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Archive for 18 noviembre 2019

El cáncer de Bolivia

Se sabe que la mejor medicina del mundo es la preventiva. Invertir en higiene y educación, cuidado de cuerpo y mente, buena alimentación y vida feliz, evita incurrir en gastos mayores para curar enfermedades que se manifiestan a veces muchos años después de incubarse.

Bolivia ha tenido a lo largo de su historia una salud muy vulnerable debido a la falta de prevención: la deficiente educación, la mala alimentación, el alto riesgo de enfermedades, la discriminación étnica, la pobreza, entre otros. Por tanto, en ese cuerpo propenso a las enfermedades es muy fácil que aparezca, se desarrolle, se oculte, se manifieste, resista, rebrote y explote irreversiblemente un cáncer mortal.

La versión actual de esa enfermedad se incubó hace dos décadas en un lugar preciso del cuerpo. Luego brotó dolorosamente creando anticuerpos ante los paliativos con que inicialmente se lo quiso controlar. En efecto, una de las estrategias que tienen las células cancerígenas para reproducirse es mimetizarse. El cáncer de Bolivia se mimetizó en la democracia y en sus instituciones; se disfrazó de indigenismo, de ecologismo, de socialismo para incrementar su presencia en el cuerpo debilitado por anteriores padecimientos.

Al comienzo el cuerpo no reaccionó adecuadamente y el cáncer se instaló en firme, se expandió y afectó a otros órganos vitales del país: el órgano electoral, el constitucional, el judicial, el legislativo, hasta las facultades éticas y morales.

Cuando el cuerpo empezó por fin a reaccionar, cayó en la cuenta de que no era el caso de aplicar cirugías primitivas que podrían diseminar la enfermedad e incluso volverla aún más peligrosa. Milagrosamente, un remedio desesperado, llamado Referéndum, tuvo un éxito imprevisto, obligando al cáncer a una ulterior mutación para seguir engañando. Con la complicidad de otros órganos ya infectados, ese cáncer arma un “mecanismo” para mantener el control del cuerpo sirviéndose de unas enfermeras corruptas que intentan alterar los indicadores vitales. Afortunadamente ese fraude es descubierto por jóvenes laboratoristas y certificado por especialistas de una clínica internacional.

El escándalo precipita la decisión de una urgente cirugía mayor, sin las formalidades de una operación usual. Sin tiempo para llenar formularios, se apura la cirugía y se extirpa el tumor de los diferentes órganos.  No es un golpe al organismo, como gritan algunos tinterillos de una multinacional ideológica. Al contrario, es una liberación de una enfermedad fatal. Los que operaron son cirujanos no torturadores.

Lamentablemente, la metástasis estaba ya muy avanzada. De inmediato, “el mecanismo” de resistencia empieza a desarrollar una escalada de acciones perversas para impedir la recuperación, ocultando en algunos órganos colonias de células malignas (algunas trasplantadas de aborrecidos donantes del Caribe) prontas a reproducirse para facilitar la reaparición del cáncer o terminar de destruir el mismo organismo.

Bolivia está a punto de librarse de uno de los peores tumores de su historia. Los restos extirpados han sido trasladados e insertados en otro organismo que ya empieza a sentir en su propia piel el costo de codearse con un huésped tan maligno.

¿Qué hacer con el cuerpo de una democracia aún en terapia intensiva? De ninguna manera se debe permitir reinsertar el cáncer extirpado. Si algunas de sus células, mimetizadas en el organismo, quisieran liberarse del daño que les hizo ese tumor, sanarse y reintegrarse al cuerpo, ¡bienvenidas! Mientras tanto la recuperación del paciente estará a cargo de especialistas y profesionales y, después de su pronto restablecimiento, Bolivia decidirá a la brevedad, con libertad y madurez, qué hacer con su vida.

Página Siete, 16/11/2019

La Primavera Boliviana

He subido a mi blog la columna del pasado fin de semana.

