El cáncer de Bolivia

Se sabe que la mejor medicina del mundo es la preventiva. Invertir en higiene y educación, cuidado de cuerpo y mente, buena alimentación y vida feliz, evita incurrir en gastos mayores para curar enfermedades que se manifiestan a veces muchos años después de incubarse.

Bolivia ha tenido a lo largo de su historia una salud muy vulnerable debido a la falta de prevención: la deficiente educación, la mala alimentación, el alto riesgo de enfermedades, la discriminación étnica, la pobreza, entre otros. Por tanto, en ese cuerpo propenso a las enfermedades es muy fácil que aparezca, se desarrolle, se oculte, se manifieste, resista, rebrote y explote irreversiblemente un cáncer mortal.

La versión actual de esa enfermedad se incubó hace dos décadas en un lugar preciso del cuerpo. Luego brotó dolorosamente creando anticuerpos ante los paliativos con que inicialmente se lo quiso controlar. En efecto, una de las estrategias que tienen las células cancerígenas para reproducirse es mimetizarse. El cáncer de Bolivia se mimetizó en la democracia y en sus instituciones; se disfrazó de indigenismo, de ecologismo, de socialismo para incrementar su presencia en el cuerpo debilitado por anteriores padecimientos.

Al comienzo el cuerpo no reaccionó adecuadamente y el cáncer se instaló en firme, se expandió y afectó a otros órganos vitales del país: el órgano electoral, el constitucional, el judicial, el legislativo, hasta las facultades éticas y morales.

Cuando el cuerpo empezó por fin a reaccionar, cayó en la cuenta de que no era el caso de aplicar cirugías primitivas que podrían diseminar la enfermedad e incluso volverla aún más peligrosa. Milagrosamente, un remedio desesperado, llamado Referéndum, tuvo un éxito imprevisto, obligando al cáncer a una ulterior mutación para seguir engañando. Con la complicidad de otros órganos ya infectados, ese cáncer arma un “mecanismo” para mantener el control del cuerpo sirviéndose de unas enfermeras corruptas que intentan alterar los indicadores vitales. Afortunadamente ese fraude es descubierto por jóvenes laboratoristas y certificado por especialistas de una clínica internacional.

El escándalo precipita la decisión de una urgente cirugía mayor, sin las formalidades de una operación usual. Sin tiempo para llenar formularios, se apura la cirugía y se extirpa el tumor de los diferentes órganos.  No es un golpe al organismo, como gritan algunos tinterillos de una multinacional ideológica. Al contrario, es una liberación de una enfermedad fatal. Los que operaron son cirujanos no torturadores.

Lamentablemente, la metástasis estaba ya muy avanzada. De inmediato, “el mecanismo” de resistencia empieza a desarrollar una escalada de acciones perversas para impedir la recuperación, ocultando en algunos órganos colonias de células malignas (algunas trasplantadas de aborrecidos donantes del Caribe) prontas a reproducirse para facilitar la reaparición del cáncer o terminar de destruir el mismo organismo.

Bolivia está a punto de librarse de uno de los peores tumores de su historia. Los restos extirpados han sido trasladados e insertados en otro organismo que ya empieza a sentir en su propia piel el costo de codearse con un huésped tan maligno.

¿Qué hacer con el cuerpo de una democracia aún en terapia intensiva? De ninguna manera se debe permitir reinsertar el cáncer extirpado. Si algunas de sus células, mimetizadas en el organismo, quisieran liberarse del daño que les hizo ese tumor, sanarse y reintegrarse al cuerpo, ¡bienvenidas! Mientras tanto la recuperación del paciente estará a cargo de especialistas y profesionales y, después de su pronto restablecimiento, Bolivia decidirá a la brevedad, con libertad y madurez, qué hacer con su vida.

Página Siete, 16/11/2019

La Primavera Boliviana

He subido a mi blog la columna del pasado fin de semana.

La similitud se me ocurrió asistiendo al Cabildo del Campo Ferial, mientras compartía con miles de jóvenes, pintados de tricolor, canciones, estribillos y sueños de liberación.

A mis nueve años, un 23 de octubre, explotó en Budapest una revolución alentada por las tímidas reformas de Khrushchev a la muerte de Stalin. Esa insurrección fue reprimida violentamente por los tanques soviéticos con un saldo de tres mil muertos y 200 mil exilados, ante la indiferencia del mundo occidental. La represión ganó, pero Hungría ya no fue la misma.

