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La encíclica profética “Laudato si'”


Revista Oxigeno, agosto 2015

La encíclica “Laudato si’” del Papa Francisco es más que un documento ecológico para llamar la atención del mundo sobre la grave crisis climática que soporta el planeta Tierra; es principalmente una encíclica “profética”, una crítica a fondo de la modernidad que vivimos, en busca de las raíces humanas del deterioro ambiental.

Francisco encuentra esas raíces en el paradigma del “antropocentrismo despótico”, es decir en el ejercicio del poder del hombre sobre la Creación para privilegiar el aspecto económico sobre cualquier otro valor. En síntesis, antes de una crisis climática existe en el mundo de hoy una crisis antropológica que hace al hombre responsable de los daños sociales y, por ende, ambientales.

Inspirada por la visión judeo-cristiana de la Creación y de la Historia, la encíclica es “profética” porque posa su mirada en las crisis que vivimos y orienta a todos los hombres, no sólo a los cristianos, hacia soluciones radicales.

EL CONTENIDO DE LA ENCÍCLICA

La encíclica, cuyo título es prestado del Cántico de las criaturas de San Francisco de Asís, tiene seis capítulos, un prólogo y un final con dos oraciones, una universal (de todos los hombres) y otra propiamente para los fieles católicos.

El primer capítulo (“Lo que está pasando a nuestra casa”) es un excelente resumen científico, social y ético de la problemática ecológica actual en el que parece haber intervenido el asesoramiento de científicos de primer nivel. Francisco hace suyo el diagnóstico de mayor aceptación entre los expertos y advierte que el planeta, en muchos fenómenos, está alcanzando puntos de no retorno (tipping points) que podrían desencadenar efectos catastróficos en  diferentes áreas. Para algunos científicos estamos al final de una era geológica, el Holoceno, que empezó hace 11700 años después de la última glaciación y que se caracteriza por una extraordinaria estabilidad de la temperatura del planeta, lo que ha permitido el desarrollo de la agricultura a gran escala. En reemplazo estaríamos ya ingresando al “Antropoceno”, una época de temperaturas crecientes y de grandes trastornos climáticos. El realismo del diagnóstico no le impide al Papa reafirmar su fe en la capacidad de la humanidad de asumir acciones heroicas para frenar ese proceso de aniquilamiento de la especie humana.

La visión judeocristiana de la Creación (más que de la naturaleza) desde el Génesis hasta el Evangelio es objeto del segundo capítulo. A partir de la ruptura, producto del pecado, de las tres relaciones fundamentales del hombre, con Dios, con el hermano y con la tierra, el hombre vive la tensión entre la admiración de la belleza de la creación y el deseo de querer “dominar” la tierra (“antropocentrismo despótico” le llama el Papa a esta actitud). Ante la disyuntiva de cómo actuar, Francisco opta por la responsabilidad de ser prudentes y competentes administradores, sin olvidar que somos “huéspedes y forasteros” en una tierra que otros vendrán a habitar. Todo es obra de Dios, todo está interconectado, ninguna criatura es descartable porque Dios la quiso.

En el tercer capítulo la encíclica aborda la “raíz humana de la crisis ecológica”. Es, sin duda, el capítulo filosóficamente más denso del documento porque desnuda el “poder” que está detrás del “paradigma tecnocrático” actual, el cual ha contaminado el pensamiento moderno, causando un calentamiento espiritual antes que el global. En suma, enfatiza el Papa, no hay ecología sin una adecuada antropología, so pena de llegar a aberraciones como la manipulación de los embriones, el aborto y el estilo de vida desviado, típico de las sociedades más opulentas, pero no sólo de ellas. Sin pretender frenar la creatividad humana, Francisco aboga por la centralidad de la ética de toda actividad humana; “la técnica separada de la ética difícilmente será capaz de autolimitar su poder”.

Después de la crítica, el Papa pasa a las propuestas, objeto del cuarto capítulo, las mismas que se resumen en optar por una “ecología integral” capaz de incorporar las dimensiones humana y espiritual a la dimensión tecnológica. No hay dos crisis, ambiental y social, sino una sola socio-ambiental, que requiere de soluciones integrales. Francisco propone algunos ejemplos en el ámbito político, cultural, urbanístico y de los servicios públicos que tienen impactos en el deterioro tanto ambiental, como humano y cuya solución integral representaría avances en ambos campos.

