muchas maneras; los dos hemos contribuido al afianzamiento de la Universidad Católica (él como docente, yo como miembro de la Junta Directiva). Sobre todo, ambos hemos tratado de dar razón de nuestra fe y formar una familia comprometida con los valores humanos, ciudadanos y cristianos.

Eventualmente, los dos quedamos viudos de la madre de nuestros hijos, cargamos con el peso de la soledad y encontramos, en el ocaso de la vida, tiernas compañeras para llevar a cumplimiento, mediante un amor maduro y definitivo, la misión (el “nombre”) que recibimos desde la eternidad. Recibimos, pues, un nombre parecido, como se parecen todas las estrellas, aunque de diferente luminosidad.

Ese es el don Huáscar que aún vive en mi mente, en mi corazón y en mi espíritu.

Publicada en Página Siete el 15/5/2021 y también en Los Tiempos; El Día, La Patria; Correo del Sur; El Potosí; Agencia de Noticias Fides; Brújula Digital, entre otros.

Purgas

La palabra purga me trae recuerdos de ciertos días de mi infancia, cuando la sopa tenía un sabor raro que me obligaba luego a visitar el excusado con más frecuencia que la acostumbrada. En efecto, la medicina ancestral y popular sabía que la purga es un remedio santo para limpiar el intestino y restablecer el equilibrio en el organismo.

Gracias al catecismo conocí la existencia del Purgatorio, una condición del alma según la filosofía medioeval y un fuego interior según Benedicto XVI antes que un lugar del espacio. Desde entonces no pude disociar su imagen de la visión de almas corriendo hacia retretes donde descargar la mugre de sus pecados.

Ya joven, descubrí que “purga” en la jerga política es una metáfora para describir la exoneración de un cargo público, la inhabilitación, la prisión, el exilio e incluso la ejecución de los adversarios políticos de un régimen totalitario de cualquier signo, bajo el concepto que los opositores a esos regímenes son una escoria que no merece vivir en su sociedad o en el mundo, de modo que el organismo infectado debe expulsarla. Para ese fin, el purgante suele ser la policía, la justicia o la siquiatría.

Hasta en Atenas, la cuna de la democracia, se conocía la purga con el nombre de “ostracismo”, o expulsión de la ciudad de los enemigos de la salud pública, censurados por la asamblea del pueblo mediante cachos de terracota (“ostracón”) donde se grababa sus nombres.

La historia reciente está plagada de purgas políticas, desde laxantes suaves, que no van más allá de la exoneración e inhabilitación del cargo (o sea, como diría nuestro democrático presidente, “sacando a los pititas de la administración pública”); pasando por purgantes moderados (como lo ocurrido en la España de la posguerra civil o en los EE.UU con el macartismo); y llegando a purgas letales, verdaderos holocaustos, como cuando el Terror de M. Robespierre (1793),  las purgas de Stalin (1939), la revolución cultural maoísta (en los ’60) y la sangrienta venganza de los Jemeres Rojos en Camboya (en los ’70).

Los fascistas de Mussolini tomaron lo de purgar a la letra: solían obligar a sus opositores a engullir en un lugar público una buena dosis de aceite de ricino con las consecuencias obvias sobre su integridad física y dignidad humana.

También en Bolivia un expresidente ha decretado una purga de disidentes en las filas del partido que dirige a su antojo. Descarto que se trate de una purga mussoliniana por razones prácticas (y no porque no exista afinidad ideológica y empírica). Aun así, el término usado es infeliz, como ha hecho notar el acucioso vocero presidencial, porque trae a la memoria los vergonzosos ejemplos históricos mencionados.

Ahora bien, una purga es la respuesta a un malestar del cuerpo (social y político, en nuestro caso) que tiene que ser expulsado para recobrar la salud. Por eso me atrevo a dar un par de consejos a los purificadores, para que realmente se logre la sanación y el remedio no resulte peor que la enfermedad.

El primer consejo es dosificar bien el purgante, a no ser que le pase lo mismo que al enfermo que tomó un fuerte purgante con la garantía del boticario de que le alcanzaría para llegar a su casa, a seis cuadras de distancia. “¡Era para cuatro cuadras, infeliz!”, le increpó furibundo el día siguiente. De hecho, Rusia casi pierde la guerra con los nazis por quedarse sin generales, a raíz de la “Bolshaya Chistka” (Gran Purga) de Stalin.

