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Simples y sencillos


El sofisticado letrado Gonzalo Mendieta, con quien me alterno en este espacio sabatino, ha lanzado una provocación a sus lectores, que no son pocos ni simples, enfocando una faceta de la idiosincrasia nacional que se entusiasma acríticamente por lo que es simple o sencillo, en desmedro de lo elaborado, complejo o racional.

Mendieta tiene mucha razón y sus ejemplos son convincentes, pero me toca su velada crítica a la influencia de una veta del pensamiento católico en esa costumbre, de modo que me propongo meterme en el tema para complementar, más que criticar, a mi amigo.

La teoría del caos ayuda a aclarar la diferencia entre complejo y complicado y, por ende, entre sencillo y simple. Un avión, ni duda cabe, es un objeto complicado, porque está hecho de varias piezas. Sin embargo, por más complicada, cada una de esas piezas (motor, alas, ruedas, etc.) es perfectamente comprensible. Al contrario, la atención de un banco es un fenómeno complejo, debido a que es imprevisible y su lógica no es fácilmente comprensible, como han experimentado en carne propia algunos columnistas de este medio. Lo propio podría decirse del clima y de los discursos presidenciales: más que complicados, son complejos.

Aplicamos ahora esa distinción a simple y sencillo. Son términos polisémicos, o sea que tienen varios significados, algunos coincidentes, otros no. “Simple” viene de una raíz indoeuropea para indicar lo que no es doble: una habitación “simple” puede ser lujosa.  Al contrario, a veces se exige pagar con sencillo, mas no con simple. En términos generales, simple es lo contrario de complicado, mientras sencillo se acerca más al antónimo de complejo.

Volviendo al argumento de Mendieta, las personas pueden ser simples (un simple viceministro no es necesariamente una persona sencilla) y falsas al mismo tiempo, para quedar en el ejemplo: son los simplistas, que suelen desfigurar la realidad compleja.

Galileo llamó Simplicio al pobre argumentador aristotélico en su obra maestra “Diálogos”, aunque el genio pisano valoraba la simplicidad de las leyes de la naturaleza como una garantía de su verdad, en comunión con el principio de la “navaja de Ockham”. Sobre todo, Jesús invitaba a volverse sencillos como niños para entrar en el Reino de Dios, una indicación que profundizó San Pablo con su teología de la “debilidad”.

La sencillez es transparencia del corazón y se opone a lo enredado y opaco, pero también al orgullo y al cálculo político. El hombre sencillo es el “pobre” evangélico, que sabe que su vida depende de Dios y sólo busca la verdad.

Un ejemplo de sencillez evangélica ha venido esta semana del arzobispo de Cochabamba quien, sin cálculo ni interés que no sea la angustia del pastor por lo que ve y le confía la gente, alerta sobre un mal que crece reptando en el cuerpo social de su diócesis. A esa sencillez de corazón responde el coro de los “simples”: dirigentes, asambleístas, voceros y ministros quienes, presos de su complejo de victimismo, destilan autosuficiencia, intolerancia y discriminación, no hacia el pecado, sino hacia quien lo saca a la luz.

Parafraseando a Beltrand Russel, hay “simples”, ignorantes que están totalmente seguros, y “sencillos”, sabios llenos de dudas.

27 de noviembre de 2010

 

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Categorías:religion, biblia, varios
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