La democracia en la realidad de las culturas, la escuela y las ciencias

 Texto de la conferencia leida en el Panel sobre “Democracia representativa y vida cotidiana: sobre al (im)posible relación con los otros”, UCB-Cochabamba, septiembre de 2014.

 

Resumen

 

El concepto de democracia va más allá de sus connotaciones políticas: poder del pueblo, elecciones y representatividad.

La democracia es una  actitud en las relaciones interpersonales, en la pareja, la familia y la comunidad. Sus valores son: respeto, tolerancia, solidaridad, compasión.

Hay una paradoja en la democracia, entre el  fundamento antropológico (y científico) de la igualdad de las personas humanas y la constatación empírica de que no somos iguales, no nacemos iguales, no nos desarrollamos igualmente.

Hay instituciones que se encargan de aplicar y profundizar esa paradoja, como las culturas, la escuela, las ciencias.

¿Cómo conciliar igualdad principista y diversidad práctica?

 

 

  1. Introducción: Origen, significado e implicaciones de la “democracia”

La democracia no es natural al hombre. De hecho sólo en el siglo V a.C. se experimentó, en contados lugares, esa forma de gobierno e incluso con restricciones. El “demos” (pueblo) no eran todas las personas, sino sólo las pertenecientes a una clase social, los varones libres.

Asimismo, recién después de la II Guerra Mundial el ejercicio democrático UNIVERSAL (sin discriminaciones económicas, sociales ni de género) se ha consolidado en la mayoría de los países del planeta, no sin dificultades y retrocesos, como bien conocemos los que vivimos en América Latina.

Se puede discutir si la democracia es realmente el mejor sistema de gobierno, o si lo es en toda circunstancia. Hay bastante evidencia empírica que, en las crisis económicas, el ejercicio pleno y descontrolado de la democracia puede empeorar las cosas, sino pregúntele a la UDP o al gobierno de Carlos Mesa. De hecho, un buen gobierno no es necesariamente demócrata como un gobierno democrático no es necesariamente un buen gobierno.

Adicionalmente, historiadores de talla mundial han reconocido una limitación de las democracias liberales: la ausencia de utopías, de desafíos históricos, como los que suelen tener ideologías totalitarias, como el nazismo y el comunismo, aunque en forma equivocada.

Una paradoja más, que hemos experimentado en nuestra región, es que los valores democráticos se visibilizan más en tiempo de dictadura. Por ejemplo, es mucho más fácil unir corrientes políticas en torno a objetivos comunes ante un régimen que cercena la democracia que en un estado demócrata.

A medida que la democracia, como sistema político, ha ganado adeptos, sus implicaciones se han extendido a diferentes campos del quehacer de la sociedad, a tal punto que hoy democracia es sinónimo de libertad, de respeto mutuo, de tolerancia, de solidaridad y de compasión. Es lo que llamo “el principio democrático”.

Sin embargo nunca hay que perder de vista que la democracia, como todo derecho humano, no es un valor absoluto: de hecho no se aplica a todo campo e institución y está supeditado a otros derechos y valores fundamentales, como el derecho a la vida y a la libertad de expresión y pensamiento.

Veremos más adelante, hablando de las “democracias comunitarias”, a qué apunta esta observación.

 

 

 

  1. Los supuestos de la cultura democrática: la igualdad en dignidad y derechos de las personas humanas.

La democracia se basa en un supuesto que, como hombre de ciencia, me atrevo a poner en discusión: la igualdad de todos los hombres prescindiendo del color de su piel, su condición económica, su oficio, su credo, su grado de instrucción, su género y preferencias sexuales, etc.

En efecto, me pregunto, ¿cuál es el fundamento para sostener la igualdad de los hombres? ¿Por qué no admitir que hay culturas superiores o más adelantadas, que al chocar con otras, se imponen y las dominan?

Creo que hay dos fuertes argumentos para rechazar esas dudas.

El primero lo da, desde siempre, la religión, principalmente la judeo-cristiana, y tal vez sólo ella, en su forma más evolucionada: la persona humana, varón y mujer, ha sido   creada a imagen y semejanza de Dios y por tanto posee la misma dignidad, independientemente de los otros atributos temporales y culturales. Cristo ha salvado, con su muerte y resurrección, a todos los hombres sin distinciones.

Por tanto, y no quisiera parecer integrista en lo que digo, normas como la Declaración Universal de los Derechos Humanos, lejos de ser un “avance” respecto de las primitivas concepciones religiosas, no son más que una “explicitación” y un reconocimiento histórico de principios universales introducidos por la religión y validados por la ciencia.

La segunda razón viene de la Ciencia la cual ha demostrado que las diferencias genéticas entre individuos pertenecientes a diferentes etnias no son apreciables, por la simple razón que la igualdad la arrastramos desde algunos millones de años, mientras las diferencias étnicas y culturales tienen sólo pocos miles de años.

