Las lecciones del pozo Boyuy

“A falta de gas extraemos enseñanzas”

Parafraseando a la Presidenta del Senado, yo también tengo la certeza de que el pozo Boyuy es posiblemente un éxito geológico, debido a que Repsol hizo bien su trabajo, acumuló un sinnúmero de datos a profundidades nunca antes exploradas en Bolivia y ha reescrito paradigmas científicos sobre las propiedades del gas en esas condiciones. Sin embargo, no me queda ninguna duda de que Boyuy es un rotundo fracaso exploratorio, debido a que no se alcanzó el objetivo principal: hallar gas comercializable, o sea útil para la economía del país.

La prueba irrefutable del fracaso es el silencio oficial, muy diferente a la locuacidad triunfalista de hace unos meses. Tampoco Repsol ha proporcionado información trasparente, aunque el solo hecho de no haber traído al inefable Antonio Brufau para brindar con Evo Morales por el éxito de Boyuy habla de por sí.

Por cierto, no se trata de buscar culpables, menos de sentir vergüenza: el fracaso exploratorio es parte del  riesgo de una empresa petrolera, riesgo que el Estado en ninguna circunstancia debería asumir, debido a que esos cientos de millones de dólares los necesita para “su negocio”, que es proveer educación, salud y servicios a la población.

En ese contexto, alarma la ambigüedad oficial acerca de quién pagará los platos rotos. Personalmente me inclino, por varias razones relacionadas con la improvisada Ley de Incentivos Petroleros, por una devolución a Repsol de los costos incurridos, mediante las utilidades del campo Margarita.

Más importante es extraer algunas lecciones de ese fracaso. Ya mencioné la necesidad que YPFB no realice labor exploratoria ni asuma el costo de eventuales fracasos. Lo penoso es que, “gracias a la nacionalización”, hoy se ha vuelto muy complicado lograr que las empresas corran con todo el riesgo exploratorio.

Geológicamente hablando, el pozo Boyuy ha demostrado que no existe “continuidad geológica”. La cercanía del pozo con el campo Margarita, fuente del optimismo inicial, no ha sido suficiente garantía de reproducción de la estructura geológica.

A su vez, las autoridades del ramo deberían haber aprendido a no hacer el ridículo de “vender la piel del oso antes de haberlo capturado”, o, en otras palabras, a no mezclar evidencias empíricas con buenos deseos. Caso contrario, estarán condenadas a llenar un cuaderno de cien hojas con la sentencia: “Mi mamá me dijo un millón de veces que no tengo que ser exagerado”.

La actividad petrolera no debería ser presa del manoseo político, menos electoral. ¿Por qué al MAS le resulta tan difícil aceptar que la empresa YPFB, que el pueblo refundó mediante el Referéndum del gas del año 2004, no es propiedad privada de un partido o de un gobierno, sino del Estado, o sea de todos los bolivianos?

Otra lección es que en el sector de los hidrocarburos actuar con improvisación o por desesperación tiene un costo elevado. Es cierto que “el ‘largo alcance’, previsto hace 13 años, es ya una realidad” (M. Medinaceli dixit) y muestra las arrugas de una política buena para cobrar y gastar, pero pésima para reponer y asegurar el futuro. Sin embargo, no parece correcto maquillar esas arrugas aceptando acríticamente las exigencias de las empresas petroleras con la esperanza de “milagros” que oculten los horrores; peor aun cuando el costo de ese cambio consiste en renegar de principios y valores que fueron banderas (¿o tan solo máscaras?) del proceso de cambio. Piensen en el abuso de aplicar el art. 64 de la ley 3058 a campos “pequeños y marginales”, como Margarita e Incahuasi; piensen en la rebaja del otrora inamovible 50% de regalías e IDH; piensen en los temas ambientales e indígenas; piensen en la industrialización frustrada por la ineptitud; piensen …

Publicado en Página Siete, 18 de mayo de 2019 y también en Los Tiempos (Cochabamba), Agencia de Noticias Fides, La Patria (Oruro), El Día (Santa Cruz) y El Correo del Sur (Sucre).

