¿Era Jesús de “buena familia”?

Es común preguntar por el apellido de una persona desconocida con la cual vamos a tener alguna relación (el galán de una hija o la enamorada del hijo) con el fin de inferir sobre la calidad social de su familia. A no ser que se descubra que en esa familia hay miembros no precisamente ejemplares según la moral o la justicia. Para eso, la ciencia proporciona hoy hasta análisis de “ancestría”, un regalo en estas fiestas sugerido por influyentes periódicos.

En víspera de la Navidad, me pregunto si la familia de Jesús calificaría como “buena familia” según el criterio común. Desde luego, no me refiero a José y María, sino a los antepasados de Jesús, como los conocemos por la genealogía que nos ha transmitido Mateo al comienzo de su evangelio. Ese texto, en apariencia aburrido, enumera simbólicamente los descendientes de Abraham en tres grupos de 14 ancestros: 14 hasta David, 14 hasta el Destierro en Babilonia y 14 hasta Jesús. 

Empezamos por preguntarnos: ¿cuál sería el apellido de Jesús? Las Escrituras dan pistas en ese aspecto: el equivalente moderno del apellido es Natzoreo, que significa “pertenecientes al clan de los descendientes del rey David”; el “Netzer” -el brote- de su padre Jesé, en palabras del profeta Isaías. En algunos idiomas modernos “hijo de David” se traduciría Davidovic o Davidson.

Algunos de mis lectores objetarán que Jesús, al no ser hijo biológico de José, mal podría compartir con aquel el mismo árbol genealógico. Sin embargo, según las costumbres de ese tiempo el padre “oficial” era el padre a todos los efectos. De hecho, los emperadores romanos solían adoptar como hijo al que querían que les sucediera en el trono.

Ahora bien, la genealogía oficial de Jesús nos proporciona antecedentes de su linaje. En ella se mencionan sorprendentemente a cuatro mujeres -además de María, la madre- y no todas de buena reputación. Se mencionan a Tamar, quien se acostó con su suegro Judá, aunque por una causa justa (Gen 38) y a Rajab, una prostituta de Jericó que ayudó a los israelitas a conquistar esa ciudad (Josué 6). Otra extranjera, la admirable Rut, terminó casándose con Booz, un descendiente de Rajab y bisabuelo del rey David (Rut 4). La cuarta mujer es Betzabé, adúltera y causante del asesinato de su esposo Urías por parte de David, pero a la postre madre del rey Salomón (2Sam 12).

Tampoco se salvan algunos varones, especialmente varios impresentables reyes davídicos. Entre estos últimos hubo asesinos, como Joram que mandó matar a sus seis hermanos para consolidar su poder (2Cro 21); idólatras, como Manasés, quien derrochó todo el legado reformador de su padre, el buen rey Ezequías, restableciendo el politeísmo en Jerusalén (2Cro 33) y vendepatrias, como Elyaquim, hijo del santo rey Josías, quien aceleró, mediante equivocados vasallajes políticos, la destrucción de Jerusalén (2Cro 36).

Con esos antecedentes, la pregunta del título de esta columna se vuelve cuanto menos ociosa, debido a que las luces y sombras de los ancestros de Jesús se parecen a las nuestras. En efecto, ¿qué familia no carga con las taras de antepasados de dudosa reputación?

Por tanto, es totalmente desacertado confiar en el prestigio y valor de los apellidos, sean de extranjeros racistas, de criollos sumisos o de caciques siempre en busca de privilegios. Porque, más que la herencia de genes y blasones, lo que cuenta en la vida es lo que cada uno construye con su esfuerzo. El mismo Jesús Natzoreo nos dio un ejemplo de cómo asimilar, sin complejos ni concesiones, un discutible legado familiar.

Esta columna navideña cierra otro año de multifacéticas entregas, aunque unidireccionales, a mis 25 fieles lectores, a quienes deseo, junto a sus familias, “buenas” de verdad por ser suyas, un feliz reencuentro con Jesús Natzoreo, que vino, viene y vendrá.

Esta es una versión revisada y aumentada de la columna publicada en Página Siete, y otros medios nacionales, el 24/12/2022.

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Como náufragos en un océano de mentiras

Ante la proximidad de un tsunami económico-financiero, el ministro Marcelo Montenegro se ha sincerado con la prensa internacional destapando la gran mentira  con la que un impresentable exministro de Hidrocarburos, hecho al oceanógrafo, embaucó a la población y al gabinete de entonces, incluido al entonces ministro de Economía, hoy Presidente del Estado. Queda la duda: ¿se hicieron embaucar por ingenuos o por cómplices?