Luego, ya estudiante universitario, me reconocí en los miles de jóvenes que, gracias a las reformas liberales de Alexander Dubchek, hicieron florecer la “Primavera de Praga”. La gente gozaba de vivir en libertad y sin censura, ante un “socialismo con rostro humano” que principalmente buscaba revertir la grave crisis económica producto del “socialismo real”. 

La Primavera de Praga murió en el verano del mismo año, cuando las tropas del Pacto de Varsovia acabaron con la resistencia pacífica de todo el país, dejando atrás un centenar de muertos y 300 mil exilados. El mundo entero, incluso la China de Mao Tze Dong, condenó la invasión con tonos críticos, pero fueron tan solo voces. De hecho, el régimen enfermo mantuvo su camino suicida por 20 años más.

Vino luego la “Primavera Árabe”, revelando aspectos comunes a esos movimientos: por un lado, un régimen inepto y totalitario, enemigo de las libertades y la democracia, y, al frente, una juventud que no renuncia a sus sueños, junto a políticos e intelectuales que intentan encausar racionalmente las broncas populares, acosados por los infaltables maximalistas del “todo (para ellos) o nada (para el pueblo)”. Detrás de esos regímenes, hordas paramilitares al servicio de una privilegiada “nomenklatura” anclada en el pasado; al frente, los que creen, al igual que el papa Francisco, que “el tiempo es superior al espacio”, viviendo con coherencia sus ideales y soñando con un futuro mejor para su país y su gente.

Este año 2019 acaba de explotar la “Primavera Boliviana” en las urnas, en las calles, en los Cabildos, en los cacerolazos, en la resistencia pacífica y creativa a un poder que, sin ser aún dictatorial, todo lo contamina y lo manipula, desde el voto a la verdad. Es una Primavera con sol y flores de nuevas esperanzas que se enfrenta a un régimen adicto al poder con todos las lacras de un drogadicto. La principal: no conoce límites para satisfacer su adicción.

Al igual que un drogadicto, ese régimen es capaz de robar y herir a su propia madre para conseguir su estupefaciente. Lo ha hecho con la Pachamama y lo volverá a hacer con las Reservas Naturales.

Al igual que un drogadicto, el régimen se sirve de la mentira y el engaño para alcanzar sus fines. Lo ha hecho con El Porvenir, el Hotel Las Américas, la Zapata, y lo volverá a hacer. Tampoco tiene palabra, pero sí un ejército de tinterillos, colegas de adicción y la voluble OEA que le arreglan errores y delitos. De sus nombres, consignados en el Libro de la Infamia, “¿Quién se olvida? ¡Nadie se olvida!”.

¿Acaso no estuvo la burla “legal” del 21F – burla al pueblo y a la democracia- al origen de ese perverso “Mecanismo” que ha desvirtuado la democracia y el voto y ha generado la polarización actual, las víctimas fatales de esta Primavera y el probable cuestionamiento al nuevo gobierno?

No excluyo que también la Primavera Boliviana termine aplastada en el verano. El régimen sigue de pie, pero con miedo porque sabe que vive su etapa terminal; sabe que no podrá substraerse al juicio de la Historia; sabe que llegarán nuevas primaveras, y, sobre todo, sabe que “nunca encontrará la manera correcta de hacer algo incorrecto”.

A votar sin miedos

Mi opinión sobre el voto del 20 de octubre

Respetuosa del silencio electoral, esta columna se limita a una reflexión en torno a las características del voto que la población emitirá para elegir al próximo mandatario.

Conforme al art. 26 inciso II.2 de la CPE, el voto es “universal, directo, individual, secreto, libre y obligatorio”. Me limitaré a las características de secreto y libre.

Secreto tiene dos significados: nadie puede ser obligado a revelar o justificar el voto emitido y tampoco nadie puede controlar o sancionar el voto de otros ciudadanos. En este sentido, aplaudo el anuncio del TSE de prohibir fotografiar la papeleta electoral, máxime cuando sabemos que las razones no son santas. Aunque no resulte fácil en la práctica, los jurados electorales deberían exigir el cumplimiento de esa norma para protección del propio votante.

Más importante es que el voto sea libre, emitido sin miedos ni coacciones de ningún tipo, conforme a las convicciones y voluntad de cada elector. Un voto no es libre cuando el votante sufre presiones reales o sicológicas y hasta chantaje físico para torcer su voluntad.

