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Crónica de un viaje a Rapa Nui


Los Tiempos (Suplemento Lecturas), 2/03/2014

El Airbus 767 del LAN aterriza al mediodía al aeropuerto Mataveri, después de más de cinco horas de vuelo, en una pista impresionante por su longitud (más de tres kilómetros, supe después) que empieza en la costa y termina en la costa. La longitud se debe a que la NASA amplió la pista de la Isla chilena de Pascua (Rapa Nui para sus habitantes) con el fin de tenerla como emergencia para los transbordadores espaciales.2014-01-25 14.46.24

La segunda impresión es consecuencia de las reducidas dimensiones de la isla (165 km2), de forma triangular, creada  por las erupciones de tres volcanes (los famosos “hot spots” del Pacifico) que se encuentran a los vértices. En menos de una hora es posible cruzar enteramente la isla por la carretera asfaltada que va de Este a Oeste.

Al llegar, impacta el clima y el ambiente polinesio: guirlanda de flores, música, danzas  y vestimenta contrastan con el idioma español que prevalece sobre el local rapa nui, preferido para las conversaciones entre nativos.  Gallinas (polinesias) por doquier y gallos que cantan a cualquier hora del día y de la noche, tal vez una cortesía para los turistas que llegan a la isla de los 24 husos horarios.  El clima en enero es “caliente ma non troppo”, como diría un músico, mitigado por la brisa del océano. La vista desde el hotel es impresionante, y aún más lo son los encendidos ocasos sobre el océano. Empiezo a memorizar las primeras palabras: “Iorana” (hola y adiós, como el “ciao” italiano), “Maururu” (gracias), Ra’a (sol) y Omotohi (luna llena).

Poco a poco descubro las singularidades de la isla: un solo poblado, Hanga Roa, una sola playa (Anakena), sin puertos debido a los imponentes acantilados, sólo contadas caletas para barcos pesqueros, pocas carreteras asfaltadas, casi una sola actividad económica (el turismo). En suma, todo un enclave maorí en la geografía política latinoamericana, metido en medio de la nada, una historia contracorriente, un universo de magia, mitos y leyendas.

A medida que me aclimato, logro abrir canales de comunicación con los nativos, muchos de los cuales estudian o han vivido en el continente e inclusive en Europa o EEUU. La condición de “no-chileno” me ayuda a que se converse más fácilmente sobre su realidad y sus aspiraciones. Se percibe claramente  una cierta hostilidad hacia Chile (que anexó la isla hace sólo 130 años), no sólo por el maltrato cultural recibido al tiempo de la dictadura de Pinochet, cuando se les quiso obligar a dejar de usar su idioma, sino por depender de un país que nunca han sentido como suyo. Eso las autoridades chilenas lo saben  y sufren pacientemente esa relación. Dos evidencias: los carabineros, tan protagonistas de las calles en el continente, están invisibilizados en Rapa Nui. Los veo salir a veces de su cuartel, cerca del aeropuerto, pero ya no los encuentro en las calles. Asimismo, en contra del proverbial apego de los chilenos a la formalidad del comercio y a la entrega de facturas, la mayoría de los negocios en la isla no lo hacen. ¿Quieren independencia?, pregunto a la señora  que nos confía sus ideas al respecto. La respuesta es inequívoca: “estamos más cerca de Nueva Zelanda, culturalmente, que de Chile”. Pero lo más cerca hacia el oeste, Tahití, está también a más de 5 horas de vuelo, así que replico provocando: “¿Cómo piensan vivir sin Chile?”. “Nuestros hermanos nos ayudarán”. Son buenos deseos que revelan un problema no resuelto: no tan conflictivo y violento como aquel con los Mapuches, pero latente.

El día después llega Pelé para inaugurar una cancha de fútbol. De césped sintético, desde luego, lo que contrasta con la imagen de limpieza y respeto al ambiente que da la isla en toda su extensión. Pero el domingo empieza a llover y el acto se posterga para el lunes. El lunes la lluvia se intensifica y el acto se posterga para el martes, día en que Pelé debe retornar. ¡El cementerio de Sucupira! -pienso entre mí-, pero el martes sale un poco de sol y en una ceremonia corta se inaugura la cancha sin que Pelé, recientemente operado, pueda patear la pelota y sin que a  la autoridad chilena presente (un viceministro) se le dé una silla para sentarse. Eso sí, están todos los carabineros de la isla alrededor de la cancha, pero con bajo perfil. Obviamente, las 200 personas que han acudido al acto provocan un caos descomunal en la cancha, con excepción de los turistas bolivianos que, en tierra ajena, somos respetuosos de las normas como nadie.

El domingo en el templo católico no cabe un alfiler. La música es nativa y los cantos unen, a voz en cuello, a niños y ancianos, mujeres y varones, con amagues de danzas. ¡Conmovedor!

En las diferentes giras turísticas en los parques muy bien conservados admiro los Moais, monolitos que representan los líderes de los clanes cuyo ejemplo había que inmortalizar, cuando la isla era gobernada por clanes aristocráticos (desde su llegada, fechada entre el 400 y el 1200 dC,  hasta el 1600). Se cree que la loca carrera entre clanes para inmortalizar al mayor número de personajes excelentes mediante estatuas siempre más grandes, condujo la isla a una revolución social singular. En efecto, como no existía moneda, el pago a los artesanos de los Moais se lo hacía con comida. Posiblemente la demanda de artesanos encareció la oferta o, paralelamente, se incrementó la población y disminuyeron los recursos de la isla a niveles críticos. El resultado fue que, a falta de salario sin ahorros en la dispensa, el pueblo se rebeló, destruyó muchos moais y, finalmente, reemplazó la monarquía por un régimen “meritocrático”, según el cual el jefe máximo (el “hombre pájaro”) se elegía mediante una competencia de “deportes extremos”. Estos consistían en descender por un acantilado casi vertical, nadar con la ayuda de unas canoas de totora hasta un islote en un trecho de mar infestado por tiburones para recoger un huevo de un pájaro (manutara) y llevarlo de vuelta, esquivando los golpes mortales de los contendores. Cuando por primera vez un barco holandés llegó casualmente a la isla (el día de Pascua de 1722) se encontraron con un hombre pájaro alto dos metros y de cabello rojo, producto, posiblemente, de una mutación genética bien vista y protegida por los nativos.

Un mito, confirmado por la administradora del hotel, dice que los habitantes de Rapa Nui son flojos. La realidad es que tienen otro concepto de la vida: trabajan para vivir y no al revés. Si pescan un gran atún, tienen para vivir una semana sin preocupaciones. Luego de vuelta a pescar. ¡Otro aspecto que los aleja de Santiago!

Sin embargo, a pesar de su desprecio por el continente, me entero que los antiguos Rapa Nui tuvieron mayor contacto con las culturas andinas que con las polinesias de origen. Lo delatan, por ejemplo, algunos cultivos ancestrales de origen andina y unos muros de piedras al estilo cuzqueño que se han conservado en ruinas tardías.

Una isla pequeña, pero todo un mundo de historia, cultura, música, enigmas y  magia. Sobre todo, de gente que sueña con ser lo que se ve impedida de ser.

 

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