Y ya que estamos en vena de sinceramientos, el ministro podía haber mencionado otra gran mentira del entonces vicepresidente cuando, al crear un fondo de incentivos a la exploración con base en retenciones del IDH a sus beneficiarios, aseveró que por cada dólar “invertido” en ese fondo se recibirán hasta 8 dólares.  Nadie recibió nada, el Fondo se ha “estido”, pero se sigue descontando el IDH.

Para no hablar de la Gran Mentira Original, la de Evo Morales y sus acólitos de respetar el referéndum del 21F, que ha diseminado un cáncer agresivo en el cuerpo social y político de Bolivia desde hace cuatro años; o de la mentira del presente gobierno, al empezar su gestión, de empeñarse a cambiar la justicia, hasta caer en la cuenta de cuán útil es, para el poder, utilizar a su antojo jueces, fiscales, policías, leyes y la constitución. Por eso, dicho sea de paso, contribuiré con mi firma al éxito de la iniciativa ciudadana de los juristas independientes: ¡YO FIRMO!

Ni qué decir de las mentiras de los juicios internacionales perdidos, en La Haya y en los arbitrajes, que han costado dinero público y descrédito internacional; o de la cantaleta de que somos un país pacifista. ¡Basta ya de falsedades! Es evidente que no se trata de mentiras aisladas, sino de un régimen mentiroso, que suele sacrificar el bien común y la verdad sobre el altar del interés partidario para conservar el poder a como dé lugar.

Ahora bien, si no queremos hundirnos en ese océano de mentiras, hay que emprender algunas acciones urgentes.

En el sector energético, en particular, es necesario realizar un control de daños de la nacionalización, ante su fracaso “a mediano y largo plazo”, como se advirtió oportunamente y como acaba de confirmar una prestigiosa consultora. En efecto, Wood Mackenzie pronostica que, sin cambios estructurales, la producción de gas bajará de 40 (2022) a 11 MMmcd (2030), volumen insuficiente para el consumo interno. Cierto o no, el espectro de la importación de gas está en puertas.

Más allá de los parches, confusos y costosos, de los biocombustibles, la clave es retomar la exploración “en serio”, no con las quimeras del PGE de este año, como se ha analizado en medios de prensa especializados (LEA230113.pdf). Urgen cambios razonables en el régimen tributario, que podrían funcionar si se dejara de lado la ideología secante que sigue ofuscando a los responsables del sector.

Paralelamente, hay que encaminar “en serio” una transición energética que disminuya a tiempo la dependencia de las menguantes fuentes fósiles. Si no se lo hace aún es porque se le tiene miedo a la democratización de la energía y a la superación del rentismo, base de todo populismo paternalista. 

Otro gran sinceramiento del gobierno sería que reconozca la insostenibilidad del subsidio universal a los combustibles. Lo que debería quitarnos el sueño, además del gasto en divisas -siempre más escasas en el Banco Central y en YPFB- para la importación, es el impacto del subsidio.  El PGE-2023 prevé que, con el petróleo por los 80 $ el barril, el subsidio podría llegar a 1.250 M$, por encima de las reservas en divisas del BCB. Se trata de dinero dilapidado por el TGE y YPFB con el único fin de maquillar (manteniendo baja la inflación) las llagas de un modelo económico fracasado.

Publicado en Página Siete (digital), y otros medios bolivianos, el 21/01/2023

UNIFORMÁTICOS KAFKIANOS

Columna No. 322 de la «era Página Siete», publicada en ese periódico y otros medios nacionales, el 7/01/2023

En medio de las críticas a la Policía por su desmesurada violencia, quisiera felicitar a esa institución del Estado por el conocimiento de sus uniformados de uno de los grandes escritores del siglo XIX. En realidad no a todos los uniformados, sino a un grupo selecto del Ministerio de Gobierno que llamaré “uniformáticos”, fanáticos del genial Franz Kafka.

No otra cosa se puede colegir al analizar su obra maestra, el “Trámite de Autorización de Vidrios Oscurecidos” (TRAVO), un absurdo a toda vista por querer “autorizar” la circulación de vehículos importados legalmente (y por tanto autorizados) que llevan vidrios oscurecidos desde fábrica. ¡Kafkiano!

Para ese fin, el DS 4740 busca “el mantenimiento de la seguridad y orden público”. No dudo de que se cometan delitos (y otras intimidades) al amparo de vidrios que no dejan ver el interior del vehículo, sin embargo, la razón por la cual por lo menos las vagonetas llevan vidrios oscurecidos es otra: evitar robos de objetos que, a falta de una baulera, quedan expuestos a la vista. O sea, exactamente lo contrario de lo que se busca con el TRAVO. Moraleja: para prevenir unos eventuales casos delictivos, se prefiere exponer a la inseguridad a todos los poseedores de esos vehículos. ¡Kafkiano!