En esta campaña electoral hemos presenciado diferentes tipos de coerciones que buscaban infundir en el elector el temor de que, si no apoyaba con su voto a una dada candidatura, el futuro se pintaba sombrío.

De ese modo, aparecieron fantasmas cosmológicos (la desaparición del sol y la luna) para asustar a los incautos “kínder-campesinos”, deliberadamente mantenidos en una ignorancia funcional a los intereses de sus “tutores”. Por más metafóricas que fueren esas expresiones -como los gusanos de juanrámonica memoria que iban a zamparse a los opositores (y sí que lo hicieron, metafóricamente)- dejan un mensaje del miedo: el mundo se acaba si no votas por mí.

Al frente, los fantasmas son más terrestres: el miedo al fraude electoral que busca alterar el resultado del escrutinio. Ese terror ha llegado a la paranoia de dudar de los bolígrafos oficiales, sin considerar que un fraude comprobado, por más pequeño que fuera, deslegitimaría una eventual victoria electoral, con imprevisibles consecuencias. Recuerden el “harakiri” del general Juan Pereda Asbún en 1978.

Asimismo, el miedo suele apelar al “cucu” de la deriva dictatorial en el caso de reelecciones, siguiendo el libreto de Maduro en Venezuela y Ortega en Nicaragua. No niego esa posibilidad, pero repruebo que sea la razón que defina el voto. Sin embargo, no se pueden desconocer los antecedentes históricos de regímenes afines, ni la memoria de las dictaturas derrotadas, ni los “lapsus” amenazantes de obesas guerreras de recurrir incluso a la lucha armada.

Los miedos por el comportamiento a futuro de la economía juegan un rol ambiguo. La percepción aún positiva del ciudadano común impide que esa temática aparezca prioritariamente en el debate, como debería. Sin embargo, algunos mensajes subliminales apuntan a dar la ilusión de una bonanza persistente, por un lado, o a insinuar una catástrofe inminente, debido a las tendencias macroeconómicas.

En el primer caso, el mensaje del proceso de cambio es, paradójicamente, “¿para qué cambiar si las cosas están bien?” Y, aunque estuvieran mal, es mejor arreglarlas con las caras archiconocidas que con las buenas por conocer. Desde el otro bando, se insinúa que, por los riesgos inocultables de la economía, es preferible apoyar a candidatos que se rehúsen a seguir bailando al ritmo del derroche y de las inversiones fútiles.

Elegir sin miedos significa, en definitiva, votar a favor de un candidato -no solo en contra de sus oponentes- y, eventualmente, comprometerse con su gobierno. Parafraseando al papa Francisco, ha llegado el tiempo de reforestar la esperanza devastada por el miedo, real o ficticio.

Página Siete, 19/10/2019

Categorías:justicia y DDHH

¿De qué vamos a vivir? Mi réplica a Antonio Saravia

El Deber, 12/10/2019

Antonio Saravia me ha honrado dedicando su precioso tiempo académico a comentar mi columna, “¿De qué vamos a vivir?”. Su crítica, publicada en Pagina Siete (8/10) y en El Deber (9/10) se ciñe a un plano académico y por tanto merece una réplica en el mismo nivel, aunque yo no pretenda ser un economista profesional.

Saravia desarrolla su crítica mediante una contra pregunta conceptual: ¿El Estado debe intervenir en la economía? Su respuesta es un rotundo NO. En sus palabras, hay que dejar “que sean el sector privado y cada individuo los que decidan de qué van a vivir”. Más que a evidencias, teórica o empírica, contundentes, Saravia apela a dichos de gurús (un premio Nobel de su corriente) o alusiones a países exitosos con un modelo liberal clásico, sin nombrarlos.

Se me tilda de querer dar recetas y, contradictoriamente, se defiende otra postura “iluminada” que sostiene que el Estado no debe intervenir en la economía y el desarrollo.

Para avanzar, propongo reformularse la pregunta de la siguiente manera: “Cuánto Estado debe intervenir en una dada coyuntura histórica?”

Con eso quiero decir que no existe una receta universal, en el espacio y en el tiempo, para definir cuál debe ser el rol del Estado. Existen dos utopías opuestas: la del colectivismo puro de la ex URSS, donde el Estado hace y controla todo, y la del capitalismo salvaje de la Revolución Industrial, donde el Estado deja actuar a la iniciativa privada y, a lo sumo, atenúa los excesos. Ambas utopías han fracasado y no conozco país al mundo que hoy aplique rigurosamente esas recetas. De hecho, cada país decide democráticamente, con base en programas electorales, cuánto Estado quiere en su economía.

