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Archive for 21 octubre 2019

A votar sin miedos

Mi opinión sobre el voto del 20 de octubre

Respetuosa del silencio electoral, esta columna se limita a una reflexión en torno a las características del voto que la población emitirá para elegir al próximo mandatario.

Conforme al art. 26 inciso II.2 de la CPE, el voto es “universal, directo, individual, secreto, libre y obligatorio”. Me limitaré a las características de secreto y libre.

Secreto tiene dos significados: nadie puede ser obligado a revelar o justificar el voto emitido y tampoco nadie puede controlar o sancionar el voto de otros ciudadanos. En este sentido, aplaudo el anuncio del TSE de prohibir fotografiar la papeleta electoral, máxime cuando sabemos que las razones no son santas. Aunque no resulte fácil en la práctica, los jurados electorales deberían exigir el cumplimiento de esa norma para protección del propio votante.

Más importante es que el voto sea libre, emitido sin miedos ni coacciones de ningún tipo, conforme a las convicciones y voluntad de cada elector. Un voto no es libre cuando el votante sufre presiones reales o sicológicas y hasta chantaje físico para torcer su voluntad.

En esta campaña electoral hemos presenciado diferentes tipos de coerciones que buscaban infundir en el elector el temor de que, si no apoyaba con su voto a una dada candidatura, el futuro se pintaba sombrío.

De ese modo, aparecieron fantasmas cosmológicos (la desaparición del sol y la luna) para asustar a los incautos “kínder-campesinos”, deliberadamente mantenidos en una ignorancia funcional a los intereses de sus “tutores”. Por más metafóricas que fueren esas expresiones -como los gusanos de juanrámonica memoria que iban a zamparse a los opositores (y sí que lo hicieron, metafóricamente)- dejan un mensaje del miedo: el mundo se acaba si no votas por mí.

Al frente, los fantasmas son más terrestres: el miedo al fraude electoral que busca alterar el resultado del escrutinio. Ese terror ha llegado a la paranoia de dudar de los bolígrafos oficiales, sin considerar que un fraude comprobado, por más pequeño que fuera, deslegitimaría una eventual victoria electoral, con imprevisibles consecuencias. Recuerden el “harakiri” del general Juan Pereda Asbún en 1978.

Asimismo, el miedo suele apelar al “cucu” de la deriva dictatorial en el caso de reelecciones, siguiendo el libreto de Maduro en Venezuela y Ortega en Nicaragua. No niego esa posibilidad, pero repruebo que sea la razón que defina el voto. Sin embargo, no se pueden desconocer los antecedentes históricos de regímenes afines, ni la memoria de las dictaturas derrotadas, ni los “lapsus” amenazantes de obesas guerreras de recurrir incluso a la lucha armada.

Los miedos por el comportamiento a futuro de la economía juegan un rol ambiguo. La percepción aún positiva del ciudadano común impide que esa temática aparezca prioritariamente en el debate, como debería. Sin embargo, algunos mensajes subliminales apuntan a dar la ilusión de una bonanza persistente, por un lado, o a insinuar una catástrofe inminente, debido a las tendencias macroeconómicas.

En el primer caso, el mensaje del proceso de cambio es, paradójicamente, “¿para qué cambiar si las cosas están bien?” Y, aunque estuvieran mal, es mejor arreglarlas con las caras archiconocidas que con las buenas por conocer. Desde el otro bando, se insinúa que, por los riesgos inocultables de la economía, es preferible apoyar a candidatos que se rehúsen a seguir bailando al ritmo del derroche y de las inversiones fútiles.

Elegir sin miedos significa, en definitiva, votar a favor de un candidato -no solo en contra de sus oponentes- y, eventualmente, comprometerse con su gobierno. Parafraseando al papa Francisco, ha llegado el tiempo de reforestar la esperanza devastada por el miedo, real o ficticio.

Página Siete, 19/10/2019

Categorías:justicia y DDHH

¿De qué vamos a vivir? Mi réplica a Antonio Saravia

El Deber, 12/10/2019

Antonio Saravia me ha honrado dedicando su precioso tiempo académico a comentar mi columna, “¿De qué vamos a vivir?”. Su crítica, publicada en Pagina Siete (8/10) y en El Deber (9/10) se ciñe a un plano académico y por tanto merece una réplica en el mismo nivel, aunque yo no pretenda ser un economista profesional.

Saravia desarrolla su crítica mediante una contra pregunta conceptual: ¿El Estado debe intervenir en la economía? Su respuesta es un rotundo NO. En sus palabras, hay que dejar “que sean el sector privado y cada individuo los que decidan de qué van a vivir”. Más que a evidencias, teórica o empírica, contundentes, Saravia apela a dichos de gurús (un premio Nobel de su corriente) o alusiones a países exitosos con un modelo liberal clásico, sin nombrarlos.

Se me tilda de querer dar recetas y, contradictoriamente, se defiende otra postura “iluminada” que sostiene que el Estado no debe intervenir en la economía y el desarrollo.

Para avanzar, propongo reformularse la pregunta de la siguiente manera: “Cuánto Estado debe intervenir en una dada coyuntura histórica?”

Con eso quiero decir que no existe una receta universal, en el espacio y en el tiempo, para definir cuál debe ser el rol del Estado. Existen dos utopías opuestas: la del colectivismo puro de la ex URSS, donde el Estado hace y controla todo, y la del capitalismo salvaje de la Revolución Industrial, donde el Estado deja actuar a la iniciativa privada y, a lo sumo, atenúa los excesos. Ambas utopías han fracasado y no conozco país al mundo que hoy aplique rigurosamente esas recetas. De hecho, cada país decide democráticamente, con base en programas electorales, cuánto Estado quiere en su economía.