Ahora bien, el TRAVO consiste en obtener una “autorización” para circular con vidrios oscurecidos, pero la norma no aclara si la autorización es para el vehículo (permiso de circulación) o para el conductor (permiso de conducir). Colocar una roseta en el vidrio del coche cada dos años hace pensar en lo primero (hecho que no excluye el eventual uso delictivo del coche), pero exigir el certificado de antecedentes policiales del dueño sugiere lo segundo (aunque tenga validez solo por tres meses). Eso me recuerda el cuento de un Fulano que se quejaba con su amigo por el robo de su auto “mientras dormía”. “Qué raro -comentó su oyente- tu auto nunca duerme; con seguridad le echaron algo en la gasolina”. Si las personas, y no los coches, cometen delitos, tal vez sería suficiente que un conductor de un vehículo con vidrios oscurecidos renueve anualmente su certificado de antecedentes policiales. Caso contrario, ¿qué se controlará, finalmente, si el coche tiene la roseta o si el conductor no tiene antecedentes? ¡Kafkiano!

El costo anunciado del TRAVO es Bs. 200, pero, en realidad, es más de 400, gracias a un certificado que otorga la Policía para presentarlo a la misma Policía. ¡Kafkiano! Por eso sospecho que la verdadera finalidad del TRAVO es proporcionar más ingresos a la Policía esquilando y fastidiando al ciudadano. Para maquillar el TRAVO, los uniformáticos han diseñado un trámite on line que, en teoría, requiere cinco días, pero que tarda semanas, y, si no avanza por problemas técnicos, hay que apersonarse a una oficina para obtener, con respectiva cola, el certificado. Como se dice, más enredado un trámite, más ganancias de corruptos.

Por último, la parte más kafkiana del TRAVO llega cuando termina el trámite on line y el dueño debe presentarse con el vehículo en un único lugar para La Paz y El Alto. Resultado: colas kilométricas que empiezan la noche anterior y terminan la tarde del siguiente día; calles aledañas obstruidas por los coches en fila; sin servicios higiénicos; sin ningún trato preferente para mujeres embarazadas y adultos mayores (violando el art. 7º de la ley 369); con decenas de transportistas impedidos de trabajar; todo con el fin de entregar documentos ya verificados y obtener, con suerte, la ansiada roseta. ¿Es mucho pedir que los uniformáticos apliquen menos Kafka y más la CPE?

En fin, el TRAVO confirma que los trámites burocráticos son tan irracionales como los gobiernos que los aprueban.

NOlala y SIlala

Publicado en Página Siete, y otros medios nacionales, el 10/12/2022

Nunca llegué hasta la región del Silala, pero puedo presumir que mi interacción con la problemática de esas aguas es de larga data.

El año 2009, con Gonzalo Mendieta, publicamos en el extinto Semanario PULSO, un ensayo sobre el alcance del “Preacuerdo del Silala”, todavía accesible pinchando en Radiografia_del_Preacuerdo.

Más recientemente, en víspera del fallo de la Corte Internacional de Justicia de La Haya (CIJ), los mismos autores anticipamos su análisis en el suplemento IDEAS de Página Siete, a disposición del lector en mi blog (Por-las-frias-aguas-del-silala).

Conocido el fallo, puede ser útil reflexionar sobre lo que NO hay que hacer y lo que se puede y debería hacerse en torno a esa temática, como complemento del análisis “racional y equitativo” de la sentencia que ha realizado G. Mendieta hace una semana en este mismo espacio.

La controversia del Silala nos enseña, en primer lugar, que NO hay que condicionar la política exterior a teorías anticientíficas, que luego obligan a dar volteretas vergonzosas. Informarse, estudiar, analizar y discernir todas las aristas del conflicto es siempre preferible a abrir la boca para lanzar bravuconadas.

En segundo lugar, ya es hora de que, como país del siglo XXI, digamos NO a ciertos mitos (“políticas de Estado”, les dicen) nacionalistas, provincianos y victimistas, en particular a la política del “todo o nada”, que nos ha dejado en general con nada.

En tercer lugar, NO hay que olvidar que las oportunidades son calvas y hay que agarrarlas del único pelo que nos ofrecen. Tuvimos una primera oportunidad en 2009 para negociar una solución favorable para el país y la dejamos escapar. Tuvimos, el año 2019, una segunda oportunidad de llegar a un arreglo extrajudicial sobre la base de una propuesta chilena que, aun en tono leonino, era susceptible de mejoras suficientes para ahorrarnos tiempo, dinero y papelones en la CIJ. Los tres gobiernos que se sucedieron entre junio de 2019 hasta la fecha de la sentencia tienen su parte de responsabilidad al respecto.

La verdad es que NO podemos seguir con la política de eludir los problemas sin aplicar la razón de Estado ante disensos locales y preferir, en su lugar, que “desde arriba” se nos diga qué hacer. La consigna de “gobernar obedeciendo” no es más que un conveniente eslogan al que se recurre cuando no se quiere obrar y soberanía es también asumir responsabilidades de gobierno sin refugiarse en dictámenes externos con la excusa de que son de “cumplimiento obligatorio”.