Asimismo, la historia muestra que los países pasaron por coyunturas en las cuales se vieron obligados, en fuerza del voto democrático o de circunstancias extremas, a asumir responsabilidades que, en “condiciones normales”, corresponderían al sector privado. Pienso en las socialdemocracias europeas de la posguerra: vencedores y vencidos se encontraron con economías devastadas y con el reto de la reconstrucción, cuando cada centavo era necesario para el bien común. Se crearon así las “participaciones estatales”, empresas que jugaron un rol fundamental en esa coyuntura, aunque luego redujeron paulatinamente su presencia en favor de empresas privadas o mixtas.

La utopía ultraliberal requiere de dos condiciones, también utópicas: un sector privado dinámico, patriota y con responsabilidad social y un Estado regulador, fuerte e incorruptible.

Aterrizando en Bolivia, el Estado es dueño de los recursos naturales y de sus rentas. ¿Cómo utilizarlas en un contexto caracterizado por un electorado que vive de mitos socioeconómicos anacrónicos y también por un empresariado que, salvadas ilustres excepciones, sigue viviendo de hacer negocios con el Estado o presionando al Estado cuando sus negocios encuentran dificultades en el mercado global?

Mis “buenas intenciones” no nacen de la ingenuidad o de un cálculo socialista. Nacen de una realidad social imperfecta por mil motivos y débil incluso en nuestro entorno regional.

Bolivia vive, en la economía, una situación de emergencia permanente (con efímeras oasis de bonanza derrochada) que obliga al Estado a estar activo en la economía – ojalá lo menos que pueda y de manera transitoria en muchos campos- porque eso es lo quiere su gente.

En fin, espero por lo menos que Saravia y yo coincidamos con el papa Francisco en que “la realidad es superior a la idea”.

Categorías:política y economía

El Área 51 y los alíenos encubiertos

Una llamada de mi hija, intrigada por la controversia en torno a los “secretos” de la base aérea norteamericana “Área 51”, me obligó a revisar la información actualizada en torno al gastado tema de los OVNIS.

El Área 51 es una base aérea aislada que cubre una superficie equivalente al Salar de Uyuni. Está ubicada en una zona destinada a pruebas nucleares en el desierto de Nevada. Al comienzo, las condiciones de vida en el Área 51 eran tan poco atractivas que sus creadores la llamaron Rancho Paraíso o Tierra de los Sueños, parecido al futuro que nos pintan los candidatos anticonstitucionales (más cerca de un Maduro que de un futuro).

Construida en los años ’50, en el contexto de la guerra fría, con el fin de probar aviones espía supersónicos, el Área 51, debido a su inaccesibilidad y al máximo hermetismo impuesto a sus 1500 residentes, se ha convertido en el caldo de cultivo ideal de teorías conspirativas y esotéricas.

Los técnicos tenían prohibido mencionar, incluso a sus parejas, qué trabajo realizaban; se encubrían diciendo que reparaban televisores; al igual que nuestro Presidente cuando dice que gobierna el país, mientras en realidad juega fútbol, discursea y se la pasa volando.

De hecho, gran parte de los famosos avistamientos de OVNIS en los EEUU se relacionan hoy con los casi tres mil vuelos supersónicos de los aviones espía U-2 y similares, realmente “objetos desconocidos” para pilotos y pasajeros de aerolíneas comerciales.

La “inversión” de más de 20 M$ del Gobierno de los EE. UU. en investigar los OVNIS es en realidad un gasto insulso, similar a las “inversiones” del Gobierno de Evo en elefantes blancos. En efecto, a la fecha no existe la más mínima evidencia de un objeto “extraterrestre” no natural, menos aún de seres extra planetarios. La famosa “paradoja de Fermi” y el “postulado de Gell-Mann” llevan a inferir que la falta de evidencia es, en este caso, evidencia de falta. Personalmente apuesto a que la NASA hallará evidencias de la existencia de alíenos antes que el candidato anticonstitucional acepte participar en un debate o en entrevistas serias.

La fama de esa base, que es reavivada periódicamente – como los incendios en nuestros bosques- por “revelaciones” remuneradas en proporción al morbo de la gente por esos temas, ha vuelto a los titulares a raíz de una broma estudiantil hecha por Facebook, mediante la cual se invitaba a invadir el Área 51 para develar los presuntos secretos allí guardados. Eso sucedió en julio pasado y, aunque no se ha registrado un incremento relevante del frívolo turismo que suele haber en las cercanías de esa base, hubo advertencias y amenazas de la seguridad militar, hecho que, desde luego, logra retroalimentar las teorías conspirativas.