Asimismo, la historia muestra que los países pasaron por coyunturas en las cuales se vieron obligados, en fuerza del voto democrático o de circunstancias extremas, a asumir responsabilidades que, en “condiciones normales”, corresponderían al sector privado. Pienso en las socialdemocracias europeas de la posguerra: vencedores y vencidos se encontraron con economías devastadas y con el reto de la reconstrucción, cuando cada centavo era necesario para el bien común. Se crearon así las “participaciones estatales”, empresas que jugaron un rol fundamental en esa coyuntura, aunque luego redujeron paulatinamente su presencia en favor de empresas privadas o mixtas.

La utopía ultraliberal requiere de dos condiciones, también utópicas: un sector privado dinámico, patriota y con responsabilidad social y un Estado regulador, fuerte e incorruptible.

Aterrizando en Bolivia, el Estado es dueño de los recursos naturales y de sus rentas. ¿Cómo utilizarlas en un contexto caracterizado por un electorado que vive de mitos socioeconómicos anacrónicos y también por un empresariado que, salvadas ilustres excepciones, sigue viviendo de hacer negocios con el Estado o presionando al Estado cuando sus negocios encuentran dificultades en el mercado global?

Mis “buenas intenciones” no nacen de la ingenuidad o de un cálculo socialista. Nacen de una realidad social imperfecta por mil motivos y débil incluso en nuestro entorno regional.

Bolivia vive, en la economía, una situación de emergencia permanente (con efímeras oasis de bonanza derrochada) que obliga al Estado a estar activo en la economía – ojalá lo menos que pueda y de manera transitoria en muchos campos- porque eso es lo quiere su gente.

En fin, espero por lo menos que Saravia y yo coincidamos con el papa Francisco en que “la realidad es superior a la idea”.

Categorías:política y economía

El Área 51 y los alíenos encubiertos

Una llamada de mi hija, intrigada por la controversia en torno a los “secretos” de la base aérea norteamericana “Área 51”, me obligó a revisar la información actualizada en torno al gastado tema de los OVNIS.

El Área 51 es una base aérea aislada que cubre una superficie equivalente al Salar de Uyuni. Está ubicada en una zona destinada a pruebas nucleares en el desierto de Nevada. Al comienzo, las condiciones de vida en el Área 51 eran tan poco atractivas que sus creadores la llamaron Rancho Paraíso o Tierra de los Sueños, parecido al futuro que nos pintan los candidatos anticonstitucionales (más cerca de un Maduro que de un futuro).

Construida en los años ’50, en el contexto de la guerra fría, con el fin de probar aviones espía supersónicos, el Área 51, debido a su inaccesibilidad y al máximo hermetismo impuesto a sus 1500 residentes, se ha convertido en el caldo de cultivo ideal de teorías conspirativas y esotéricas.

Los técnicos tenían prohibido mencionar, incluso a sus parejas, qué trabajo realizaban; se encubrían diciendo que reparaban televisores; al igual que nuestro Presidente cuando dice que gobierna el país, mientras en realidad juega fútbol, discursea y se la pasa volando.

De hecho, gran parte de los famosos avistamientos de OVNIS en los EEUU se relacionan hoy con los casi tres mil vuelos supersónicos de los aviones espía U-2 y similares, realmente “objetos desconocidos” para pilotos y pasajeros de aerolíneas comerciales.

La “inversión” de más de 20 M$ del Gobierno de los EE. UU. en investigar los OVNIS es en realidad un gasto insulso, similar a las “inversiones” del Gobierno de Evo en elefantes blancos. En efecto, a la fecha no existe la más mínima evidencia de un objeto “extraterrestre” no natural, menos aún de seres extra planetarios. La famosa “paradoja de Fermi” y el “postulado de Gell-Mann” llevan a inferir que la falta de evidencia es, en este caso, evidencia de falta. Personalmente apuesto a que la NASA hallará evidencias de la existencia de alíenos antes que el candidato anticonstitucional acepte participar en un debate o en entrevistas serias.

La fama de esa base, que es reavivada periódicamente – como los incendios en nuestros bosques- por “revelaciones” remuneradas en proporción al morbo de la gente por esos temas, ha vuelto a los titulares a raíz de una broma estudiantil hecha por Facebook, mediante la cual se invitaba a invadir el Área 51 para develar los presuntos secretos allí guardados. Eso sucedió en julio pasado y, aunque no se ha registrado un incremento relevante del frívolo turismo que suele haber en las cercanías de esa base, hubo advertencias y amenazas de la seguridad militar, hecho que, desde luego, logra retroalimentar las teorías conspirativas.

Una de las teorías más extravagantes afirma que los alíenos están ya entre nosotros, en todo lado, pero encubiertos, mimetizados como si fueran humanos comunes y corrientes, actuando, sin embargo, en función de intereses anti civilizatorios. También en Bolivia, ¿por qué no?

Pensándolo bien, esa teoría no es tan descabellada si miramos atentamente a nuestro alrededor.

Pensándolo bien, no parecen humanos los fiscales, jueces y magistrados que administran la (in)justicia como lo hacen ellos. Incluso se sospecha de colonias de alíenos.

Pensándolo bien, un Tribunal Supremo Electoral, tan parcializado y funcional al oficialismo como es el nuestro, debe haber sido traído de algún rincón oscuro del universo.

Pensándolo bien, los guerreros digitales que salen de las alcantarillas oficialistas usan armas y estrategias más propias de sucias guerras galácticas que de contiendas electorales terrícolas.

Pensándolo bien, esos alíenos se escudan detrás de una minoría; 35%, quizás.

Página Siete, 5/10/2019

Categorías:ciencia y sociedad, humor