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Suicidios y machicidios en la Biblia

Página Siete, 4 de mayo de 2017

El reciente suicidio del ex-Presidente aprista Alan García Pérez ha vuelto a traer al debate público la temática de ese gesto, sus causas y el juicio moral que implica.

En ese contexto me he preguntado si en la Biblia se narran suicidios y si existe un juicio moral en torno a los suicidas. Revisando los libros históricos del Antiguo Testamento encuentro cuatro episodios que merecen ser comentados.

El primero es narrado en el libro de Jueces (9,54) y tiene como protagonista a Abimélek, violento hijo del “juez” Gedeón. Durante el sitio de Tebes, una mujer le arrojó desde una torre una piedra de molino que le partió el cráneo. Moribundo, Abimélek pidió a su escudero que lo rematara para no pasar la vergüenza de haber muerto en batalla por mano de una mujer. Aunque es posible clasificar este suicidio como un “machicidio”, no se encuentra, sin embargo, en el texto un juicio moral; tan solo se ve esa muerte como un justo castigo por las fechorías de Abimélek.

Luego tenemos el célebre episodio de Sansón que se deja morir al perpetrar un “atentado terrorista” contra los filisteos (Jc  16,30) con un saldo de más de tres mil víctimas.  En realidad se trata, en este caso, de martirio y redención religiosa más que de suicidio en batalla. De hecho, Israel rindió a Sansón una digna y honrosa sepultura.

El suicidio del rey Saúl en batalla (1Sam 31,3-4) tiene su origen en una mezcla de derrota militar y enfermedad: en efecto la vida del  fracasado primer rey de Israel se vio afectada por males del alma (depresión y bipolaridad). En vano buscaríamos un juicio moral en torno al rey suicida;  al contrario, su cuerpo mereció ser rescatado.

Otro suicidio sonado fue el de Ajitófel (2Sam 17,23), quien, siendo un apreciado consejero político del rey David, a raíz del “golpe de estado” de Absalón, el tercer hijo del rey, se pasó al bando de los insurrectos. Sucedió que su consejo de perseguir al fugitivo David no fue tomado en cuenta y el narciso Ajitófel se quitó la vida ahorcándose. ¡De proliferar hoy este ejemplo de “narcicidio”, no quedarían consejeros ni asesores políticos!

En resumen, en el Antiguo Testamento el suicidio por motivos de “honor” es admitido, sin que medie un juicio moral, como una opción para evitar un escarnio mayor.

Pasando al Nuevo Testamento, viene a la mente el suicidio de Judas Iscariote, narrado por el evangelista Mateo (Mt 27, 3-5). Según esa tradición, Judas se ahorcó agobiado por el remordimiento de haber traicionado a Jesús. No es difícil reconocer un estrecho paralelo entre Judas y Ajitófel: ambos traicionan a su rey/maestro; ambos quedan decepcionados y, por orgullo o por desesperación, ambos se quitan la vida ahorcándose. Por tanto, es innegable la intención de Mateo de inculcar en sus lectores de origen judío la imagen de Jesús-nuevo David, el verdadero Rey que, como su antepasado, fue víctima de una traición que cobró la vida del traidor.

Además, Mateo explota otro paralelismo: entre Judas y Pedro. Pedro, después de haber negado a Jesús, se arrepiente y llora amargamente, confiando en la misericordia de Dios. Judas, al contrario, opta por el camino de la desesperación, rechazando la posibilidad de ser perdonado.

Tradicionalmente, la Iglesia ha condenado el suicidio, llegando incluso a negar el funeral religioso, no solo por ser un acto en contra de la vida, sino por ser un “pecado contra el Espíritu Santo”, en la medida en que el suicida, al rechazar la posibilidad de ser perdonado, asume que Dios no es Dios, o sea, no es Misericordia Infinita.

Sin embargo, hoy la Iglesia, aun cuando sigue condenando el suicidio en sí, respeta al suicida, a sabiendas de que la misericordia de Dios actúa hasta el último instante de vida.