Vamos a lo que SÍ nos sugiere la controversia del Silala.

Tenemos más conflictos de aguas fronterizas en las dizque 14 cuencas hídricas que compartimos con Chile. Eso SÍ nos sugiere que creemos una instancia binacional para monitorear esos sistemas y proponer soluciones a los eventuales conflictos; la misma tarea de la Autoridad Binacional del Lago Titicaca (si funciona aún). Más que una DIREMAR, necesitamos una DIRERIOS.

Además, SÍ debemos abandonar la lógica binaria (amigo/enemigo) que suele guiar nuestras relaciones exteriores y que tanta vergüenza nos hace pasar en el ámbito internacional. De hecho, no solo con Chile tenemos problemas de ríos comunes: Perú, para abastecer a Tacna, ha desviado las aguas de un río (Uchusuma) que muere (textualmente) en Bolivia. Mi denuncia, Soberania_no rima_con_Cancilleria, publicada el año 2019, nunca fue respondida.

Finalmente, el fallo SÍ permite a Bolivia realizar, con la ayuda de científicos y expertos, un manejo racional de los bofedales del Silala y determinar el flujo “ideal” de la corriente de agua, bajo el principio de que la sostenibilidad de ese ecosistema hídrico está primero que el interés de los que especulan sobre su aprovechamiento.

Categorías: política y economía

La carne y el medio ambiente

Columna publicada en Página Siete, y otros medios nacionales, el 26/11/2022

La palabra “carne” abarca a diferentes conceptos. Para un carnicero o una ama de casa es un alimento animal que se diferencia por su origen: bovina, porcina, ovina, equina, camélida, cunícola (de los conejos) y, dentro de otra categoría, avícola, aunque militantes del proceso de cambio no dejan de sorprendernos con sus emprendimientos de “granjas avícolas de leche”.  

Para un moralista, la carne (¡femenina!) tiene más bien una connotación sensual: pecados, placeres e impulsos carnales son universalmente conocidos y ampliamente practicados para tener que extendernos en ellos, aunque una justa actualización debería incluir los placeres de los mariscos, de los postres y del poder.

Para filósofos y teólogos, la carne es la parte corruptible del ser humano, una definición que me atrae más de la clásica griega de “cuerpo y alma”. En efecto, en la cultura semita el hombre está hecho de carne y espíritu, que se manifiestan en un cuerpo (y un alma) carnal y espiritual. De hecho, el judío Pablo de Tarso abrazó esa distinción.

En cuanto al sentido metafórico, solo mencionaré, por cuestión de actualidad, la “carne de cañón”, particularmente el “corte” denominado “funcionarios partidarios”, abusados para diferentes fines políticos.

El uso alimenticio de la carne tiene importantes implicaciones. Son conocidas las prohibiciones, como la de comer carne porcina entre árabes y judíos, cuyas raíces, tal vez, sean geo-sanitarias. Diferente origen tendría la prohibición de comer carne de vaca en la India, debido al valor económico y religioso de ese animal. Los vegetarianos y veganos se abstienen de comer carne, mas no proteínas vegetales, y hasta le encuentran una justificación en el Génesis, argumentando que antes del pecado “original” el hombre era vegetariano (Gen 1,29). Sin embargo, ese mismo argumento nos llevaría a concluir que antes del pecado las serpientes caminaban (Gen 3,14).

Existen también implicaciones dietéticas: comer habitualmente carne animal (especialmente carne roja) incrementaría algunas patologías (gota, colesterol alto, paros cívicos prolongados). Por eso se recomienda alternar carne roja con carne blanca y pescado (mejor si es sin el mercurio, obsequio de nuestros cooperativistas auríferos).

Las religiones desconfían del consumo de la carne, tal vez para cuidar la salud corporal, la espiritual o la económica de sus fieles. Muchos católicos de mi tanda han observado eventualmente el precepto de abstenerse de comer carne los viernes, particularmente en Cuaresma, en señal de mortificación. Ese precepto no le caía mal al cuerpo, al espíritu y al bolsillo, siempre y cuando no se sustituyera el hueso de la sopa con salmón o mariscos.

Pero, por sobre todo, están las implicaciones ambientales: la elevada huella ecológica que deja la crianza de una vaca está detallada en la muy recomendable página web de la Fundación Solón. El consumo de agua dulce (15.400 litros por kg de carne, según la FAO), las hectáreas de pastos dedicadas a cada animal (5 Has en el Beni), los desmontes y quemas anuales de pastizales y las elevadas emisiones de los gases de efecto invernadero de la bosta suelen ser tolerados e apoyados por los gobiernos de turno. ¿Acaso a cambio de nada Evo Morales recibió –tax free- de los ganaderos benianos un caballo de raza?