El capítulo quinto presenta “algunas líneas de orientación y acción” que van desde consensos internacionales sobre la prioridad de la economía real sobre la financiera, hasta medidas de eficiencia y transformación energética, pasando por una atención especial a los bosques y a los ecosistemas más vulnerables, sin olvidar la erradicación de la miseria que aún subsiste en varios países que, no casualmente, son los más vulnerables a los impactos del cambio climático. Todo eso es posible sólo mediante la ayuda solidaria de los países que mayor responsabilidad tienen en el deterioro ambiental y social actual. Más que soluciones técnicas, Francisco brinda orientaciones, concretamente cuatro principios generales (retomados de su Exhortación Pastoral “La alegría del Evangelio”) que deben guiar el diálogo en busca de consensos:

  1. “El tiempo es superior al espacio”: hay que concebir y generar procesos de gran aliento, superando la miopía de la política electoralista por alcanzar logros inmediatos.
  2. “La unidad es superior al conflicto”: en el conflicto permanente entre política y economía deben primar los objetivos que unen, o sea la búsqueda del bien común.
  3. “La realidad es superior a la idea”: la realidad local y cultural tiene prioridad sobre las recetas teóricas de los iluminados a cargo de diseñar políticas sociales y ambientales.
  4. “El todo es superior a las partes”: las medidas a tomarse deben considerar todas sus consecuencias, debido a que reparar un daño aisladamente puede provocar daños a mayor escala en otros sistemas.

Finalmente, en el sexto y último capítulo, el Pontífice define con mayor precisión el cambio necesario para enfrentar los desafíos socio-ambientales de nuestros tiempos. Su apuesta es por cambios en el estilo de vida consumista y derrochador; por el poder de la educación en todos los niveles, empezando por la familia, mediante un nuevo paradigma antropológico; por una conversión ecológica, individual y comunitaria, centrada en una espiritualidad que reconcilie el hombre con la Creación; por la valoración de la sobriedad liberadora de los apegos materiales. En síntesis, por una capacidad de “amar las cosas aunque no se sometan a nuestro control”.

LA ENCICLICA Y BOLIVIA

Es interesante releer la encíclica en el marco del contexto de nuestro país aplicándola a dos campos: la palabra de la Iglesia Boliviana y las políticas ambientales del Gobierno.

Por vez primera en la historia de los documentos pontificios, una Carta Pastoral de los Obispos de Bolivia (“El Universo, don de Dios para la vida”) es explícitamente citada, cuando señala que los impactos “de todas las agresiones ambientales los sufre la gente más pobres” (No. 48) y que, si bien la crisis climática es común, existen sin embargo “responsabilidades diferenciadas” entre países industrializados y pobres (No. 170). Adicionalmente, una lectura atenta de la encíclica permite percibir otros  ecos de esa Carta.

En cuanto a las políticas gubernamentales, existen coincidencias y disensos con la encíclica. Entre las primeras encuentro la crítica común a los “bonos de carbono” que solo maquillan, con dinero, los problemas globales; la “deuda ecológica” que tienen los países industrializados con los países que sufren más los impactos de eventos climáticos extremos; la valoración del agua como un derecho humano fundamental, anterior a otros derechos. Entre los disensos mencionaré las políticas forestales (Tipnis, Áreas Protegidas, expansión de cocales)  dictadas más por la economía que por la ecología; la visión consumista del modelo económico; la poca preocupación por los impactos del modelo extractivista imperante en las futuras generaciones; el ejercicio despótico del “poder”, descalificado por el Papa en favor de un diálogo constructivo y no excluyente.

La reflexión del Papa, dirigida a todos los hombres, hermanos del sol, de la luna, de la tierra, de todas las criaturas, incluso de la muerte, como canta San Francisco, no tiene fuerza coercitiva sino moral. Es de esperar que, ante la inminente reunión del COP-21 a realizarse en París en diciembre próximo, Francisco logre mover las conciencias y los corazones de los gobernantes de todos los países para avanzar en acuerdos que encaminen soluciones integrales a la profunda crisis que vive hoy la humanidad.

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