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Los capitanes Schettino


Pagina Siete 4/2/2012

La tragedia del crucero Costa Concordia sigue ocupando las primeras planas de los periódicos  de Italia, país que estoy visitando.

A medida que pasan los días, se hace más evidente el cumulo de errores cometidos en esa trágica noche del 13 de enero, a partir de la decisión de acercarse a la isla del Giglio, frente a las costas de Toscana, para la tradicional, aunque prohibida, “reverencia”.

En medio de la tragedia, ha “brillado” la tragicómica figura del capitán de la nave, Francesco Schettino, el anti-héroe del año. Como todos saben, la hazaña del capitán consistió en abandonar a su suerte la nave y sus cuatro mil pasajeros después de haber llevado la Concordia a chocar contra un escollo a 200 metros de la isla. Afortunadamente, la cercanía de la costa evitó una tragedia mayor de las 18 víctimas oficiales.

Ahora bien, aprovechando mi estadía, he podido conocer algunos detalles del capitán de marras. Hace unos días vi la foto de una prima junto a Schettino, tomada durante un crucero en el Mediterráneo. Averiguadas las cosas, resulta que el famoso capitán era más un relacionador público del barco y de la compañía que un comandante tradicional de barco. Su tarea era vestir elegantemente, lucir aliñado y bronceado, sacarse fotos con los pasajeros, mujeres principalmente, y pasearse, sonriente, entre las mesas del comedor. De lo demás, conducir el barco y realizar las faenas tradicionales del comandante, se encargaban los otros oficiales, apoyados por todo el despliegue de tecnología de la navegación, de la que hacen alarde esa clase de embarcaciones.

Eso explicaría, por ejemplo, el hecho que, ante el fatal choque, Schettino haya priorizado hablar un buen tiempo por celular con su compañía, la Naviera Costa, para recibir instrucciones, antes que actuar como correspondía. Y todo esto mientras uno de sus oficiales desde la estiba  intentaba en vano comunicarse con él para informarle la gravedad de los daños. De ese modo se perdieron vitales minutos para  empezar las operaciones de rescate. En breve, es llamativo el cambio de las figuras tradicionales de capitán de un barco e inclusive de barco. De hecho, con respecto a los cruceros, ¿es más correcto hablar de barcos o de hoteles flotantes?

Todo eso me trae a la memoria otras experiencias, en Bolivia esta vez, donde se comprueba el mismo fenómeno.

Para empezar, el barco Concordia tenía mil miembros de la tripulación para atender a tres mil pasajeros. ¿No pasa lo mismo con algunas instituciones estatales que se han convertido en generadoras de empleo, sin ni siquiera mejorar sus servicios?

Luego, hay instituciones públicas en las que el “comandante” no es tal, sino una figura ornamental puesta por el partido o el movimiento social, no sé si por falta de confianza o por exceso de populismo. Hace poco un colega me comentaba que encontró al “director” de una institución estatal más perdido que Adán en el Día de la Madre – sin saber qué hacer con su cargo -, al tiempo que tres “técnicos”, acampados y campeando en su misma oficina, se encargaban de la marcha  del “barco”.

Con la contramarcha del CONISUR sucede algo similar: hay “capitanes”  que se lanzan contra las rocas, muestran la cara y sufren el embate de la indiferencia, cuando no hostilidad, de los ciudadanos, y “navieros”  que gobiernan el “barco” dando órdenes desde sus palacios vía celular.

En ambos casos, ¿Hasta cuándo primarán los intereses de la “compañía” sobre el interés de los “pasajeros”?

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  1. febrero 27, 2012 en 11:26 pm

    Una analogía forzada aunque parece aplicarse a nuestra realidad. Esto no es invento de Evo, sucedió en todos los gobiernos, más o menos con las mismas características, aunque debería servirnos para el futuro, lamentablemente los bolivianos no tenemos memoria y pronto, muy pronto, olvidamos lo que fueron los anteriores gobiernos achacando al actual como el originador de todos los males que venimos viviendo.
    Los casos más notables se dieron en el gobierno del MIR, donde la gente era nombrada “al dedo” y cuando llegaban a ocupar sus funciones no sabían dónde estaban parados, excepto, la bien aprendida lección de “como apropiarse y usufructuar de los bienes del estado en el menor tiempo posible”.

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