Una de las teorías más extravagantes afirma que los alíenos están ya entre nosotros, en todo lado, pero encubiertos, mimetizados como si fueran humanos comunes y corrientes, actuando, sin embargo, en función de intereses anti civilizatorios. También en Bolivia, ¿por qué no?

Pensándolo bien, esa teoría no es tan descabellada si miramos atentamente a nuestro alrededor.

Pensándolo bien, no parecen humanos los fiscales, jueces y magistrados que administran la (in)justicia como lo hacen ellos. Incluso se sospecha de colonias de alíenos.

Pensándolo bien, un Tribunal Supremo Electoral, tan parcializado y funcional al oficialismo como es el nuestro, debe haber sido traído de algún rincón oscuro del universo.

Pensándolo bien, los guerreros digitales que salen de las alcantarillas oficialistas usan armas y estrategias más propias de sucias guerras galácticas que de contiendas electorales terrícolas.

Pensándolo bien, esos alíenos se escudan detrás de una minoría; 35%, quizás.

Página Siete, 5/10/2019

Categorías:ciencia y sociedad, humor

¿De qué vamos a vivir?

Esa pregunta, que ha salido repetidamente de los labios de candidatos anticonstitucionales, ha resonado también en el exitoso Seminario “Bolivia en el Sistema Internacional”, organizado esta semana por el Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad Católica Boliviana.

El modelo de desarrollo del Gobierno actual se basa en monetizar los recursos naturales recibidos de anteriores gestiones hasta agotarlos, sin esforzarse para explorar o investigar nuevos yacimientos de minerales o de hidrocarburos. En verdad, desde hace un par de años, se intentó recuperar el terreno perdido, pero sin éxito, a causa de una mezcla de ineptitud, mentiras y mala suerte.

En el caso específico del gas, han surgido problemas en cascada: el maquillaje de las reservas, la caída de la producción, la reducción de la demanda de los mercados externos, la industrialización fallida, la declinación de los pozos y, adicionalmente, la necesidad de importar más y más diésel y gasolina, con efectos desastrosos sobre la balanza de pagos y el monto del subsidio.

El “cambio de época” del comercio del gas ha llevado a ese sector a una situación aún más crítica: los mercados externos están desligando el precio del gas natural del precio del petróleo, de modo que una subida del precio del barril, que antaño significaba buenas nuevas para Bolivia, ahora implica una ulterior erogación de divisas, que se acerca y supera las que se recibe por la venta del gas.

Como la necesidad tiene cara de hereje, el Gobierno ha lanzado dos medidas: la comercialización de agrocombustibles (otrora satanizados) y la explotación en serio del litio, cuyo ciclo, imaginariamente, reemplazaría el del gas. Por razones de espacio, me abocaré a la primera medida.

Si bien es cierto que una mezcla razonable de agrocombustibles puede reducir la erogación de divisas, no es menos cierto que el subsidio aumentará debido al mayor costo de los agrocombustibles. Sin embargo, el problema mayor es que ese paliativo, aplicado sin mejorar la productividad y a costa de invadir áreas boscosas, conlleva un incremento del área de cultivos de caña y de soya en proporción al incremento del parque automotor, incluyendo la maquinaria agrícola necesaria para esa expansión.

Por tanto, “ese” desarrollo no es sustentable y se parece a un perro que se muerde la cola. Por lo pronto, su mera propuesta está al origen de la quema de más de tres millones de hectáreas de tierras, incluyendo bosques ancestrales y reservas fiscales.

He defendido, en múltiples foros, un desarrollo alternativo que pasa por encarar una transición, gradual pero inexorable, de un modelo puramente extractivista a uno amigable con el medio ambiente y diversificado. Los -dizque- 4 mil dólares que aún nos quedan no debemos apostarlos a un solo número de la lotería.

De hecho, hay acciones que podríamos emprender ya por consenso: reemplazar paulatinamente el gas subsidiado que se quema en las termoeléctricas por fuentes renovables (solar e hídrica fundamentalmente) que el país posee en abundancia y, de ese modo, disponer de mayores volúmenes de gas para la exportación; usar realística e inteligentemente las reservas de litio y los excedentes de energía eléctrica para liderar el transporte eléctrico en la región; atraer, mediante normas racionales, capitales para la exploración de minerales e hidrocarburos, regenerando la confianza en el país de las inversiones de riesgo; desarrollar el turismo y la economía verde y, sobre todo, fomentar la calidad educativa y el emprendimiento juvenil.