Inaceptable injerencia interna de la FAO

(Página Siete, 20/04/19)

Al hablar de Theodor Friedrich no nos referimos al teólogo protestante alemán Theodor Friedrich Stange (1742-1831); ni al astrónomo Theodor Friedrich von Schubert (1758-1825); tampoco al botánico Theodor Friedrich Julius Basiner (1816-1862); menos al antropólogo Theodor Friedrich Wilhelm Poesche (1825– 1899); sino a Theodor Friedrich a secas, actual representante de la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO-ONU) en Bolivia. Las recientes declaraciones de ese funcionario acerca de la “fatal decisión” del Gobierno del hermano Evo de fomentar los agrocombustibles (bioetanol y biodiesel) representan una burda e inaceptable interferencia en la soberana y exitosa política energética de nuestro Gobierno.

Para empezar, el señor Friedrich parece actuar como un trasnochado ambientalista, seguidor de los desvaríos del comandante Fidel, según el cual “los alimentos son para la vida y no para las máquinas”; una patraña que, en un momento de ofuscación, fue copiada y reproducida hasta por el mismo “enviado de dios”, sin reparar en que el astuto comandante usaba la tierra cubana para producir “alimentos” tales como tabaco y ron. Lo sentenció, con precisión matemática, nuestro Vice: “No somos guardabosques del Norte”. Por tanto talaremos selvas, permitiremos el uso indiscriminado de OGM y explotaremos las Áreas Protegidas, con tal de quedarnos en el poder.

Lamentablemente, el Representante de marras desconoce la realidad boliviana. Desconoce los logros de la “nacionalización” y de la industrialización y se hace eco de las mentiras y calumnias de los opositores que ven en los agrocombustibles un acto de desesperación ante la baja producción de gas, la creciente importación de líquidos y la incapacidad de la agroindustria de competir en los mercados regionales. ¡Nada más falso! ¿No ha reparado el burócrata internacional en que, si el Gobierno quisiera favorecer a los agroindustriales, fijaría un precio del bioetanol más barato que la gasolina? ¿No se ha enterado el injerencista extranjero que el precio del bioetanol es 20% más caro que la gasolina especial, a pesar de tener menos energía?

Asimismo, el funcionario de la ONU -ese nido de derechistas como Antonio Guterres, la Bachelet y el propio representante residente en Bolivia- olvida que estamos en una feroz campaña electoral, donde nuestro binomio espurio tiene que lidiar no solo con la oposición interna, sino con el mismo cerco internacional que acosa implacablemente al hermano Nicolás Maduro. En ese contexto, toda alianza es bienvenida. Pasadas las elecciones, ¡ya se verá! Máscaras nos sobran.

Tampoco podemos creer que ese alto representante desconozca la trágica realidad de YPFB. ¿De qué se preocupa? ¿Acaso no sabe que la famosa “industrialización” está funcionando a “cuarta máquina”? La planta de urea produce al 25% de su capacidad; a la planta Gran Chaco le falta gas y mercados y la planta de LNG no tiene otro fin que perder plata. De hecho en cuatro meses de comercialización, el bioetanol ha tenido poca venta y mucho rechazo. Ya lo dijo, con acierto,  la abuela de uno de los analistas más críticos de nuestra política energética: “la gata apurada parió gatitos ciegos”.

Lástima que los agroindustriales sean tan ingenuos de confiar en nuestro YPFB y el ministerio del ramo. Olvidaron que somos maestros en asumir compromisos y no cumplirlos y, si quieren obligarnos a acatarlos, acudimos a nuestra “justicia”, al igual que hicimos después de la derrota del 21F.

En fin, ellos deberían saber que nunca renunciaremos a nuestros objetivos ideológicos, uno de los cuales es destruir el capital privado para reemplazarlo con el capitalismo del partido, el único, el nuestro.

¡Biodiesel o muerte!

El significado de la Pascua

Ante la proximidad de la Pascua de Resurrección, ofrezco para los interesados una reflexión sobre el significado de esa fiesta y su relación con la Pascua judía.

