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Respuesta (apócrifa) de Benedicto XVI


Amadísimo hijo: desde mi niñez, mis padres me enseñaron, junto a las oraciones y al temor de Dios, a ser consecuente con mis creencias. Por eso, a tiempo de leer, con sorpresa e indulgencia, tu carta dirigida a mí, pero entregada a los medios, te envío mi respuesta con los mismos mensajeros.

Si nuestra Iglesia tiene problemas, es porque nada de lo humano le es ajeno. Muchas voces en el mundo, dentro y fuera de Iglesia, han mostrado su preocupación por la vigencia de algunas reglas milenarias, que pueden parecer duras y pesadas, pero que son  llevaderas para quien elige seguir radicalmente al Cristo. A esas voces se suma la tuya, la de un líder político obligado, como bien insinúas en tu carta, a no fallar a la confianza de los pobres, para que tu tarea  de guía espiritual sea más luminosa y fecunda. Empezando por tu responsabilidad hacia tus hijos y tus mujeres.

Te recuerdo, entonces, los mandamientos de Moisés, especialmente algunos impares.

El Primero, “No te harás otros dioses delante de mí”, para que no caigas en la idolatría delante de la naturaleza, del poder o del espejo.  Y si tú me dijeras que la Madre Tierra es tan sólo un nombre del Dios Único, entonces te recordaría el segundo mandamiento: “No tomarás el nombre de Dios en vano”.

Sobre el Tercero, te recuerdo que de Dios debemos aprender a amar y a obrar bien, pero también a descansar y a dejar descansar a los demás, inclusive a los adversarios, pero sin desear que “descansen en paz” o en la cárcel.

En cuanto a los mandamientos del “bien vivir”, te recuerdo que el Quinto prohíbe matar, porque matar es la salida más fácil a la incomodidad del “otro”, el diverso, el oponente, en lugar de ir a su encuentro y mirarlo en los ojos, cara a cara, para al fin deshacerse en un abrazo de hermanos, que eso somos todos, sin exclusiones. Te ocurre lo que a muchos hijos de Dios: tus miedos te hacen ver agresiones de otros, cuando tu corazón es el que las cobija. No importa si los muertos de un gobierno sean uno, cincuenta o mil. Cuando se confiesa públicamente que se ha “aprendido a matar” y se hace apología de la violencia, ahí está Caín asechando a la puerta de tu despacho.

Sobre el Octavo, coincidimos en que “ama llulla” – “no seas mentiroso” – no se refiere a las mentirillas, a veces piadosas o electorales, como las que te  recomiendan para salir de tus frecuentes exabruptos  (“Me han tergiversado los medios…”). Más que con eso, el mandamiento tiene que ver con un gusto a distorsionar la verdad, a difamar, a culpar a otros de tus acciones más graves, a exigir de otros lo que tú no eres. Como los fariseos, a quien Jesús criticó por su doblez, pero sin dejar de amarlos. Es el abuso de los instrumentos del poder, de la justicia, de la fuerza pública, de los medios de comunicación, para teñir la verdad a los ojos de los sencillos de corazón.

Y, para terminar, nunca olvides el mandamiento más grande que nos legó ese Jesús, a quien tu madre te enseño a encomendarte en silencio: el perdón gratuito, el amor que acaba con el resentimiento y el odio, la mano que hala al caído y lo acoge, en vez de empujarlo hacia el abismo de la desesperación y la revancha.

Esta mano es la que te tiendo hoy y que te bendice amorosamente. Amen

29 de mayo de 2010

 

 

Categorías:religion, biblia
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