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Supersticiones del año bisiesto

Este año 2016 es bisiesto, lo que significa que el mes de febrero tiene 29 días, y eso sucede cada cuatro años. Considero que todos conocen la historia del calendario y la razón de introducir un año de 366 días cada cuatro años (calendario juliano) con excepción de los fines de siglo que no son divisible por 400, como 1700, 1800 y 1900 (calendario gregoriano). Por eso en esta columna me concentraré en la etimología del término “bisiesto” y sus vínculos con la política y la superstición.

Al final de la República Romana el calendario civil tenía 12 meses y un total de 354 días. La diferencia con los 365 días del calendario solar se arreglaba añadiendo después del 23 de febrero un  mes de 22 o 23 días (mes “mercedonius”) cada dos años. El cambio estaba a cargo del Sumo Pontífice, quien le vio rápidamente el negocio al asunto: podía aumentar días al mandato de sus amigos políticos (cónsules y pretores) para prorrogarlos en el poder. Recientemente hemos visto, en Venezuela y Argentina, todo lo que se puede hacer en un día más en el poder, aunque sea el último. Asimismo, para buscar prorrogarse en el cargo, en Bolivia ya no es necesario manipular el calendario: es suficiente hacerlo con la constitución. Obviamente, existían también en Roma intereses económicos: aumentar al calendario un mes o un día afectaba a los vencimientos de las deudas, de las cuales casi ningún romano se libraba.

La confusión reinante en los dominios romanos debido a casi tres meses de diferencia entre el calendario civil y el solar  fue resuelta científicamente por el astrónomo egipcio Sosígenes y administrativamente por el “dictador perpetuo” Julio César el año 46 aC. Se la conoce como la reforma “juliana” del calendario, mediante la cual febrero pasaba a tener 29 días. Sin embargo Julio César, supersticioso como todos sus paisanos, colocó el día que había que añadir cada cuatro años después del 23 de febrero, siguiendo la tradición. Pero ese día ahora estaba ocupado por el 24 de febrero (sexto día antes de las calendas de marzo), así que repitió el 24 de febrero, llamando a ese año “bisextus” (bisiesto). Además, haciendo caso a los “llunkus” que siempre rodean al poder, renombró el quinto mes contando desde marzo (“quintilius”) con su nombre (julio), el cual, por ser impar, era considerado un mes fausto.

El sucesor del Julio César, el emperador Augusto, no quiso ser inferior a su tío, y se atribuyó el sexto mes, “sextilius”, que entonces tenía 30 días. Por decreto imperial, lo rebautizó como agosto y, por supersticioso,  le aumentó un día, quitándolo a febrero que, por ser el mes dedicado a los difuntos, era infausto “per se”. De ese modo, febrero se quedó con los 28 días actuales sin que nadie protestara bloqueando las carreteras del imperio.

Los que sí provocaron tumultos fueron los londinenses cuando en el año 1752 su Gobierno decidió poner en práctica, con casi dos siglos de retraso, la reforma “papista” del calendario gregoriano. De hecho el astrónomo Johannes Kepler había comentado sarcásticamente, por el año 1600, que los luteranos preferían estar en desacuerdo con el sol a estar de acuerdo con el Papa. En realidad, la razón del motín de Londres  fue el rumor que los 11 días, eliminados para ajustar el calendario, no iban a ser  remunerados.

Finalmente, en cuanto a los mitos en torno a los “infaustos” años bisiestos, es suficiente reflexionar que un mismo evento puede ser propicio para unos e nefasto para otros, como está aconteciendo con el follón en torno a  la empresa china CAMCE y su reparto y como sucederá con el resultado del Referéndum del 21 de  este mes.

Así que ¡a gozar sin temores del día extra que nos regala (sin paga extra) este año bisiesto!

Publicado en Página Siete el 11/1/2020

Publicado también en Los Tiempos, La Patria, El Día, Agencia de Noticias Fides, El Correo del Sur.

Los Reyes Magos en la historia, la tradición y el arte

Lea el artículo completo de imágenes en:

https://www.paginasiete.bo/gente/2020/1/5/los-reyes-magos-en-la-historia-la-tradicion-el-arte-242452.html

A continuación, reproduzco el texto del artículo.

Si asumimos la historicidad del episodio narrado en el Evangelio de san Mateo, los Magos, que no Reyes, llegaron desde Oriente a Belén, guiados por una “estrella” (una señal astronómica o un símbolo teológico) para “adorar al Rey de los judíos recién nacido”. La palabra griega “magoi” tiene diferentes significados, positivos y negativos, pero en nuestro caso se refiere con mucha probabilidad a sabios, astrólogos que proliferaban en las cortes imperiales de la antigüedad, hasta el siglo XVII por lo menos. Por ejemplo, Johannes Kepler, el descubridor del movimiento planetario, tenía el cargo oficial de astrólogo de la corte de Praga.

La función del astrólogo era interpretar los signos del cielo para asesorar al monarca en torno a decisiones vitales para su vida y la del reino. Cuánto de conocimiento astronómico y cuánto de criterio político y hasta sicológico había en ese asesoramiento es muy difícil medir. Algo similar sucede hoy con los adivinos y consejeros sentimentales que, en momentos de crisis, política o afectiva, llenan su agenda de citas con meses de anticipación.

