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El paradigma del trigo y la cizaña


La ciencia médica libra desde varios decenios una lucha frustrante contra el cáncer. Cada vez que fallece, por esa causa, una persona bíblicamente justa, como lo fue Anamar, hermana en la fe, me pregunto: “¿cuándo por fin la ciencia hallará un remedio para el cáncer?”

Aparentemente poco se ha avanzado y muchos continúan a enfermarse y morir de esa enfermedad. A los sumo se sobrevive más tiempo, pero con una dudosa calidad de vida, debido a los tratamientos traumáticos y la poca fe del enfermo “terminal” en la medicina. Y, sin embargo, aprendo, leyendo las conclusiones de un reciente congreso europeo de oncología, que en ese campo hay importantes avances cualitativos.

Las grandes revoluciones científicas se han dado gracias a un cambio de “paradigma”, o sea la manera de ver y abordar el problema. Copérnico y Galileo tenían delante de sí los mismos fenómenos y los mismos datos de sus contemporáneos, pero supieron mirar a esa realidad desde otra perspectiva y cambiaron el mundo.

En la medicina ha habido varios cambios de paradigma en torno a cómo enfrentar una enfermedad., Las vacunas, por ejemplo, han cambiado la estrategia de lucha contra flagelos que diezmaban a la población, sobre todo infantil, gracias a la intuición de un médico británico, Edward Jenner, de “inmunizar” a los niños contra la viruela.  Lo propio se podría decir de los antibióticos, con todos los defectos que acarrean, de la homeopatía o de la acupuntura, a la cual hay que creerle no sólo porque es raro cruzarse con un erizo enfermo.

El cambio de paradigma en la lucha contra el cáncer tiene dos aspectos.  En primer lugar, a partir de los estudios de la “oncogenética” en torno a la aparición y desarrollo de esa enfermedad, el cáncer es considerado hoy no una sino “muchas” enfermedades, que requieren un tratamiento personalizado, de acuerdo al perfil genético del tumor detectado. De ese modo, para algunos tipos de cáncer se ha dejado de lado la agresiva terapia de bombardeo ciego (radiológico y químico) de los órganos afectados, que ataca y mata el trigo junto a la cizaña. La referencia evangélica no es casual: se trata de una verdadera estrategia universal en la lucha contra el Mal, del cual la enfermedad es una manifestación común.

El otro aspecto es que algunos tipos comunes de cáncer, los de colon o de mama entre otros, si detectados tempranamente, pueden ser comprendidos y combatidos exitosamente, pero raramente derrotados. De hecho, según el nuevo paradigma, esos tumores son considerados hoy enfermedades crónicas, como el diabetes o la hipertensión, que millones de persones cargan viviendo casi normalmente y siguiendo un tratamiento menos tóxico y más selectivo. El resultado importante es que se le quita al cáncer esa maléfica aureola de enfermedad terminal y se logra una mayor cooperación del paciente, ya que su sobrevivencia depende de la constancia y confianza en el tratamiento.

A este punto, fiel a mi deformación de analista, se me ocurre una pregunta: ¿No sería mejor que los opositores a gobiernos considerados totalitarios y mortíferos para el cuerpo social optaran por un paradigma similar en su lucha política? Anamar, esa añorada “nuestra garantía”, seguramente los acompañaría en ese camino.

30 de octubre de 2010

 

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