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El satélite de la Luna (por Gonzalo Mendieta)


Pagina Siete – 29/07/2011

He usurpado el nombre de esta columna a alguien cuya fe y virtudes quisiera para mí. Le pertenece a ese tipo alto, corpulento y buena gente, de cabeza aguda y sorna perpetua que es el singular Francesco Zaratti.

Empecé hace años a leer sus artículos, admirado por su alquimia de ciencia y buen humor, bienes escasos en estas altas pampas. Después lo conocí, con la buena fortuna que a veces traen las profesiones, no siempre benignas a la hora de obsequiarnos el trato con gente de esa talla.

La amistad fue luego consecuencia. Emprendimos tareas conjuntas, motivados por un cercano parentesco quizá originado en preocupaciones comunes, en afinidades encubiertas, en relaciones coincidentes.

Francesco es un personaje querido, razón insuficiente y algo privada para dedicarle estas líneas. Se comprende más tratándose de quien ha sido boliviano por vocación, desde la cátedra, pasando por la paternidad, la ayuda espiritual, llegando a la honesta función pública. Y más aun, si se consideran su labor investigativa desde la UMSA, sus denuedos para que los niños altiplánicos esquiven ese luminoso sol bajo el que vivimos, procurando ahorrarles padecimientos más tarde.

Francesco es capaz de decir verdades sin ambages, con luz de alma, y de oírlas al modo que mandaban y se acataban las reglas de viejas órdenes religiosas: como si todos estuviéramos buscando la verdad divina, sin gruñidos del humor.

Francesco Zaratti vive en Bolivia casi el tiempo que muchos de nosotros, sus cuates, tenemos de vida. Es un católico de verdad, objetor de conciencia en su natal Italia, que resolvió venir al país a hacer trabajo social en lugar de empuñar armas, aunque fuera sólo en planificados ensayos. Vivió en El Alto con los padres salesianos y frecuentó allí a una bondadosa y apacible boliviana, Sonia Chevarría, a su vez hija de un inmigrante peruano, luchador aprista exiliado, que buscó refugio en esta patria que, por el amor de todos ellos, se hizo más maravillosa de lo que ya era.

Esa sola historia justificaría un libro, ni qué decir un artículo, para no hablar de las peripecias compartidas por ellos con los salesianos, como pareja casada, adscrita a la vida, vivienda y altruismo de esos curas de temple.

Francesco y Sonia acogían con algarabía en su casa, sabedores del secreto de que “hay mayor felicidad en dar que en recibir”.

Sonia tenía gran paciencia con el aire algo infantil con que erupcionaban los festejos de los amigotes de Francesco, más bien dados al jolgorio inocente. Francesco ha hecho firmes ejercicios de estoicismo, resignado a los costos que implica reclutar amigos entre infantes de generaciones venideras, como la mayoría de sus actuales y fortuitos compinches.

Francesco recogía a Sonia cada noche de su centenaria Farmacia Colón de la ciudad de La Paz, con dones de excepción en estos tiempos, como la pasión, ternura y lealtad, ostensibles en ambos.

Juntos ayudaron a varios perseguidos por la dictadura garciamecista y alegres extendieron sin titubeos la mano, con la discreción de la generosidad que no calcula, fruto de corazones forjados en la buena ley.

En más de 30 años de senda, sembraron y cosecharon cariño, simpatías y gratitud, además de hijos labrados en la misma tierra de hidalguía, sonrisas y rectitud.

Los Zaratti tienen la suerte, incluso en la desventura, de que la fortaleza de los creyentes los acompaña muy adentro y por eso sabemos que ahora que el alma de Sonia parte, repiten juntos: “Aunque pase por quebradas oscuras, no temo ningún mal porque tú estás conmigo”.

Francesco escribía hace tiempo, en una de sus columnas que guardo, cuán increíble es que se dude de que la resurrección sea posible, si a cada momento somos testigos de ella, en la memoria, en los hijos, en lo que recibimos de tantos que ya no están. Y esa resurrección se acaricia en gente como los Zaratti, de quienes harto hemos recogido, de los que viven aquí y de los que nos miran, allá. Tanto regalo sólo ha comenzado, una vez más, -como predica Francesco- a renacer.

Gonzalo Mendieta Romero es abogado.

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