Consecuentemente, no podemos dudar de que todos los hombres nacen libres y poseen la misma dignidad y los mismos derechos en la sociedad, en el marco de las leyes de cada Estado.

Sin embargo, es interesante notar que la Evolución juega un rol ambiguo con respecto a esa igualdad.

Por un lado, biológicamente, tiende a “limar” las diferencias que pudieran presentarse, mediante métodos adaptativos y selectivos (las diferencias genéticas entre homínidos de hace millones de años eran mucho más relevantes que las diferencias entre humanos actuales), pero por el otro acentúa socialmente las diferencias, en la medida en que las sociedades modernas otorgan protección a los sectores más vulnerables.

Y esa es innegablemente una consecuencia de la democracia.

 

 

 

  1. ¿Somos realmente iguales? La paradoja democrática

 

Ahora bien, si el principio democrático, como lo he llamado, trasciende los derechos políticos y se convierte en una actitud en las relaciones personales, familiares y sociales, ese principio choca con la realidad diaria. De hecho, es tan cierto que conceptual y genéticamente somos iguales como que empíricamente somos diferentes.

Nacemos diferentes, nos desarrollamos diferentes, aprendemos diferentes, vivimos diferentes, hasta morimos diferentes. La uniformidad, nos recuerda el mito de la Torre de Babel, no es natural al hombre ni es sostenible empíricamente. Esa es la razón que ha llevado todas las sociedades históricas del pasado a discriminar a los enfermos, a los pobres, a las mujeres, a los niños, a los extranjeros, a los diferentes en general.

Es la que llamo la paradoja democrática: se presume la igualdad pero se vive en la desigualdad.

Se podría retrucar que esa paradoja es parte de la evolución cultural y ética de la humanidad: todas las naciones tienden hoy a nivelar o mitigar las diferencias. Esto es cierto, pero no puede ocultar que las diferencias son estructurales, “socialmente genéticas” y que por tanto nunca desaparecerán.

Por las restricciones de tiempo de esta ponencia, quisiera focalizar la paradoja democrática en tres instituciones que conozco más, para no repetir los clichés de los partidos políticos, de los sindicatos o de la familia, instituciones que de democrático tienen, con o sin razones, poco o nada. Por eso analizaré los valores democráticos en la escuela y la ciencia, en la religión y en las culturas.

 

 

 

  1. Tres aplicaciones de la paradoja democrática
  2. Empecemos por la escuela y la ciencia. No es un misterio que la escuela es estructuralmente meritocrática en sus objetivos y competitiva en su práctica. El objetivo es que el alumno “crezca” en todo sentido de la adolescencia a la madurez y que para eso adquiera los conocimientos y las herramientas necesarias.

Pero, en primer lugar, vemos en Bolivia, y no sólo acá,  la enorme diferencia entre escuelas rurales y escuelas urbanas, entre colegios fiscales y particulares, entre centros de enseñanza de barrios pudientes y pobres. No tienen la misma infraestructura, ni los mismos apoyos didácticos, ni los mismos profesores. Se cumple el principio del acceso a centros educativos, pero no a la misma educación.

En segundo lugar, aun en una misma escuela, las diferencias entre alumnos saltan a la vista y la función de la escuela se limita a contrarrestar mecánicamente, en algunos casos, o a profundizar esas diferencias, en otros; a veces normalizando a la “media-cridad” las exigencias (como la aplicación de la “curva de Gauss” para la aprobación “democrática” de un examen), otras veces rezagando sin misericordia a los que tienen mayores dificultades en el aprendizaje. No es una casualidad que muchos genios científicos de los siglos XVII y XVIII eran nobles, formados individualmente de manera de sacar a relucir las destrezas personales.

Ni qué decir de la Ciencia. A diferencia de las ciencias no experimentales donde la opinión del maestro cuenta (Ipse dixit), en las ciencias, como en el circo, vale sólo lo que se ve, lo que se puede demostrar, teórica o experimentalmente. Es la diferencia entre un doctorado “honoris causa”, aprobado democráticamente por una institución y los premios Nobel, reconocimiento fundamentado en un aporte universalmente reconocido a la Ciencia. Más allá de errores o manipulaciones que puedan existir también para otorgar esos galardones.

El reciente decreto del Gobierno de Evo Morales que otorga becas de posgrado en prestigiosas universidades del exterior con base en la meritocracia, es un claro ejemplo de la necesidad de la excelencia en la formación de recursos humanos. ¡Siempre y cuando la selección que se haga sea “democrática”!

La comunidad científica, a su vez, es aristocrática en el sentido etimológico del término (poder de los mejores) y el principio democrático se limita a otorgar, sin mucho éxito, iguales oportunidades a los futuros científicos.