Este cambio de época requiere de un nuevo gobierno, capaz de liberarnos de las ataduras desarrollistas atávicas y de inspirar confianza en lo que nuestra gente puede y sabe hacer.

Página Siete, 21/9/19

Categorías:política y economía

El tenedor del caníbal

He subido a mi blog mi más reciente columna.

La Fundación Milenio es una experimentada bioquímica que anualmente entrega el resultado, con base en “muestras” oficiales, de los análisis de la macroeconomía de Bolivia y lo enriquece con algunos comentarios para el médico a cargo, a veces punzantes, otros -como este año- más cautos.

Para describir la salud económica de Bolivia, el Informe de Milenio analiza varios indicadores y destaca los que parecen síntomas de enfermedades a corto y mediano plazo. Del mismo modo que un valor alto de colesterol mueve al médico a sugerir un cambio de dieta (a largo plazo) y a recetarnos ciertos remedios (a corto plazo), también en la macroeconomía los indicadores muestran valores que provocan en un caso alarma, en otro, preocupación y, otras veces, tranquilidad.

Este año, se desprende que, si bien el paciente no manifiesta, en apariencia, un estado crítico, emerge un indicador alarmante: el déficit fiscal, la prueba de que el Estado gasta más de lo que gana. De hecho, gasta en egresos ineludibles (salarios, pago de deuda, rentas y bonos, etc.) y en inversiones con la ilusoria esperanza de tener mayores ingresos a futuro. Con esa esperanza el Gobierno hasta está dispuesto a endeudarse más, con la familia (deuda interna) y con instituciones financieras del exterior (deuda externa).

A este punto, no debería haber dudas sobre la terapia para frenar la subida del déficit fiscal: disminuir los gastos y/o incrementar los ingresos. ¿Cómo?

Un buen médico no se limita a leer los análisis, diagnosticar y recetar, sino que investiga las raíces de ese problema y lo relaciona con los análisis anteriores y con el estilo de vida que lleva el paciente. Resulta, en nuestro caso, que van cinco años de déficits gemelos (fiscal y balanza de pagos), incremento de las deudas y drástica reducción de las reservas internacionales netas.

Revisando esos valores, Milenio observa que la menor extracción de gas tiene un efecto funesto no solo en los ingresos, sino también en los gastos, porque obliga a YPFB a subsidiar crecientes volúmenes de combustibles (diésel y gasolina) importados a un costo elevado.

Ante estos síntomas, el Gobierno (el médico de la economía) receta medidas radicales; principalmente disminuir las importaciones de diésel, reemplazándolo por aceites obtenidos de la soya, producto que, dicho sea de paso, tiene mercados cada vez más competitivos.

Al margen del dudoso beneficio económico de esa sustitución, es evidente que las actuales cosechas de soya son insuficientes para ese cometido, de modo que -además de mejorar genéticamente las semillas- se ve necesario ampliar la frontera agrícola con más de un millón de nuevas hectáreas substraídas, no a otros cultivos, ya comprometidos con el “bioetanol”, sino al bosque chiquitano que es la frontera natural de las grandes plantaciones.

Con ese fin, se fomenta el traslado de nuevos colonos (los “interculturales”) a tierras boscosas y se les autoriza a deforestar mediante quemas “controladas” que, en el entorno seco y ventoso de la Chiquitanía, se vuelven fácilmente incendios descontrolados. De ese modo, en nombre de un mal llamado “desarrollo”, se ha perdido cientos de miles de hectáreas de un bosque único, con todo lo que contiene en flora y fauna, amén del patrimonio de las familias afectadas. Stanislao J. Lec lo dijo con una aforisma: “¿Es desarrollo si un caníbal usa el tenedor?”

¿Qué hará ahora el Gobierno? ¿Seguirá usando el tenedor de sus decretos y leyes para modificar el uso de la tierra arrasada?

Si así lo hiciera, demostraría, paradójicamente, que la falta de combustibles, consecuencia de la nefasta política energética de los últimos 13 años, es, en último análisis, la causa de los incendios de la Chiquitanía.

Página Siete, 7 de septiembre de 2019

Categorías:política y economía