Una nueva religión


Página Siete, 5/12/2015

Si alguien todavía creyera que el llamado “proceso de cambio” es una revolución socio-política o, más modestamente, una reforma parcial del Estado, le advierto que está totalmente equivocado. Será por los sentimientos religiosos inspirados por la reciente visita del papa Francisco a Bolivia o tal vez por los genes monárquicos y teocráticos que recién afloran públicamente, lo cierto es que ese proceso se ha convertido en una nueva religión.

Para empezar existe una jerarquía de tipo eclesiástico: detrás del supremo viene su enviado/intérprete, cuya principal misión es visibilizarse como el “inseparable” del supremo, capaz de sentir angustia si hablan de él y terror si no hablan de él. Son una yunta: el alá y el mahoma de los Andes.

Después vienen los apóstoles/pastores, jerarcas que repiten en diferentes escenarios los rollos que el enviado proclama: son ministros, voceros, dirigentes máximos de movimientos populares (los que quedan en libertad). A éstos les siguen los misioneros, que viajan a todos los rincones del país a preparar la llegada de la cúpula y a sembrar su mensaje. Los miembros de la congregación no son camaradas, ni compañeros: son “hermanos y hermanas” que sirven abnegadamente al supremo hasta amarrarle los “huatos” y comparten todo hasta que la justicia o la prensa los descubre y los separa. Dejan atrás dinero, afectos, valores y principios con la esperanza de recibir el cien por uno.

El enviado es un ejemplo de sencillez y humor: habla a los viejos en parábolas y alegorías para que lo entiendan los párvulos; en efecto, yo cada vez más debo consultar con mi nieto de cuatro años para entenderlo. Como buen predicador fundamentalista sus profecías son apocalípticas: catástrofes cósmicas de sol y luna, o tal vez sólo del “cártel de los soles”, como sarcásticamente diría Humberto Vacaflor. Sin embargo, la escatología de la nueva religión es optimista. Su fe en el progreso y en sus manifestaciones energéticas y nucleares resuena en el lema: “¡Ánimo, lo mejor ya pasó!”.

Como en toda religión que se respete, hay herejes y apóstatas. Para ellos la muerte civil y la persecución procesal de la para-justicia inquisitoria y servil. Sin embargo, hay un resquicio practicado por los mismos jerarcas: la conversión. Conversión real, pero sin arrepentimiento ni propósito de no volver atrás, de los cultivos orgánicos a los transgénicos, del terrorismo al pacifismo, de lo alternativo a lo nuclear, del pachamamismo a la destrucción de bosques, del indigenismo a la manipulación y represión de los pueblos originarios.

Hasta hay un “santoral” sin Santos, pero con santos importados: Ché, Hugo y Nestor; una corte de demonios (neoliberales y capitalistas, envidiados antes que odiados) y también grandes liturgias donde el supremo y el enviado, llegados del cielo, ascienden en medio de las nubes, después de haber realizado los milagros de la multiplicación del césped sintético y la distribución de la plata del FONDIOC.

¿Y las finanzas de la congregación? Entre las fuentes más transparentes están los diezmos que los fieles entregan – libremente obligados – en recompensa de bonos celestiales y dobles aguinaldos.

Sin embargo, algo le falta a esta nueva religión: la oración. En su lugar hay algo más efectivo y valioso: el voto de los fieles que permite al supremo eternizarse y al enviado proclamar que uno solo es el profeta, uno solo el intérprete, uno solo el ejecutor de la voluntad que no conoce límites de espacio, de tiempo ni de leyes.

Asimismo algo le sobra a esa secta fundamentalista, que no religión: la alienación de su vida y de la realidad de su país, efecto del “opio” del poder en comediantes que actúan en un marginal escenario de la historia.

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