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La banalización del perdón


Un descomunal grafiti llena una pared blanca: “Perdón por el punto ·”. La ocurrencia está en la desproporción entre la letra y el minúsculo punto. Me molesta, más que el daño a una pared recién pintada, la banalización de ese gran invento del espíritu humano (o ese don divino, según cantan algunos boleros) para recomponer las relaciones humanas y reconstruir la paz.

Diferente es el significado que le damos al perdón en el lenguaje coloquial. Según los argentinos es fácil identificar a un boliviano en el subte porque, si le pisan un pie, suele reclamar tímidamente con: “Disculpe, señor, me está pisando el pie”. Debido a una reciente ley, dejo a la imaginación del lector la reacción de un porteño en la situación opuesta.

Continuamente tenemos ejemplos públicos de pedido o, peor, exigencia de perdón. Recordarán que, durante el reciente Mundial de Sudáfrica, Joseph Blatter, pidió perdón a los EEUU, Inglaterra y México, mas no al Paraguay, por los crasos errores arbitrales cometidos en su contra. En otro ámbito, se emplaza al Papa Benedicto a que pida perdón a las víctimas de los abusos sexuales de miembros del clero y a los pueblos originarios por los excesos cometidos por la Iglesia en el tiempo de la colonia. En Bolivia, la ciudad de Sucre ha sido testigo de varios ultrajes, cuyas consecuencias siguen dividiendo a sus habitantes, sin que haya habido gestos sinceros de arrepentimiento. También nuestro Presidente ha mostrado valentía pidiendo perdón, en varias ocasiones, por algunos excesos de palabra o de rodilla.

Pero, ¿cómo saber si esos pedidos de perdón son sinceros? Hay algunas preguntas que nos pueden ayudar a salir de la banalización y vaciamiento del perdón.

En primer lugar:” ¿Quién tiene que pedir perdón?”. Evidentemente él que voluntariamente reconoce haber cometido la ofensa o el pecado, o bien, el representante de la comunidad autora del ultraje, a nombre de la misma. Aplicando esta observación a nuestros casos, si bien tiene sentido que el Papa pida perdón por los abusos cometidos durante la Colonia por la institución que representa (con todo lo anacrónico de ese juicio), tiene menos sentido que Blatter, que no es el representante de los árbitros, ni siquiera los designa personalmente, pida disculpas por los errores de aquellos. ¿No será un lapsus freudiano por su injerencia en la faena de los árbitros?

Además, “¿a quién hay que pedir perdón?” Desde luego a las víctimas, porque sólo ellas pueden otorgarlo. No lo pueden conceder sus “representantes”, ni siquiera los parientes y descendientes. Consecuentemente, nadie puede perdonar a los nazistas por la Sho’a, porque las víctimas ya no están vivas. O sea, hay crímenes que no tienen perdón. Nadie puede ya otorgar el perdón al asesino que, frente a las cámaras de televisión, lo implora lagrimeando, sólo para salir del apuro. O a quien pone absurdos “peros”, al estilo de: “Era una mujer virtuosa, pero cayó en la trampa de casarse con un cornudo”.

Finalmente, un requisito esencial para recibir el perdón es la reparación (penal o pecuniaria), hasta dónde se pueda, y la muestra sincera de un cambio de actitud. ¿No es precisamente el arrepentimiento lo que falta en tantos frívolos (y cínicos) pedidos de perdón?

16 de octubre de 2010

 

Categorías:religion, biblia, varios
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