¿A qué viene todo esto? Se repite que poco podemos hacer contra el cambio climático y la inercia de los gobiernos, ricos y pobres. Sin embargo, algo, pequeño y profético, sí se puede hacer en el ámbito personal: abstenerse laica, consciente y voluntariamente de comer carne un día a la semana, en solidaridad con la Creación y para mitigar el impacto mencionado. La salud, el espíritu y el planeta nos lo agradecerán.

La COP-27 y el Censo

Publicado en Página Siete (y otros medios bolivianos) el 12/11/2022

La salud del planeta, que se revisa cada año en las Convenciones de Partes (COP), tiene su cita No. 27 del 6 al 18 de noviembre en Sharm el Sheij, el famoso balneario egipcio del Mar Rojo.

La Agenda de este año está enfocada a los mecanismos financieros destinados a la mitigación de las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI), con miras a mantener el incremento de la temperatura del planeta por debajo de los 2°C hasta fin de siglo, en cumplimiento del mandato de la COP 21 (Paris. 2015).

En la realidad muy poco se está cumpliendo de los acuerdos de Paris: la temperatura del planeta no para de crecer (+1.1°C desde la era preindustrial); el fondo financiero establecido en Paris no ha logrado recaudar los 100 mil M$ comprometidos por año; ni se ha logrado colocar esos fondos en proyectos y acciones a los cuales estaban destinados.

Al margen de la nunca suficientemente vilipendiada burocracia internacional y de la ineptitud de los gobiernos potencialmente receptores, dos acontecimientos han contribuido a echar agua en el fuego esperanzador de París. Me refiero a la pandemia COVID-19, que ha obligado a los Estados a reprogramar sus prioridades, y a la invasión de Rusia a Ucrania, que está teniendo efectos devastadores sobre la economía mundial, especialmente en los precios de alimentos, fertilizantes, combustibles y electricidad.

Una consecuencia global de la guerra es el incremento de los costos de la energía que afecta a los consumidores/electores. Con el fin de abaratar esos costos, los gobiernos de los países afectados están volviendo a utilizar fuentes de energía contaminantes (carbón) o anteriormente descartadas (combustibles nucleares), para paliar la insuficiencia y limitaciones de las energías renovables no convencionales. Paradójicamente, esos países entienden que precisan producir más electricidad “renovable”, pero se han visto obligados por la emergencia a gastar más en gas y petróleo.

En resumen, si bien la transición energética en los países desarrollados no se detiene, sin embargo avanza a pasos más lentos y, por tanto, se requerirá más tiempo para alcanzar las metas de los acuerdos climáticos.

¿No les recuerda la problemática del Censo en Bolivia? En teoría nadie se le opone, pero no faltan astucias, pretextos y razones para postergar su realización con el fin de que la aplicación de sus resultados no estorbe a los intereses sectarios de un gobierno “in-creíble” (al que nada se le puede creer).

Además, si el control de la salud del planeta se hiciera por cada órgano del cuerpo (no me pregunten cuál le correspondería a Bolivia), nuestro país debería ingresar a terapia intermedia. Siendo modestos consumidores de energías fósiles, estamos entre los primeros emisores de GEI per cápita debido a la quema provocada de cobertura vegetal y al cambio de uso de suelo, expansión de cocales y biocombustibles mediante. ¿Y qué decir del daño ambiental que infligimos contaminando, con siempre mayor desparpajo, el agua, el aire y la tierra para explotar oro, plata y metales del diablo?

Por eso, Bolivia requiere con urgencia de un Plan de Transición Energética, no solo para cumplir los compromisos asumidos, sino para afrontar la emergencia del fin del ciclo del gas, que arrastrará consigo el lastre del “rentismo” tan dañino para el desarrollo integral del país.

Se cumple este año el X aniversario de la Carta de los Obispos bolivianos “El Universo Don de Dios para la Vida” que, como toda profecía, ha caído en saco roto de moros y cristianos.  Su llamado a luchar por una “ecología integral” sigue vigente porque, como reflexiona la Carta, el origen del daño ambiental está en el corazón del hombre, alejado de Dios, del hermano y de la creación.

La cicatrices de Bolivia

Publicado en Página Siete, y otros medios bolivianos, el 29/10/2022.

Es difícil quedar indiferentes ante la enésima grave crisis política que vive el país. Bien podría aplicarse a este gobierno el viejo chiste de que tomó el poder cuando el país estaba al borde del abismo y gracias a sus políticas se ha dado un pequeño paso adelante.

En efecto, el país ha entrado en una espiral de locura nunca vista anteriormente por obra de un gobierno carente de humildad, realismo y creatividad y que parece empecinado a desmentir la famosa máxima de Víctor Paz Estenssoro: “En Bolivia pasa todo y no pasa nada”.

