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Cien años de la conquista del Polo Sur


Pagina Siete (suplemento GENTE): 25/03/2012

Hace cien años, el mundo recibía la noticia que  el 14 de diciembre de 1911 una expedición de valientes exploradores noruegos, bajo la guía de Roald Amundsen, había conquistado el Polo Sur, el último bastión del planeta no contaminado por la pisada del hombre, precediendo por poco más de un mes a sus rivales británicos liderados por Robert Scott.

Un fascinante libro de un colega y amigo, Javier Cacho Gómez[1], que está teniendo un inusual éxito literario en España, pone en evidencia las diferencias que causaron que una misma expedición resultare en un triunfo para Amundsen y una tragedia  para Scott.

El “duelo”, descrito minuciosamente y con gran habilidad por Cacho, hace referencia a la competencia para llegar primero a la meta, pero, sobre todo, a la diferente preparación tecnológica y psicológica de ambos grupos.

A primera vista, ese duelo podía parecerse a una lucha de David contra Goliat. La potencia mundial de ese entonces, Inglaterra, tenía todo a su favor y, sin embargo, un puñado de originarios de una nación recientemente independizada de Suecia, logró no sólo llegar a la meta más de un mes antes que los ingleses, sino sobrevivir a semejante hazaña.

Veamos algunos aspectos que al final resultaron determinantes.

En primer lugar está la preparación.

Si bien Amundsen era un marino “civil” y Scott un miembro de la orgullosa “Royal Navy” inglesa, la experiencia de ambos en cuanto a exploración polar no era comparable. Amundsen había viajado anteriormente a la Antártida como primer oficial de un barco belga que se vio obligado a pasar un invierno atrapado por los hielos; explorado el Polo Norte y descubierto la “ruta noroeste” entre el Atlántico y el Estrecho de Bering. Scott, por su lado, sólo podía reivindicar la conducción en 1902 de una expedición de reconocimiento a la Antártica organizada por la Real Sociedad Geográfica de Londres.

Tal vez por eso la preparación de Amundsen fue más meticulosa, tratando de prever todos los detalles y encarar con anticipación las posibles dificultades. Aunque Amundsen se preparó casi en secreto, fingiendo organizar una expedición al Polo Norte, cuidó minuciosamente cada detalle de la larga marcha de casi 3000 km desde la costa hasta el Polo Sur.

Un ejemplo del cálculo de Amundsen: empezó su marcha desde un punto de la costa, menos firme y seguro de la ya experimentada y equipada base inglesa de McMurdo, pero 100 km más cerca al Polo; un ahorro de varios días de viaje.

Hay que considerar, además, que, una vez dejadas atrás Australia y Nueva Zelanda, los expedicionarios estuvieron desconectados del mundo. Desde luego ya existía el telégrafo, pero los equipos eran poco confiables y muy pesados, de manera que no se podían transportar, menos a un lugar extremo como la Antártida. Por tanto, los exploradores dependían sólo de ellos mismos durante casi un año de aislamiento, situación en la cual la planificación jugaba un papel fundamental.

En segundo lugar, la tecnología utilizada para el transporte, el vestir y la alimentación marcó diferencias.

Amundsen, gracias a lo aprendido en su estadía entre los esquimales, eligió ropa más ligera y adecuada a las temperaturas extremas de los polos (promedios de -30 grados centígrados, con puntas de 60 bajo cero) que la indumentaria “europea” elegida por Scott. Más importante, el transporte por trineos halados por perros de Groenlandia, preferido por los noruegos y el uso de esquís de nieve, un medio de trasporte muy común en Noruega, se revelaron superiores al transporte mixto (perros poco adiestrados, caballos mongoles y fuerza humana) escogido por Scott. De hecho, cuando un perro de la expedición de Amundsen sucumbía al esfuerzo se convertía en alimento para los demás perros, sin contar que su menor peso les daba ventajas sobre la nieve fresca. La dieta, en calidad y cantidad, fue otro factor crítico. De hecho, los hombres de Scott marcharon constantemente sub-alimentados, debido a un mal cálculo de las calorías y las grasas necesarias para el esfuerzo extra que representaba halar sus propios trineos en ciertos tramos, mientras los noruegos optaron por reforzar las proteínas del pemmican, un alimento de los nativos de Norteamérica similar al charquekan, con grasas, chocolate (calorías), leche y arándano (vitaminas).

El sistema de abastecimiento era el mismo: postas de víveres y combustible cada 100 km, pero el sistema de señalización de los depósitos de los noruegos, en ese desierto de hielo, era más sencillo y confiable que el sistema de los ingleses.

En tercer lugar estuvo la determinación y claridad del objetivo primario. Mientras Scott, durante la marcha, realizaba observaciones científicas, recogía pesadas muestras minerales y tomaba documentación fotográfica de cada etapa, a costa de perder tiempo precioso y sobrecargar los trineos, Amundsen sólo tomó dos fotografías en su viaje y se concentró en el objetivo central de la expedición, llegar primero al Polo Sur.

Finalmente, contó  la suerte, que suele ser menos ciega de lo que se piensa comúnmente. Por el esfuerzo extremo, las condiciones climáticas adversas y, quien sabe, la decepción de haber perdido la carrera, los hombres de Scott empezaron a enfermarse a la vuelta, lo que retrasó la marcha. Coincidentemente, un clima inclemente –1912 presentó uno de los veranos más fríos del siglo- los obligó a permanecer en la carpa durante varios días, imposibilitados de alcanzar el siguiente depósito de víveres que quedó situado a sólo 18 km del lugar donde finalmente murieron los tres últimos miembros del grupo de Scott.

En palabras del propio Amundsen, tomadas de su libro[2]: “Es posible afirmar que el mayor factor del éxito es el equipamiento de la expedición, junto a la previsión de cada dificultad y las precauciones para evitarlas. La victoria premia a quien ha tenido todo en cuenta: a esto se le dice buena suerte. La derrota es segura para quien ha descuidado tomar a tiempo las necesarias precauciones: a eso se le dice mala suerte.”

Scott y Amundsen nunca se encontraron personalmente. Compitieron por sendas diferentes hacia una misma meta, alcanzada por ambos, aunque, en el caso de Scott, a costa de la  vida suya y de sus cinco acompañantes.

Mucho los separaba -su origen social, el país de nacimiento, la profesión, las relaciones públicas, el carácter -,  pero mucho más los aunaba: la ambición, la determinación, el espíritu de sacrificio, la capacidad organizativa, el liderazgo natural y la misma trágica muerte. Robert Falcon Scott en los hielos antárticos en 1912, Roald Amundsen en los árticos, 26 años más tarde.


Foto 1:       Los exploradores noruegos izan su bandera en el Polo Sur el 14 de diciembre de 1911.

Foto 2:       Los ingleses llegan al Polo 35 días después, sin poder ocultar en sus rostros la decepción por la derrota.


[1] Javier Cacho Gómez,“Amundsen-Scott. Duelo en la Antártida”, Edic. Fórcola (2011) – http://www.forcolaediciones.com

[2] Roald Amundsen, The South Pole, Cooper Square Press, 2001.

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