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Sólo le falta hablar


Esta frase salió durante un almuerzo,  a propósito de las descomunales muestras de cariño del perrito Trooper, y me volvió a la mente a raíz de dos lecturas recientes: un artículo de revisión del conocimiento en torno a la evolución del ser humano,  escrito por dos prestigiosos genetistas, John Avise y Francisco Ayala (“La condición humana”), al cual, por su interés, dedicaré un comentario en el Semanario PULSO, y un ensayo, redactado con entusiasmo, sencillez y claridad, por Pedro Brunhart, sobre el valor de las culturas ancestrales (“La cultura andino-amazónica para occidentales y extranjeros”).

Este último escrito ha logrado encender mis luces de alarma en torno a ciertos argumentos de la corriente intelectual llamada “pachamamismo”, o “izquierda animista”, como la denominé hace algún tiempo, sin que eso tenga que ver necesariamente con el pensamiento de Brunhart.

Para evitar, de entrada, la infamia de “racista”, y una posible pena de cárcel, aclararé que por “pachamamismo” entiendo, no la burla o censura a los ritos ancestrales ligados a la tierra y realizados por los que la cultivan, sino una expresión más de la tradicional “astucia” de algunos políticos locales – muy bien descrita por HCF Mansilla – para aprovecharse de las creencias en boga. En efecto, ese pachamamismo no es sólo reprochable desde el punto de vista político y social (como analiza Pablo Stefanoni), sino que es una impostura también desde el punto de vista científico.

Para empezar, el concepto de “armonía” en las relaciones entre el hombre y la naturaleza calza más con el mito del paraíso terrenal que con la realidad de una evolución, que, aunque no linealmente, actúa  mediante procesos de adaptación selectiva, ora a partir de una tensión interna a cada especie para dar respuestas eficientes a los estímulos y cambios del ambiente, ora como resultado de la competencia entre diferentes especies. La pretendida armonía no es entonces propia de la naturaleza, sino que es resultado de una elección moral de la humanidad. En efecto, el ser humano se debate constantemente entre explotar a la creación, como hace un intruso, o cuidarla, como un huésped de la misma casa. La “realidad del pecado”, diría un teólogo, hace que el hombre oscile entre esas dos posiciones, consciente, sin embargo, de lo que es bueno y lo que es malo, en el campo como en la ciudad.

Por tanto, el “pachamamismo” es opuesto a la evolución, y en eso se parece mucho a las tesis de los fundamentalistas religiosos (creación continua, diseño inteligente), ambos sazonados con el ingrediente de la “astucia”, y hasta de un racismo al revés.

Finalmente, negar, como se hace abiertamente, una jerarquía en la escala evolutiva no es sólo un absurdo lógico que llevaría a rechazar,  junto a la violencia contra los animales, también el “sufrimiento” infligido a los tomates, cortados en rebanadas, o a la uva pisada. Es también una declaración anticientífica, debido a que los avances filogenéticos, la inteligencia, el lenguaje (¡“sólo” le falta hablar!), la transmisión del conocimiento, la cultura y el sentido moral, han permitido al hombre llegar, mediante su esfuerzo adaptativo, a un sitio privilegiado en la creación.

En fin, “¡Sólo les falta callar!”

12 de junio de 2010

 

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  1. Federico Campero
    junio 14, 2011 en 2:43 pm

    Sugiero al autor leer este sitio: http://www.creationresearch.org

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