Lo hace recurriendo al libreto acostumbrado: distorsionar la realidad mediante la astucia criolla; amenazar sin ningún “fair play” (por no decir cavernícolamente) por boca de sus clientelares SS (Sectores Sociales); reeditar aventuras criminales como el Hotel de las Américas o el Porvenir; atacar, como si fuera un juego de niños, una estructura económica que aporta divisas al país y, sobre todo, soplar sobre las brasas del odio, del racismo y del regionalismo, a sabiendas de que la economía le está pidiendo cuentas y que ya no puede patear la lata hacia adelante.

Paradójicamente, lo que Evo Morales solo amenazó hormonalmente, sin llegar a cumplir esa locura genocida, Luis Arce lo permite conscientemente para intentar acallar una reivindicación justa, pero que no se adecúa a los planes prorroguistas de la ‘familia monárquica” masista, en carrera para definir la línea de sucesión del próximo quinquenio.

Es innegable que hay un departamento que sigue creciendo demográfica y económicamente y que reclama su protagonismo en el quehacer nacional. El censo es el instrumento de ajuste si sus resultados son tomados en cuenta en los tiempos políticos correctos, visto el retraso que ya lleva. Sin embargo, es evidente que la intención del gobierno es postergar, hasta después del 2025, la redistribución de la representación política entre departamentos y también entre ciudades y campo, la cual hoy está totalmente distorsionada y lleva a resultados electorales engañosos.

Por su lado, y para evitar sospechas de angurria económica, Santa Cruz podría resignar parte de los nuevos recursos que en buena ley le corresponden en favor de los departamentos golpeados por la crisis y la emigración y concentrarse en lo innegociable de su demanda que son los escaños que le corresponden constitucionalmente. Sin embargo, el gobierno ofrece redistribuir, antes de 2025, la plata (siempre más escasa) mas no los escaños (que ponen en entredicho su hegemonía). Es curioso que el partido que hace 17 años ganó el poder con la consigna del cambio, hoy se resista a cambiar lo que la realidad y la Constitución (art. 146.V) exigen. Pero no sería el primero ni el último “gatopardo” de la historia.

Volviendo al mencionado adagio de Víctor Paz Estenssoro, si bien es cierto que, después de cada crisis que parece terminal, Bolivia suele recuperarse rápidamente como si nada hubiese pasado, no es menos cierto que después de cada crisis quedan “cicatrices” en el cuerpo social del país. No hace falta recordarlas, porque están en la memoria de los bolivianos y en el subconsciente de la nación, como un peligro de muerte apenas esquivado.

Las cicatrices nos obligan a mirar al pasado y revivir, a veces distorsionándolas, las circunstancias de esos accidentes, pero, al mismo tiempo, nos muestran las consecuencias de la desfiguración permanente del cuerpo y del alma, que ninguna cirugía plástica logra borrar, a no ser una sincera reconciliación, que a nadie parece interesarle.

Espero que, como suele suceder, la situación que estamos viviendo pronto sea solo un mal sueño; sin embargo, quedarán nuevas cicatrices que condicionarán sensiblemente la salud futura del país.

Arqueología espiritual

Publicado en Página Siete, y otros medios nacionales, el 15/10/2022

Como algunos lectores habrán notado, ojalá con más sorpresa que agrado, apagué el Satélite de la Luna durante un mes debido a un viaje turístico-espiritual en Turquía, precisamente a las “Siete Iglesias del Apocalipsis”.

Para los que no están familiarizados con las escrituras, en el Apocalipsis -el último libro de la Biblia, escrito a fines del siglo I- hay una sección de las siete cartas de Cristo a las comunidades de siete ciudades que se asoman hacia el mar Egeo y las islas griegas; ciudades ricas y famosas particularmente en el período helenístico y romano.

¿Qué se visita en ese tour-peregrinación? De ninguna manera siete templos cristianos que no los había al tiempo del Apocalipsis y no los hubo hasta la era bizantina.

Tampoco siete ciudades: la mayoría de ellas ya no existen en el emplazamiento original y otras han sido transformadas por sucesivas reconstrucciones, después de devastadores terremotos. Por ejemplo, la antigua Esmirna está sepultada debajo de la segunda ciudad más grande de Turquía (Izmir) y a nadie se le ocurre demoler la nueva para traer a la luz las ruinas de la antigua ciudad. Por cierto, ¡lo pasado, pisado!

Menos aún existen siete “comunidades” cristianas, herederas de las del primer siglo. El cristianismo hoy está casi totalmente borrado de esa región y, en general, de la Turquía, a no ser por los migrantes de países cristianos que con mucho sacrificio siguen cultivando la fe. De hecho, el tradicional laicismo de Turquía ha dado paso a una alianza política entre el gobierno y el clero musulmán, que termina discriminando a otras religiones.