Hace 19 años escribí una columna sobre la Pascua judía y la Pascua cristiana. Hoy ambas celebraciones vuelven a coincidir en el calendario,  una razón más para revisitar y actualizar esa reflexión.

Las raíces de ambas fiestas están en la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto (Éxodo), mediante las siete plagas, la “sangre del cordero” y el milagroso paso del mar, según narra el libro del Éxodo.

Sin embargo, existen también diferencias profundas entre la celebración de los cristianos y la de sus “hermanos mayores”. Para empezar, para los judíos el “Seder de Pésaj” (Cena de la Pascua) es una celebración familiar: durante la cena los niños preguntan al “celebrante” (el padre de familia) el porqué de esa inusual comida y él contesta rememorando la historia maravillosa de la liberación de Egipto gracias a la intervención salvadora de Dios.

En cambio, esa misma historia es leída, reinterpretada e integrada por la Iglesia en el evento histórico de la muerte y resurrección de Jesús el Cristo para la salvación de todas las naciones. Por ese motivo, la celebración es comunitaria, eclesial y católica (universal), llegando a abarcar, según escribe Pablo a los cristianos de Roma, a toda la creación. De ahí el énfasis en  celebraciones públicas, matizadas por la sensibilidad propia de cada cultura, como la centralidad del Viernes Santo en nuestro medio, vivido para muchos como si la Pascua acabara ese día.

En todo caso, si la liberación/salvación es el tema de ambas celebraciones, ¿cuál es la diferencia del mensaje de la Pascua y del Pésaj, entre la salvación anunciada por la Iglesia y la liberación que enseña la Sinagoga?

Es posible afirmar que existe un punto de partida universal para hablar de la liberación del hombre: el enemigo principal y definitivo  es el Mal (el pecado, la alienación, el diablo, etc.). Sin embargo, esta lucha que todos estamos llamados a sostener, se manifiesta – escribe Pablo a los cristianos de Corintio- de manera diferente en las diferentes culturas. Según los griegos, que suelen anteponer la dimensión intelectual (“síquica”) a la espiritual (“neumática”), no hay una sino muchas luchas: sociales, políticas, ecológicas, económicas, culturales, étnicas, feministas, etc. Por eso –concluye Pablo- la salvación de Cristo es “locura” para ellos.

A su vez, los judíos, al negar la radical fractura entre Dios y el hombre (el “pecado original”) afirman que cada hombre tiene en sí mismo los recursos para vencer el Mal. Consecuentemente,  “la salvación es un tema de educación y no de redención” (en palabras del Gran Rabino de París, Meyer Jaïs) y nos llega mediante la Ley (Torah) cuyo cumplimiento opera la salvación sin necesidad de un mediador.

En cambio, para Pablo (y la Iglesia) existe en cada hombre un pecado “original” (el que está al origen de todos los pecados): es la “anomia”, la autonomía moral que impulsa a la criatura a creerse Dios. Para salir de ese pantano ético, el hombre necesita un mediador, “otro” que le lance una soga, la sostenga y le indique cómo jalar de ella para salvarse. Ese otro es el Cristo que nos rescató mediante su muerte y resurrección. Esa verdad, que es “escándalo” para los judíos, no implica pasividad, salvación “automática” o espera inactiva del fin del mundo. Al contrario, llama en el Bautismo a seguir libre y responsablemente un camino de muerte y resurrección personal, a la secuela de Jesús.

En resumen, el mensaje de la Pascua de Cristo no pasa por la dispersión de las luchas síquicas (como enseña “el mundo”), ni meramente por un proceso pedagógico (como afirma la Sinagoga) sino por el camino que Jesús el Cristo ha abierto; el camino que, enfrentando el Mal en su raíz, permite vencerlo de manera definitiva.

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Boyuy y La Haya, mares paralelos

Página Siete, 6 de abril de 2019

En los últimos días han coincidido dos noticias aparentemente remotas entre sí y, sin embargo,  muy cercanas en símbolos y realidades.

