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El Pulpo decide


Si usted creyó que el Mundial de fútbol se ganaría con base a la genial individualidad de los jugadores, a la profesionalidad del entrenador, a la disciplina táctica o, inclusive, al aliento preponderante del público local, a estas alturas sabe que estaba muy equivocado.

Otras y misteriosas son las razones que permiten a un equipo primero avanzar a la siguiente ronda y luego coronarse campeón. Voy a enumerar a algunas, de menor a mayor.

En primer lugar, están los árbitros. Gracias al odio del papa del fútbol mundial (Joseph Blatter) por la tecnología, las jugadas dudosas siguen dirimiéndose por la apreciación sensorial de los hombres de negro (ahora de amarillo y rojo también) y de su colaboradores, que más parecen aprendices de cazadores de mariposas que jueces de línea. No me equivoco al afirmar que en cada partido hay por lo menos un par de crasos errores arbitrales, origen de millones de insultos e imprecaciones. Con razón decía un frustrado aspirante a árbitro: “¡He dejado de arbitrar porque la quiero a mi mamá!”

Luego viene el culto a la superstición. Un entrenador insistió en jugar con camisetas rojas, porque, dizque, le traían buena suerte. Nada de malo, pero esa confianza le hizo descuidar el esquema táctico y encajar cuatro goles alemanes, magra compensación por las guerras perdidas. Muchos confían en amuletos. Maradona, que de entrenar equipos entiende tanto como yo de descifrar textos de La Comuna, lucía un exótico rosario en la mano. Ni qué decir del cantante Mick Jagger, objeto del deseo de las hinchadas para que apoyara al equipo contrario, en vista de su capacidad de elegir a los perdedores. Ojalá todos ellos hubiesen prestado oídos a la iluminante sentencia de mi abuela:”No hay que ser supersticiosos, porque la superstición trae mala suerte”. ¡Gran verdad, vistos los resultados logrados por esos crédulos!

Finalmente, nos enteramos que el verdadero demiurgo del balompié, el dueño del hado de decenas de mortales en camiseta y short, la mente que reparte a su albedrío el cielo o el polvo, es el Pulpo. No un pulpo cualquiera, sino el Pulpo Paul, un verdadero oráculo nadando que, cual invertebrada Sherezade octópoda, prolonga su existencia, día tras día, noche tras noche, partido tras partido, no contando cuentos al Sultán, sino acertando al ganador de los partidos que juega Alemania. Parece increíble, pero ese fenómeno ha acertado todos los pronósticos, inclusive la derrota de Alemania ante Serbia y, para desesperación de un pueblo tan poco llevado a la superstición como es el alemán, ha vaticinado correctamente a España como ganadora de la semifinal. ¿Cómo lo logra? Estadísticamente no se trata de una casualidad. Tal vez, Paul sea influenciado por su cuidador, mediante algo relacionado con la comida. Otros creen que, debido a la comprobada inteligencia de los pulpos, no hay porque sorprenderse de esa destreza psíquica.

En fin, ahora que tenemos un avión presidencial transoceánico, ¿no podríamos traer al Pulpo Paul por una semana para que resuelva todas las controversias, designaciones, elecciones y dilemas de la vida política boliviana? No dudo que el asombroso Cefalópodo tomaría decisiones con más ecuanimidad que el gobierno actual.

10 de julio de 2010

 

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