Pues, lo que se visita es una memoria, de los pioneros y mártires del cristianismo, pero sobre todo una geografía: la misma que existía hace dos mil años y que los cristianos de las siete iglesias contemplaban. Sus fértiles valles, sus montañas ricas de mármoles, materia prima de los monumentos antiguos, sus ríos caudalosos que aseguraban la vida y la producción, y su clima, cálido y acogedor.

La geografía y la memoria bíblica permiten realizar una especie de arqueología espiritual. En efecto, si es cierto que la Iglesia cristiana nació en Palestina, “empezando por Jerusalén”, no es menos cierto que creció y maduró en Asia Menor, gracias a la fe y el compromiso de comunidades cristianas marginales en la cultura de su tiempo, pero perseverantes en las pruebas que soportaron. De esas ciudades, y de otras cercanas, salieron luego misioneros hacia el oriente y el occidente, para llevar la Buena Noticia que recibieron de los apóstoles Juan y Pablo, los más activos en esa región, hasta … nosotros. Ese protagonismo continuó en la época post constantiniana (siglo IV) con el fortalecimiento de la fe en los concilios realizados en esa región (Éfeso y Nicea). “Si el grano de trigo no muere…” vale también para los “baluartes” de la fe cristiana del mundo de hoy, destinados, tal vez, a volverse en el futuro lugares de peregrinación arqueológica.

De hecho, la región de las Siete Iglesias vive de un turismo en expansión incluso “ecuménico”. Las autoridades arqueológicas turcas han comprendido la necesidad de priorizar las excavaciones de la época cristiana. Me impresionó Laodicea, donde recientemente se ha restaurado ruinas de la época justiniana (VI siglo) sacando a la luz imponentes restos de iglesias.

Una antigua tradición afirma que en las alturas de Éfeso vivió la madre de Jesús siguiendo al apóstol Juan. “Meryem Ana”, una humilde estructura en piedra en medio del bosque, recibe al año más de un millón de devotos, peregrinos y turistas, cristianos y musulmanes.

Veo en ella, con esperanza, el signo de que, más que otros medios, son los lugares humildes los que logran acercar a los hombres.

Insostenible

Publicado en Página Siete, y otros medios nacionales, el 3 de septiembre de 2022

Se ha criticado el presunto abuso que los analistas del sector energético hacemos del adjetivo “insostenible” que, como en la fábula del lobo, lleva a reaccionar con escepticismo.

Por ejemplo, se afirma casi a diario que el subsidio estatal a los combustibles es insostenible, pero surge de inmediato la objeción: ¿hasta cuándo esa insostenibilidad dará lugar a medidas correctivas? Por tanto, lo “insostenible” de una situación merece ser aclarado.

En el caso del clima, los científicos han definido algunos “tipping points”, o puntos de no retorno, como el derretimiento de los hielos polares, la desaparición de los glaciales tropicales y la desertificación de forestas. Los acuerdos acerca del clima buscan cabalmente evitar llegar a esos puntos críticos que acelerarían irreversiblemente el calentamiento global y sus impactos catastróficos.

En el campo de la energía la insostenibilidad es un proceso dinámico y condicional: si el déficit entre producción y consumo de los combustibles siguiera creciendo, sin visos de revertir esa situación, estaríamos obligados a importar volúmenes crecientes de gasolina y diésel. Por tanto, la insostenibilidad está no tanto en la inminencia de la catástrofe, como entienden algunos, sino en la escalada de un fenómeno que “en algún momento” desemboca en una catástrofe. La pregunta relevante es: ¿en qué momento se manifestará el desastre?”.

No hay dudas de que el balance de los combustibles líquidos en Bolivia muestra un cuadro de insostenibilidad por tres factores que paso a exponer.

En primer lugar, está la disminución de la producción de gas, de los líquidos asociados y, sobre todo, del petróleo crudo. Las razones son conocidas y se deben a que, a diferencia de lo que se piensa y se dice, las empresas capaces de realizar inversiones de riesgo en la exploración, se han ido de Bolivia con la “nacionalización”. Las que quedaron se dedicaron a explotar y monetizar las reservas de antaño. Revertir ese fenómeno no es simple ni inmediato.

En segundo lugar, el consumo de gasolina y diésel se incrementa constantemente porque la economía crece y se importan más vehículos y máquinas, legal e ilegalmente., al margen de que parte de esos combustibles se desvía al contrabando y a otras actividades de la cadena del narcotráfico.

El tercer factor, que no depende de Bolivia, es el costo del barril de petróleo que, junto a los márgenes de refinación, ha llegado a valores superiores a la media de los últimos 20 años,

En resumen, se requieren más divisas para importar volúmenes crecientes de combustibles a precios más altos.

En el pasado esta situación se podía maquillar con los elevados ingresos del gas exportado, pero ahora es un hecho que la exportación del gas no alcanza para pagar la factura de los combustibles importados.