  1. Tampoco en la Iglesia tiene cabida la democracia. No sólo en la estructura jerárquica, que es intrínsecamente de estilo monárquico y oligárquico y que se aferra a la tradición judeo-cristiana de la relegación de la mujer de las actividades públicas; no sólo en la tradicional discriminación social que ha operado la Iglesia en la selección de sus pastores (tal vez buscando la excelencia en una sociedad de “per se” discriminadora), sino en la misma vida espiritual. Los “laicos”, una categoría que personalmente rechazo, siguen siendo relegados en la toma de decisiones, en el desarrollo teológico y doctrinal, en la evangelización e, incluso, en los altares, como modelos de santidad. ¡Ni que decir de las parejas!

Sin embargo, en la Iglesia se da una peculiar combinación de jerarquía y carisma, de reyes y profetas, de papas y santos reformadores, bajo el “gobierno” del Espíritu.

De hecho, la presencia del Espíritu como guía del camino doctrinal e histórico de la Iglesia, quita cualquier posibilidad de aplicar principios democráticos en su seno.

¿O será el Espíritu la forma más elevada y transfigurada de gobierno para el mejor bien común?

  1. Finalmente en las culturas se manifiesta la paradoja mencionada, porque en ellas las “normas morales” – resultado de decisiones colectivas – tienden a sobreponerse al “sentido moral” – la ética innata de cada ser humano.

Los usos y costumbres en la toma de decisiones pueden ser consideradas formas de ejercicio democrático, pero no pueden volverse un absoluto, coartando los derechos fundamentales de las personas. Es el caso de los chicotazos electorales y en general del castigo físico, es el caso de la discriminación y relegación de las mujeres en el quehacer de la comunidad, es el caso de la coerción comunitaria en las libres decisiones de cada individuo.

El marxismo y el sindicalismo han acuñado la curiosa expresión del “centralismo democrático” para justificar la imposición de la mayoría en las minorías, cerrándose incluso a temas de información y transparencia.  Pero, ¿no pasa lo mismo con las sociedades por acciones, donde el socio minoritario está a la merced de las mayorías?

En suma, no es democrática la conducta de apelar al criterio de la mayoría para imponer comportamientos violatorios de derechos fundamentales de las personas, aunque éstas sean minoría.

 

  1. ¿Qué hacer? ¿Cómo responder a la paradoja democrática?

Ante la paradoja entre lo conceptualmente correcto y deseable y lo real, la respuesta de las sociedades modernas ha sido aplicar la llamada “discriminación positiva”, que es una medida tendente a reducir las desigualdades iniciales y mitigar los determinantes sociales que impiden aplicar el principio democrático de las iguales oportunidades.

La discriminación positiva en la sociedad consiste, por ejemplo, en dar cupos de empleos en el sector público a sectores marginados de la sociedad, con mayor dificultad para adquirir las destrezas necesarias para ese empleo; asignar cuotas de género en las candidaturas electorales, otorgar subsidios cruzados y privilegiar la atención de determinados sectores (ancianos, embarazadas, discapacitados, etc.) en el transporte y oficinas públicas.

Lo propio sucede en las sociedades por acciones: cada vez más se aprueban normas para proteger a las minorías frente a la imposición del “centralismo democrático” de los accionistas de mayoría.

La discriminación positiva se parece mucho a los subsidios focalizados y cruzados en la economía y se justifican en cuanto cumplen un objetivo de solidaridad y de ayuda, pero también en cuanto tienen una duración definida y no perpetua.

La discriminación positiva debería aplicarse en todas las áreas en las que el principio democrático no puede ser aplicado. Por ejemplo, en la escuela hay que ofrecer cursos de reforzamiento para alumnos rezagados, o escuelas especiales para niños con discapacidades; en las fuerzas armadas oficinas de “defensor del recluta” ante los abusos que vienen de la inevitable estructura jerárquica de esas instituciones; en la familia hay que abrir espacios de diálogo antes que de imposiciones verticales y en la misma Iglesia, ser más tolerantes en lo pastoral de lo que se suele ser en lo doctrinal, abriendo las puertas al acción del Espíritu; en las culturas exigiendo la vigencia de los derechos fundamentales, vigentes en el Estado, frente a prácticas originario- campesinas que los violan.

  1. Conclusiones

En conclusión, el principio democrático, el cual trasciende la aplicación política de la democracia, no es fácilmente aplicable en la sociedad, debido a las diferencias, desigualdades y discriminaciones, estructuralmente presentes.

El principio democrático es una meta hacia la cual se camina día a día con medidas mitigativas, como la discriminación positiva, pero sobre todo con una educación que cree conciencia de que una sociedad más justa y democrática se construye cultivando, en la familia, en la escuela, en el trabajo, en la Iglesia y en general en la sociedad, los valores de la solidaridad con los más débiles, tolerancia hacia los diferentes y servicio a los indefensos.

En esa tarea los cristianos deberíamos estar a la vanguardia.

 

Cochabamba, septiembre de 2014

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