El rostro de la guerra


Página Siete, 22 de abril de 2017

Los vientos de guerra que han vuelto a soplar fuerte gracias a la retórica de Trump y del insano Kim Jong-un siguen persiguiéndome, aunque espero espantarlos catárticamente con esta columna.

Nací en la posguerra europea de modo que mi experiencia de la guerra es sólo indirecta y circunscrita a los pocos meses que el conflicto golpeó la región de Roma. Hace 18 años, al morir mi madre, encontré su diario y reviví, con gran conmoción,  todo el entusiasmo de una muchacha de 20 años, liberada por fin de la pesadilla de la muerte y entregada nuevamente a los juegos del amor.

Sin embargo, el verdadero encuentro con el rostro de la guerra lo tuve al final de la secundaria cuando se asignó al curso un ensayo sobre la guerra. El profesor de Literatura trajo las tareas evaluadas mirándonos con una mezcla de decepción y compasión. Nos dijo que no teníamos la más remota idea de qué es una guerra, que nuestra visión era infantil e idealizada a partir de los libros escolares llenos de fechas, personajes y batallas. Luego se conmovió y lanzó una frase que aún conservo en mi memoria: “La guerra fue para mí comer una sola vez al día hasta la mitad un plato de sopa aguada, para poder llevar la otra mitad a mi madre hambrienta”.

La reciente lectura del minucioso ensayo “Stalingrado” de Antony Beevor, historiador y ex oficial del ejército británico, me ha impactado profundamente y me ha enseñado mucho sobre los horrores de esa batalla.

He sufrido junto a millones de soldados y civiles, de ambos lados, víctimas de las armas, pero más aún del frío, el hambre, los piojos, el abandono del amigo, la crueldad del enemigo, la traición de los oficiales, las enfermedades físicas y síquicas. Hay testimonios desgarradores de amor en las cartas de soldados y oficiales dirigidas a sus esposas e hijos, aferrados a la imposible esperanza de abrazarlos de nuevo; de la fe, como última roca a la cual agarrarse antes de morir; de heroísmo de médicos y capellanes; de la inexplicable compasión de gente de pueblo hacia los odiados enemigos. Si a alguien todavía le fascina la guerra, cualquier guerra, le aconsejo esa lectura como antídoto eficaz.

He comprendido que el ideal ruso de defensa de la madre patria fue superior a la voluntad alemana de conquista y destrucción del eslavo, considerado un ser inferior. De hecho, por muchas razones, Stalin fue mejor líder y estratega que Hitler.

También extraje del libro la prueba de la cíclica impostura del populismo disfrazado de nacionalismo. En efecto, mientras el mariscal de campo Paulus se rendía en Stalingrado, Goebbels, buscando cambiar la realidad mediante la retórica, organizó en Berlín una masiva manifestación  para arengar a sus devotos: “¿Están decididos a luchar por la victoria a cualquier precio?”.  ¡Cualquier semejanza con la Venezuela de hoy, no es mera coincidencia!.

Hace 80 años, un pueblito vasco sin mayor significación estratégica fue escogido como conejillo de indias de “nuevos” métodos de guerra total, resultando en masacre de civiles y destrucción indiscriminada  de la centenaria infraestructura civil y religiosa. Fue un verdadero preludio de los venideros horrores de la guerra, que Pablo Picasso inmortalizó en el célebre cuadro “Guernica”.

Por todo eso, al igual que mi antiguo profesor de literatura, hoy siento rabia e impotencia, ante las frívolas declaraciones de Trump, que lanza una superbomba para mostrar fálicamente que “la suya es más grande” que la de Putin; ante la arrogancia suicida del caudillo norcoreano y ante un impresentable Nicolás Maduro que, atrincherado en su fracaso, es capaz de desencadenar una matanza de sus propios ciudadanos. Por cierto, con el “apoyo incondicional” del Gobierno boliviano.

 

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