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Los complejos del señor Choquehuanca


Página Siete, 5 de julio de 2014

David Choquehuanca, además de ser el Canciller desde hace más de ocho años (pesada carga que comparte con varios ministros, diputados, senadores y otros funcionarios) es el indiscutible líder de la corriente descolonizadora en el seno del Gobierno nacional.

Dicha corriente se propone la loable tarea de rescatar los valores de las culturas ancestrales, para que sean parte integrante de la moderna Bolivia, junto a los demás valores que históricamente han forjado la plural identidad nacional. Nadie debería estar en contra ni sentirse afectado por ese propósito, en la medida en que enriquece la diversidad cultural del país y mejora la autoestima de pueblos que han estado permanentemente marginados de la vida cultural, económica y política de Bolivia.

Las perplejidades surgen no por el objetivo sino por las formas, concretamente por las expresiones, iniciativas y símbolos que esa corriente escoge para desarrollar un programa que pretende ser serio y científico, fruto del trabajo colectivo de estudiosos y expertos del mundo andino.

De hecho, considerando las declaraciones de Choquehuanca acerca de sus hábitos de lectura, del remplazo de la leche por la hoja de coca en la dieta de los escolares, de la inédita “genética lítica”, del folclórico e improvisado “calendario andino-amazónico-chaco” y del controvertido “reloj del sur”, esa corriente muestra una cara más esotérica que científica.

En particular, las explicaciones que dio (en medio de otras imprecisas referencias científicas) el investigador (¡no el Canciller!) Choquehuanca del “reloj del Sur” en una entrevista en Cadena A son un ejemplo de lo que no dudo en definir los complejos de esa corriente.

Un primer complejo es el amor-odio por la ciencia. En lugar de valorar lo propiamente nuestro en el limitado contexto en que se desarrolló, sin necesidad de inútiles y discutibles comparaciones, dicha corriente suele recurrir a falsos o imprecisos argumentos científicos, sin que nadie le ponga freno, por ignorancia o paternalismo. Según la cándida confesión del Vicepresidente, un desconfiado gabinete se tomó seis meses de reflexión antes de aceptar la propuesta del cambio del reloj en la Plaza Murillo, tiempo más que suficiente para que cualquier ministro/a pudiera comprobar experimentalmente la falacia de la justificación esgrimida. En fin, para romper convenciones no es preciso ampararse en la ciencia, del mismo modo que un símbolo suele impactar sin necesidad de muchas explicaciones, como bien puntualiza el hostigado periodista Ricardo Aguilar (Animal Político,  29/6/14).

Otro complejo, no exclusivo del aludido, es el irrespeto a las normas: “Nosotros no pedimos permiso, lo hacemos”, confesó Choquehuanca a propósito de la violación de normas ediles con los cambios realizados en el reloj del neoclásico Palacio Legislativo, aunque no añadió que los abogados lo arreglarían.

Sin embargo, el verdadero complejo que saca a relucir esa escuela de pensamiento, a contramano de su discurso descolonizador, es él de inferioridad hacia la cultura occidental. No es otra cosa su afán de buscar la aprobación de los sabios occidentales a sus excéntricas declaraciones o de presumir de que científicos del Norte “avalan” las investigaciones de su corriente.

En fin, si de descolonizar en serio se trata, ¿por qué no cambiar los uniformes insalubres de policías y militares (imitación de los europeos) o dotar a las escuelas de mapas “de revés” para romper convenciones artificiales? Aparentemente se consideró lo último, pero se prefirió explotar el reloj del Sur por ser más impactante mediáticamente, desnudando así las verdaderas intenciones de la  “descolonización”.

 

  1. raul ramirez
    julio 5, 2014 a las 8:32 am

    Lo uno y el comentario presente, estupidos

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