El pozo Boyuy hizo noticia por la enésima “inspección” que realizaron las autoridades al lugar, para re-anunciar que se trata del pozo más profundo de la historia, que por primera vez se llegó a 8 km de profundidad, que se aprendió mucho de la geología y que se quemó algo de gas. Lo que no se dijo es que la certeza de recuperar el prometido mar de hidrocarburos se esfumó con ese gas quemado. En lugar del anunciado mar de gas, nos quedamos con  un mar de decepción, un charco de aprendizaje sobre cómo funciona la geología a esas profundidades y un río de esperanza de que ese aprendizaje le sirva a YPFB en las próximas lides con el subsuelo chaqueño.

Asimismo, una vez conocida la inviabilidad del pozo, salieron voces, que antes no se habían pronunciado al respecto,  a aclarar por qué se fracasó y a pedir cuentas del costo de ese pozo, unos 140 M$; monto que, aparentemente, será asumido por YPFB vía costos recuperables.

Vale preguntar si, con esos costos y los riesgos técnicos asociados, alguna otra empresa se animará a repetir esa hazaña e, incluso, a superar el récord de profundidad petrolera, buscando revertir la “sentencia” de la Pachamama. Por su lado, YPFB está sumido en la desesperación, máxime en un año electoral, razón por la cual ya está tratando de confundir a la opinión pública a punta de estériles “cartas de intenciones”.

Paralelamente, el tema de la demanda en La Haya ha revivido gracias a la conmemoración, más amarga que nunca, del Día del Mar y a la revelación de los gastos únicamente del equipo del vocero Carlos Mesa; información entregada por la Cancillería para dañar al ahora candidato Mesa. Curiosamente, ante el pedido de otro diputado opositor, esa misma información fue ocultada por la inefable ex Presidenta de Diputados, por considerarla “confidencial”. ¡Qué va, así es el MAS!

Como en Boyuy, también a La Haya fuimos confiados, en alas del triunfalismo del equipo jurídico, de hallar nuevas certezas para salir al mar; pero la sentencia de la Corte Internacional de Justicia nos fue desfavorable.

También en este tema se quiso convertir una derrota huérfana en una victoria de muchos padres, debido a la expectativa de capitalizar en la actual campaña electoral el esperado éxito. Como en Boyuy,  nos quedamos sin el anhelado mar y, sin embargo, nos aferramos al mar de la retórica, de las falsas expectativas, de las mentiras y de la falta de transparencia.

No obstante, en ambos temas hay lecciones que deberíamos aprender y aprovechar.

La decepción de Boyuy nos ha enseñado a ser más cautos y transparentes cuando se enfrenta un riesgo exploratorio: la desesperación de querer hacer a último momento las tareas relegadas es mala consejera. Sin embargo, no hay que bajar los brazos, sino seguir explorando en condiciones menos azarosas y dando mayor responsabilidad (o sea, riesgo y beneficios) a las empresas especializadas.

A su vez, la lección del fiasco de La Haya es que en las cenizas de la derrota está la llama de los futuros éxitos. La historia no se acaba, hay mucho camino que recorrer, pero los pasos ahora deben ser pequeños, cuidadosos e inteligentes. Es tal vez el tiempo de reconstruir con todos nuestros vecinos –sobre todo con Chile- tratos amistosos, empezando por los ámbitos académico y comercial, menos contaminados que los campos ideológico y político, y de recrear, sin complejos ni resentimientos,   relaciones de confianza en torno a intereses comunes, en un marco de moderación verbal y de apertura sincera.

En ese contexto, ayudaría mucho al país un cambio de interlocutores, en ambos temas.

Justicia, ética y estética

Página Siete, 23/3/2019

Hay tres categorías de la conducta humana que suelen confundirse y aplicarse equivocadamente, dando lugar a falsas polémicas.

La primera es la justicia que tiene que ver con lo que es acorde a la ley y lo que no lo es. Manosear a una joven mientras duerme en un bus, ejercer violencia familiar, violar a una reclusa a la que hay que custodiar, robar dinero del Estado o saquear una cooperativa son actos reñidos por las leyes y que conllevan una sanción. La justicia es un valor universal, presente en los genes de toda cultura: no matar, no robar, no calumniar, incluyendo todas las formas en las que han evolucionado esas normas “naturales”.  Es llamativo que, a pesar del mal que envuelve a nuestra sociedad, el valor de la justicia siga vigente y su violación genere indignación y rechazo.