La segunda exhortación es previsora: si quieres conocer los efectos benéficos y dañinos de la purga, ¡aplícala antes a tu cuerpo! ¿Alguien duda de que, glosando el evangelio, el purgador de marras necesita purgarse él mismo de lo que sale de su boca, antes de lo que le entra? 

Publicado en Página Siete (y otros medios nacionales) el 1 de mayo de 2021

Pandemia y desequilibrios demográficos

He subido a mi blog mi más reciente columna de opinión….

¿La población mundial ha crecido o disminuido a raíz de la pandemia de la COVID-19? En particular, ¿qué pasa con Bolivia? A falta de datos confiables y actualizados que me impide hacer un análisis cuantitativo, intentaré responder a esa pregunta con base en consideraciones generales.

Se sabe que la población de un país varía debido a tres factores: los fallecimientos (que la disminuyen), los nacimientos (que la incrementan) y las migraciones (que pueden contribuir en positivo o negativo). Normalmente, los nacimientos prevalecen sobre los fallecimientos, aunque varios países industrializados sufren una reducción de la población debido a que allí muere más gente de la que nace. En algunos casos, las inmigraciones logran mitigar y hasta revertir esta tendencia.

Los fallecimientos, que son parte inexorable de la vida, obedecen a un comportamiento bastante regular, con excepción de los períodos de guerra o de pandemias, cuando la población sufre una disminución no homogénea, sino selectiva. A su vez, los nacimientos siguen patrones más complejos, ya que en ellos interviene una mezcla de factores sociales, económicos, culturales y sicológicos.

Debido a la pandemia los fallecimientos han tenido un pico el año 2020, pero que no debería ser sobredimensionado. Por ejemplo, en España el exceso de muertes en un año de pandemia ha sido inferior a 100 mil, un 23% más que un año normal, pero menos del 0.2% de su población. Además, ese exceso ha impactado de manera selectiva, afectando a la tercera edad y pacientes con enfermedades de base, más que otros grupos etarios. En comparación, durante la guerra civil española murieron unas 540 mil personas, sobre una población de 24 millones de habitantes: diez veces más que en la pandemia y con mayor impacto en la repartición demográfica.

En cuanto a los nacimientos, es conocido el fenómeno del “baby-boom” como consecuencia del fin de una guerra, de una bonanza económica o de políticas públicas de fomento de los embarazos.

Otras dos anomalías similares, de origen episódico y sicológico, han sido ampliamente documentados. Primero, mencionaré el gran apagón del área de New York del 9 de noviembre de 1965 que privó de electricidad (y televisión) a 30 millones de personas desde las 5:30pm hasta las 4am del día siguiente y que, nueve meses después, produjo, por obvios motivos, un pico de nacimientos en esa metrópolis.

Luego, se cree que el instinto de supervivencia de la especie humana ante una amenaza de extinción induce a las parejas humanas a reaccionar, subconscientemente, buscando perpetuar la especie: eso fue lo que cabalmente sucedió ante las desquiciadas profecías en ocasión del nuevo milenio.

Ahora bien, nada de eso parece que ocurrirá con la pandemia Covid-19: a pesar del confinamiento y de la amenaza mortal del virus, no se ha registrado ningún baby-boom en los primeros meses de este año. Al contrario, se tiene indicios claros de un derrumbe mundial de la tasa de nacimientos.

Eso puede deberse a distintas causas: la mejor educación sexual, el riesgo de acudir a centros de salud durante la pandemia, el acceso a diversión por televisión, cable y redes; la pesada carga de las clases virtuales de la prole, la restricción de la circulación que ha separado a parejas no convivientes y la diminución de bodas, entre otras.

Por tanto, mi conclusión cualitativa es que la pandemia sí ha traído un significativo desequilibrio demográfico, incluso en Bolivia; pero, no tanto por el incremento de fallecidos (que acá ha sido “solo” de un 16%), sino por la disminución de los nacimientos. Esa conclusión se confirmará cuando el INE entregue datos certeros, ojalá antes de que se termine de vacunar a todos los bolivianos.

Publicada en Página Siete (y otros medios nacionales) el 17/04/2021