La similitud se me ocurrió asistiendo al Cabildo del Campo Ferial, mientras compartía con miles de jóvenes, pintados de tricolor, canciones, estribillos y sueños de liberación.

A mis nueve años, un 23 de octubre, explotó en Budapest una revolución alentada por las tímidas reformas de Khrushchev a la muerte de Stalin. Esa insurrección fue reprimida violentamente por los tanques soviéticos con un saldo de tres mil muertos y 200 mil exilados, ante la indiferencia del mundo occidental. La represión ganó, pero Hungría ya no fue la misma.

Luego, ya estudiante universitario, me reconocí en los miles de jóvenes que, gracias a las reformas liberales de Alexander Dubchek, hicieron florecer la “Primavera de Praga”. La gente gozaba de vivir en libertad y sin censura, ante un “socialismo con rostro humano” que principalmente buscaba revertir la grave crisis económica producto del “socialismo real”. 

La Primavera de Praga murió en el verano del mismo año, cuando las tropas del Pacto de Varsovia acabaron con la resistencia pacífica de todo el país, dejando atrás un centenar de muertos y 300 mil exilados. El mundo entero, incluso la China de Mao Tze Dong, condenó la invasión con tonos críticos, pero fueron tan solo voces. De hecho, el régimen enfermo mantuvo su camino suicida por 20 años más.

Vino luego la “Primavera Árabe”, revelando aspectos comunes a esos movimientos: por un lado, un régimen inepto y totalitario, enemigo de las libertades y la democracia, y, al frente, una juventud que no renuncia a sus sueños, junto a políticos e intelectuales que intentan encausar racionalmente las broncas populares, acosados por los infaltables maximalistas del “todo (para ellos) o nada (para el pueblo)”. Detrás de esos regímenes, hordas paramilitares al servicio de una privilegiada “nomenklatura” anclada en el pasado; al frente, los que creen, al igual que el papa Francisco, que “el tiempo es superior al espacio”, viviendo con coherencia sus ideales y soñando con un futuro mejor para su país y su gente.

Este año 2019 acaba de explotar la “Primavera Boliviana” en las urnas, en las calles, en los Cabildos, en los cacerolazos, en la resistencia pacífica y creativa a un poder que, sin ser aún dictatorial, todo lo contamina y lo manipula, desde el voto a la verdad. Es una Primavera con sol y flores de nuevas esperanzas que se enfrenta a un régimen adicto al poder con todos las lacras de un drogadicto. La principal: no conoce límites para satisfacer su adicción.

Al igual que un drogadicto, ese régimen es capaz de robar y herir a su propia madre para conseguir su estupefaciente. Lo ha hecho con la Pachamama y lo volverá a hacer con las Reservas Naturales.

Al igual que un drogadicto, el régimen se sirve de la mentira y el engaño para alcanzar sus fines. Lo ha hecho con El Porvenir, el Hotel Las Américas, la Zapata, y lo volverá a hacer. Tampoco tiene palabra, pero sí un ejército de tinterillos, colegas de adicción y la voluble OEA que le arreglan errores y delitos. De sus nombres, consignados en el Libro de la Infamia, “¿Quién se olvida? ¡Nadie se olvida!”.

¿Acaso no estuvo la burla “legal” del 21F – burla al pueblo y a la democracia- al origen de ese perverso “Mecanismo” que ha desvirtuado la democracia y el voto y ha generado la polarización actual, las víctimas fatales de esta Primavera y el probable cuestionamiento al nuevo gobierno?

No excluyo que también la Primavera Boliviana termine aplastada en el verano. El régimen sigue de pie, pero con miedo porque sabe que vive su etapa terminal; sabe que no podrá substraerse al juicio de la Historia; sabe que llegarán nuevas primaveras, y, sobre todo, sabe que “nunca encontrará la manera correcta de hacer algo incorrecto”.