La ética es el fundamento de la justicia, pero tiene que ver no con lo legal/ilegal, sino con lo bueno/malo. Es verdad que un asesino lo es antes de cometer un asesinato porque cree que la vida, que pretende quitar, no es un valor supremo. Sin embargo, no se puede imputar a una persona por el mero hecho de despreciar la vida. La justicia entra en juego cuando la ética actúa violando la ley, no por el sentido del bien y del mal que se tiene. Actuar, por supuesto, implica también omitir, instigar e inducir a cometer delitos. Estamos viendo cuánto daño puede hacer a las instituciones el encubrimiento de crímenes abominables como la pederastia. Por eso, Jesús habla de una justicia “superior”, o sea no circunscrita al cumplimiento de la ley; una que va al corazón de la condición humana. Él dijo que se mata también despreciando e insultando, incluso haciendo bromas ofensivas.

Para ilustrar la relación entre ética y justicia tomemos el caso de un dirigente cocalero autor de bromas sexistas (suponiendo que fueran bromas); un caso que muestra la escala de valores de quienes, escudándose en la impunidad que da un poder efímero, creen que pueden decir lo que se les venga en gana. A Leonardo Loza difícilmente se le puede procesar (sin forzar la ley) pero se le debe censurar públicamente desde la ética.

La mentira, cuando es infamia o falso testimonio, cae en el ámbito de la justicia. Pero hay promesas públicas -como la de respetar el resultado de un Referéndum- que pueden ser burladas precisamente manipulando la justicia; no obstante, los tramposos no se librarán de la condena ética ante la Historia. Tampoco hay una ley que impida al Presidente del Estado dirigir las Seis Federaciones del Chapare, pero el incuestionable conflicto de interés se vuelve un conflicto ético. En otro ámbito, el aborto provocado, no obstante sus diferentes grados de despenalización, conlleva una pesada carga de conciencia, principalmente en la mujer.

Finalmente, la estética tiene que ver con lo bello/feo de una acción. Pregonar que los alimentos son para la vida y no para las máquinas y luego incentivar el “biodiesel”, no es objeto de la ley ni de la ética, pero tiene la fealdad de la impostura, la cual delata la tendencia a usar máscaras ideológicas para intereses pragmáticos. Asimismo, en una red social he calificado la decisión de Maricruz Ribera de Revilla de  pedir los servicios legales de la esposa de un concejal afín al Alcalde (su esposo), como “antiestética”, porque ilegal no lo fue y antiética tampoco. En el fondo, cual “mujer del César”, ella hizo algo que “se ve mal” y tal vez hubiese sido mejor, para su imagen, no haberlo hecho.

En fin, la confusión –inocente o ladina-  entre actuar mal, pensar mal y verse mal lleva a que acciones poco “estéticas” sean calificadas alegremente como “antiéticas” y luego aparezcan salpicadas por el hipócrita y gastado estribillo “no tienen moral”.

Cambio de época del mercado del gas


El comercio mundial del gas natural está pasando, más que por una época de cambios, por un verdadero cambio de época.

Las razones son fáciles de entender. Primero está la necesidad de remplazar  las energías fósiles contaminantes y destructoras del ambiente con energías renovables, en cuyo proceso el gas natural se ha posicionado como el combustible de transición, abundante y menos contaminante que los combustibles fósiles líquidos.

Luego, se observa la consolidación del LNG (Gas Natural Licuado) como un “commodity” abundante que ha alcanzado precios realmente competitivos hasta con el gas natural tradicional.

En tercer lugar está la irrupción del “shale” gas obtenido mediante el método del “fracking” (fracturación de rocas gasíferas) que ha multiplicado reservas y producción de ese hidrocarburo y ha hecho, por ejemplo, de los EEUU una potencia energética  mundial, autosuficiente en energía, y un firme exportador.

