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Cayetano y la fe


Pagina Siete,  17/09/2011

No puedo afirmar que Cayetano Llobet fue mi amigo. Con él apenas tuve trato, cordial y respetuoso, antes de y durante su enfermedad. Más lo conocí a través de sus enfáticas columnas y las anécdotas de sus familiares y  amigos.

Recuerdo que, durante el Gobierno de Carlos Mesa, del cual Tano fue un caustico critico (aunque nunca entendí las verdaderas razones) y en el cual yo serví al país, un canal de televisión quiso enfrentarnos, sin éxito. Aun en medio de las pasiones políticas, que él vivía con intensidad sin igual, sabía ser amable y cortés hacia sus interlocutores.

Años más tarde, fui entrevistado por él, en Cadena A, en temas “a todo campo”, de manera profunda y agradable. En esa ocasión tocamos, aunque marginalmente, temas de fe, en el momento en que, para su sorpresa, descubrió que tenía delante una persona comprometida con Jesús en todas las facetas de su vida. Me pareció notar, detrás de la sorpresa, algo de nostalgia.

En vísperas de su tránsito, un domingo en la noche, tuve el don de poder conversar con Cayetano. Había hablado poco o nada durante la tarde, empezando a aislarse del mundo. Le agradecí por las palabras que, con trazo incierto, tuvo a bien escribirme en ocasión de mi duelo y, en respuesta, me volvió a manifestar su admiración por mi actitud ante la tragedia apenas vivida; pero, añadió, “yo estoy en otro camino”.

Aunque no siempre había sido así. Me confesó que de joven fue, en Sucre, un militante católico, inclusive fanático, pero que, con el tiempo, dejó de creer. Supe luego que fue una reacción ante una tragedia familiar, por no entender el sentido de esas “pruebas que nos manda Dios”, como suele decirse equivocadamente. Así sucede con muchas personas. Frente a la adversidad, que no necesita ser “enviada por Dios” sino que está grabada, genética y socialmente, en la naturaleza, hay quienes reaccionan reforzando su fe, mirando las oportunidades que el dolor –la sal de la vida – nos da, o la mano amorosa que, inclusive antes de que la desgracia se manifieste, prepara una respuesta creativa;  y hay quienes, en los momentos de dolor, cierran desde adentro, a veces irreversiblemente, su corazón a la presencia del Señor.

Cayetano era hombre de una sola pieza. Por eso no quiso ceder a la hipocresía de un funeral religioso que lo hubiese mostrado “desleal” consigo mismo. Sin ni siquiera símbolos religiosos adornando su ataúd y su tumba, quiso comparecer, desde mi punto de vista, ante el tribunal de Cristo – como escribe Pablo a los Corintios-  desnudo en la fe, aunque con una gran riqueza espiritual. No creo que esa actitud de rechazo de ritos y símbolos religiosos, exigida por su última voluntad, haya sido para provocar a sus deudos, muchos de ellos de profundos sentimientos religiosos, sino, más bien, para manifestar una radical consecuencia, que sin duda el Señor sabrá apreciar en su infinita misericordia.

Esa actitud y su última voluntad son, para mí, también muestras del fracaso de una comunidad de bautizados que no sabe testimoniar, con suficiente convicción y consecuencia, una fe que debería interpelar a todo hombre.

Prefiero creer que de eso Cayetano nos perdonará con su sonrisa enigmática y que el Señor lo tomará en cuenta para su descargo.

Categorías:homenaje, religion, biblia
  1. Aniceto Ricardo Arce G.
    septiembre 16, 2011 a las 8:07 pm

    Excelente analisis sobre Cayetano. Solo una persona tan creyente como Francesco puede darnos una respuesta sobre cosas que no entendemos.

    Aniceto Ricardo Arce G.

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