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Luz que brilla en las tinieblas


Nuestras fiestas y liturgias están llenas de símbolos que creemos comprender pero cuyo origen, a veces ancestral, frecuentemente desconocemos. Un ejemplo, que calza bien con las fiestas navideñas, y, además, coincide con la publicación de esta columna el día de Navidad, es la conocida imagen de Cristo, luz que brilla en las tinieblas o luz del mundo. Menos conocido es el origen bíblico de ese símbolo, objeto de varias relecturas a lo largo de la historia de Israel.

En torno al año 1100 a.C., Israel intentaba asentarse en el territorio recibido en don por Yahvéh al salir de Egipto. Sin embargo, había un pequeño detalle. Como la Palestina de hoy, esa tierra estaba ya habitada y la convivencia pacífica no era aún patrimonio de la humanidad; ni lo es hoy. Por entonces aparecieron en medio de las tribus de Israel unos héroes populares, llamados Jueces, encargados de eliminar a los opositores del plan de Dios. ¡Muy diferentes, por cierto, de nuestros jueces! A uno de ellos, Gedeón, se le recuerda particularmente por una gran victoria contra los madianitas (el día de Madián) gracias a una genial estratagema: él y 300 valientes, armados sólo de un cuerno y una antorcha oculta en vasijas de barro, rodearon de noche a millares de esos nómadas, acampados en Galilea. A una orden de Gedeón, los 300 tocaron los cuernos y rompieron las vasijas dejando al descubierto la luz de las antorchas. El pánico cundió entre los madianitas, quienes se imaginaron rodeados por un gran ejército, y, al desbandarse, se enfrentaron entre sí matándose a filo de espada, bajo la mirada pasiva de los 300. Moraleja bíblica: al mal se lo derrota provocando su autodestrucción.
Cuatro siglos después, el rey Ajaz de Judá se alía con los asirios en contra de las tribus del Reino del Norte. La consecuencia más devastadora de esa guerra fue la deportación de miles de israelitas a Asur. Isaías, en ese contexto desolador, profetiza el nacimiento de un niño, el Emmanuel-Príncipe de Paz, y avizora el retorno victorioso de los deportados, caminando de noche detrás de una gran luz, como en el día de Madián.
Siguiendo con esa relectura, los evangelistas, en el siglo I d.C., apelan al símbolo de la luz que brilla en la oscuridad para proclamar el comienzo del ministerio de Jesús en Galilea (Mateo) y para anunciar a los pastores de Belén el nacimiento del Príncipe de Paz (Lucas). De ahí la utilización, por parte de la Iglesia, de ese símbolo en la liturgia de Navidad-Epifanía: Jesús es la luz del mundo.
Finalmente, la imagen adquiere una realidad aún más profunda en la liturgia de la Vigilia Pascual a través del encendido del Cirio: es la luz de Cristo resucitado, Luz que brilla en las tinieblas de la muerte y brota, sorpresivamente, de la vasija rota de su cuerpo crucificado, para triunfar definitivamente sobre el mal. Anticipo y señal de la victoria prometida a todo hombre, cuando la vasija del cuerpo carnal se rompa para mostrar, sin velos, esa antorcha encendida y escondida desde el nacimiento. ¿Quién diría que toda esta cascada de imágenes y símbolos se originó en Galilea, con 300 antorchas de los valientes de Gedeón?
En fin, ¿qué más podría yo desear a mis valientes 25 lectores, sino un año lleno de luz?

Categorías:religion, biblia
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