Finalmente, el desarrollo de relevantes yacimientos marinos a gran profundidad, como el Presal brasileño, ha añadido otro factor de complejidad en el mercado del gas en el mundo y en nuestra región en particular.

Como consecuencia, actualmente en los mercados compiten por lo menos cuatro “tipos” de gas: el tradicional, el shale gas, el gas de offshore, todos ellos trasportados regionalmente por gasoductos, y el LNG, trasportado a escala planetaria por barcos metaneros.

Definitivamente el precio del gas se ha “desacoplado” del precio del petróleo y es determinado por la competencia de los otros tipos de gas que existen en cada mercado.

La competencia para abastecer a un mercado de gas natural se juega por tanto entre costos de producción/entrega al distribuidor y costos de transporte, de modo que cada actor deberá sopesar lo más conveniente en función de la distancia propia y de las otras fuentes competidoras.

Las implicaciones para Bolivia de este cambio de época del comercio del gas son, en algunos casos, buenas y otros malas.

En cuanto a los mercados, es evidente que cuando más cerca estén a nuestras fronteras (y cuantos más lejos estén las otras fuentes) más ventajas tendrá el gas boliviano. Por tanto, la buena nueva es que las regiones fronterizas de Brasil y Argentina, para no mencionar eventuales mercados menores, son el campo de batalla vencedor de nuestro gas. La mala es que la competencia se hace más y más aguerrida a medida que nos alejamos de nuestras fronteras.

Sobre los precios, la buena nueva es que, en el marco limitante del punto anterior, el costo de producción del gas tradicional (el de Bolivia lo es) resulta siempre inferior a la competencia. Sin embargo, la mala nueva es que ese precio competitivo es mucho menor del precio que Bolivia se ha acostumbrado a recibir cuando era el casi único proveedor, gracias a los contratos en firme, de largo aliento y con cláusulas estrictas, los “peores contratos de la historia, a decir del (no muy) confiable ministro de hidrocarburos actual. En otras palabras, hay que estar preparados para recibir menores ingresos, regalías e IDH.

Hablando de contratos, a la hora de firmar compromisos, aunque sean de corto alcance, tiene mucha relevancia la garantía de suministro. Por tanto, se requiere tener reservas creíbles,  “certificadas” (y no solo “evaluadas”, como hizo Sproule con YPFB). Lo anterior implica mayores inversiones en exploración; reglas claras e incentivos razonables para las empresas privadas que en Bolivia siguen haciendo todo el trabajo del sector, además de tener que lidiar con la burocracia de YPFB. Los precios futuros y el alto riesgo asociado a la perforación de pozos profundos (8,000 metros o más) no son precisamente un atractivo para las empresas que siguen en Bolivia.

En el caso de YPFB, a todo lo anterior se añaden intereses cruzados. Por ejemplo, la “imposición” de Argentina de la modificación del contrato ENARSA-YPFB, aparte de no tener obviamente el objetivo de pagar más a Bolivia, puede estar dirigida a ahorrar unos cientos de millones de dólares útiles para hacer sostenibles los incentivos en Vaca Muerta y elevar la producción de gas. O sea, con el dinero ahorrado con Bolivia, Argentina buscaría depender menos de Bolivia, y competir mejor con YPFB.

Finalmente, en cuanto a Brasil, que es el otro mercado real y significativo que se tiene, está claro que Petrobras reducirá sus compras a 15 MMmcd a partir del 2020, lo que corresponde al 50% de la capacidad del ducto; y lo hará a precios de mercado. La otra mitad habrá que colocarla, en los términos competitivos anotados, mediante distribuidores locales o directamente como YPFB. Ambas opciones representan un reto para la frágil institucionalidad de YPFB, la miopía de sus autoridades, el precio reducido del gas  y la escasa confianza de no tener reservas certificadas.

En resumen, el cambio de época que se está dando en el mercado del gas es una oportunidad desafiante para el sector energético boliviano que reclama un cambio profundo de conducción.

Publicado en IDEAS, Página Siete, el 17/3/2019