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El Padre Bandido


El P. Pascual fue la primera persona que abracé a mi llegada a La Paz, hace 36 años. Eran las cuatro de la madrugada de una fría noche de octubre y, en medio de mi cansancio, noté un velo de preocupación en su rostro. Camino a casa, supe que no era por la nueva aventura en que se había embarcado al traer un voluntario a trabajar en “su” Centro Juvenil Don Bosco de El Alto, sino por el tamaño pequeño él recién lo sabía del colchón que acababa de comprar.

Desde el primer día de los más de tres años que trabajé con él, Pascual fue claro en la remuneración económica que me esperaba: el primer día, debido a que debía aprender todo, me daría cero pesos, pero el segundo día recibiría el doble y así los días siguientes. La verdad es que el “padre bandido”, como se lo conocía, era un hombre lleno de sorpresas. Era famoso por su gran capacidad de conseguir fondos para levantar obras (lo había hecho con el Domingo Savio de Calacoto y con la fachada del cine 16 de Julio, unos años antes) y por su andar apurado, bajando y subiendo entre la ciudad y la entonces extrema periferia. Pero, viviendo con él, era fácil apreciar su profunda vida de oración, su capacidad incansable de servicio a los demás, su necesidad de verse rodeado de jóvenes y de compartir todo, sueños y recuerdos, alegrías y dolores, con hermanos en la fe.

Tuvo también ideas pedagógicas fecundas. En un tiempo en que lo normal era replicar la estructura de colegios, Pascual cayó en la cuenta de que los jóvenes bachilleres alteños necesitaban paliar la baja preparación académica y la falta de recursos para mantenerse en la universidad. Abrió entonces talleres de oficios manuales, comenzando por carpintería, imprenta y herrería, para que los jóvenes que estudiaban en la mañana tuvieran en la tarde la posibilidad de aprender un oficio y recibir algún refuerzo espiritual. Volví a encontrar, años después, como colegas en la UMSA o en los campos petroleros, a algunos de esos jóvenes que sobresalieron gracias también a la formación que recibieron en Centro de El Alto.

Su relación con la congregación salesiana no fue fácil. Especialmente cuando, a raíz del golpe de 1980, su obra (tildada de “refugio de subversivos”) estuvo en la mira de la represión: cinco colaboradores, religiosos y laicos, sufrieron cárcel y torturas durante semanas. P. Pascual era admirado, mas incomprendido, por la autonomía con la cual se desenvolvía. Hasta se decía, más en serio que en broma, que él había hecho sólo dos de los tres votos canónicos: pobreza y castidad; la obediencia a los superiores nunca fue su mayor virtud ni su prioridad. Pero esto no debe de extrañar: en todo quehacer humano, y particularmente en la vida religiosa, hay un conflicto constante entre la autoridad legal y el carisma. Pascual pertenecía a la raza profética, la de los pioneros que abren caminos y avanzan como topadoras, porque tienen clara la meta y se dejan llevar por el empuje del Espíritu.

A diez años de su muerte, el 29 de octubre último, se descubrió un busto del P. Pascual Cerchi en la obra que él fundó, para recuerdo de un grano de trigo que, fecundado por tierra alteña, ha dejado extraordinarios frutos para Bolivia.

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