Adicionalmente, los combustibles son subvencionados y ningún negocio se sostiene si se compra caro y se vende barato. Desde luego, si el subsidio fuera pequeño, como hace 20 años, su incidencia en las cuentas fiscales sería mínima. Pero si la factura de importación es elevada, debido en especial al elevado precio del barril de petróleo, el subsidio representa una hemorragia de divisas que solo se sostiene mediante transfusiones de otras cuentas fiscales, como los ahorros de YPFB, la exportación de minerales, la agroindustria o la deuda del Estado.

En fin, el gobierno ha optado por no detener esa hemorragia porque el subsidio es un gasto necesario para mantener baja la inflación y ensalzar su modelo económico. Pero eso depende de cuánto tiempo más podrá seguir “coimeando” a la inflación para acallarla; quien sabe hasta que se agoten las reservas monetarias, el temido tipping point de este proceso insostenible.

De regreso al Gran Chaco

Publicado en Página Siete, y otros medios nacionales, el 20/8/2022

Mientras gozaba de la lectura de la preciosa novela “Los Tajibos florecen en invierno” de Maricruz Ballivián Salek, ambientada en el Gran Chaco, se concretó una invitación del senador Javier Martínez a participar en un Foro ciudadano sobre el estado actual de los hidrocarburos en Bolivia y en el Chaco. De ese modo he regresado a esa región 18 años después de mi visita al campo San Alberto.

Llegar a esa región fronteriza de Bolivia no es fácil: salimos de Tarija en un taxi “expreso” colmado al límite de pasajeros y carga, que recorrió los 240 km de distancia hasta Yacuiba en cinco horas. El camino es variado: tramos de excelente carretera asfaltada intercalados con relegados desvíos de tierra, arena y pozas de agua. Uno no puede evitar de preguntarse qué se hizo con los millonarios ingresos de ese departamento durante la “bonanza” del gas. En compensación, el paisaje y la vegetación suscitan admiración, al pasar del valle chapaco a las alturas húmedas, al bosque seco y a los llanos del Chaco.

El evento contó con la presencia de instituciones vivas de la región, con gran cobertura mediática y con la ausencia descontada de YPFB, a pesar de habérsele invitado. Hubo cuatro presentaciones, sobre aspectos tributarios (a cargo de la experta Susana Anaya), sobre la geología petrolera de la región, dictada por Daniel Zenteno, un geólogo que contagia su optimismo sobre la riqueza gasífera de Tarija; una visión internacional de la industria petrolera (presentada por el reconocido analista Álvaro Ríos) y mi ponencia acerca de los cuellos de botella de la actualidad energética boliviana. Hablé de tres “nudos” (mercados convulsionados, déficit creciente de combustibles líquidos y subsidios insostenibles) en el marco del inminente fin del ciclo del gas; una crisis cantada que obliga a emprender con urgencia un Plan de Transición Energética, que se deja esperar. La larga ronda de preguntas y comentarios prolongó el evento y perjudicó el asado de rigor.

Junto a la nostalgia de los primeros descubrimientos petroleros, ha quedado en el ambiente un halo de pesimismo por la agonía de la gallina de los huevos de oro, debido a los decrecientes ingresos de la región y a las perspectivas sombrías de la industria petrolera,

En la tarde, en Sanandita tuvo lugar la celebración y el descubrimiento de la placa conmemorativa del centenario de la perforación del primer pozo chaqueño. No pude confirmar la veracidad de esa fecha ya que la documentación al respecto es escasa. Está comprobado que el primer pozo perforado en Bolivia fue en Bermejo (BJO-X1, 1922) y resultó seco; que el primer pozo productor fue el BJO-X2 (1924) y resultó ser un pozo fantástico que ha producido unos 800 mil barriles en sus 98 años de actividad; y que Sanandita se perforó después de BJO-X2, pero antes de Camiri. Asimismo, se reconoció que esos campos pioneros se desarrollaron gracias a los ingenieros de la Standard Oil quienes, llegados de la Argentina siguiendo la línea de los prospectos geológicos petroleros, se adentraron en el “infierno verde” y pusieron las semillas de un ciclo económico que sigue sustentando al país.

Hoy Sanandita vive gracias al cuartel del ejército (escuela de cóndores, o satinadores), que desde 1980 ha heredado las instalaciones del campamento, y conserva intacta la memoria de un siglo de vida, con la primera refinería y una sencilla capilla como testigos.

El emotivo acto recordatorio, alegrado por exquisitos manjares preparados por las Damas Chaqueñas y los tradicionales bailes guaraníes, recogió testimonios de los pobladores y reclamos acerca de la remediación tardía de la contaminación ambiental: porque hay vida después de la muerte ¡hasta para un pozo agotado!