Si bien tradicionalmente la Iglesia ha interpretado el episodio de los Magos como una “epifanía” – la manifestación del Salvador a las naciones-, sin embargo, en el texto de Mateo su visita parece jugar el rol de justificación del traslado de la sagrada familia de Belén a Nazaret. En efecto, Mateo no conoce que Jesús nació en Belén a causa del censo romano (aspecto que sí conoce San Lucas) y según él, a raíz del paso de los Magos por Jerusalén se desencadena la matanza de los inocentes por Herodes el Grande, cuya amenaza obliga a José a refugiarse en Egipto con su familia y de ahí establecerse finalmente en Nazaret. Sin embargo, no hay indicios de que José haya hablado en contra de Herodes desde Egipto, con la venia de los monarcas de allá.

El evangelio de san Mateo no da mayores indicaciones sobre número, nombres o procedencia de los Magos; gran parte de la tradición se basa en los evangelios “apócrifos”, que no son necesariamente fake news, sino que la Iglesia no los reconoce como oficiales, sin excluir que algo de realidad histórica pueda reflejarse en sus páginas.

Con base en los relatos apócrifos, muy pronto, como atestigua una pintura en las Catacumbas de Domitila en Roma (siglo II), la tradición fijó en tres el número de los Magos. Hay dos interpretaciones de ese número. La primera, más temprana, es que tres son las edades del hombre: juventud, madurez y vejez. Alternativamente, hacia el final de la Edad Media, se interpretó que tres eran los continentes conocidos en ese entonces: Asia, África y Europa (las islas griegas). El mago de Asia fue representado con vestimenta de un árabe o persa; el mago de África por supuesto con piel negra y él de Europa como un sabio filósofo. Pero eso, por más equitativo que parezca, no calza con la narración de que los magos venían de Oriente, Mesopotamia o Persia. Una curiosidad es que, a comienzo del siglo XVI, a pocos años del descubrimiento de América, uno de los magos adquiere semblante de un cacique indio. Un ejemplo es el retablo de Vasco Fernandes, conservado en el Museo Grao Vasco, en Viseu, Portugal (1501-1506). Lo propio observamos más tarde en el Perú a cargo de las Escuelas Flamenga y Cuzqueña.

Hacia fines del Medioevo, junto con las representaciones pictóricas de la anunciación del Ángel a María y de la adoración de los pastores, se vuelve popular entre los artistas representar la Adoración de los Magos. Esa representación tiene ciertos elementos comunes (códigos) que poco a poco van evolucionando. Como el objetivo de este artículo no es hacer una reseña de las interpretaciones artísticas de la Adoración de los Magos, señalaré solo algunos de esos “códigos”.

Del arte oriental viene la representación del “celo de José”. José es representado distante de la escena, ensimismado, meditabundo, como si dudara de su rol de padre. Más tarde se refuerza esa representación con la presencia de un diablo que tienta a José.

En cuanto a los Magos, inicialmente se los representa caminando en solitario hacia Belén, luego aparecen montando caballos que, hacia el siglo XV, se vuelven curiosos camellos pintados a veces de memoria o con base en la descripción de un viajero. En pleno renacimiento los Magos no están solos, sino que los acompaña todo un cortejo de personajes vestidos a la moda de la época, como en la “procesión de los Magos” de Benozzo Gozzoli (1459). Al otro extremo, Andrea Mantegna (1500) elimina todos los elementos superfluos, para regalarnos una especie de “selfie” de los personajes, representados, al mismo tiempo, con tres edades y tres naciones.

Otra curiosidad es que, en un ambiente dominado por varones, dos pintoras participan de manera destacada en la representación de esa escena: la barroca Artemisia Gentileschi (1636) y la más clásica Lavinia Fontana (1560).

 Entre los artistas que nos han dejado obras maestras en esa temática, cada uno con su sello personal, destacan, además de los nombrados, Giotto, Gentile da Fabriano, Masaccio, Botticelli, Leonardo, Durero, Tiziano, Memling, el siempre misterioso Giorgione, Rubens, Velasquez y hasta el inefable Salvador Dalí, que pintó un conjunto de tarjetas navideñas en los ’60 del siglo pasado.  

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La energía en la transición

En el umbral del 2020 y con la mirada puesta en el semestre de transición a cargo del actual gobierno, quisiera ordenar las tareas que enfrenta el sector energético en cuatro rubros, dando por descontado que la política de hidrocarburos del anterior gobierno ha sido, sino catastrófica, por lo menos desastrosa para el país.

En primer lugar, mencionaré las tareas ordinarias, que son las propias de cualquier gestión eficiente. Se trata básicamente de recuperar la transparencia en dos direcciones: la publicación periódica de datos confiables de todas las actividades del rubro y la investigación de los muchos y graves actos de corrupción realizados por anteriores autoridades de YPFB y ANH. Algo se está haciendo, pero ¿qué se espera, por ejemplo, para licitar una certificación seria y objetiva de las reservas? Sin ese dato básico es imposible construir una política de mediano alcance del sector.

Por otro lado, no se puede eludir las tareas urgentes: el contrato GSA con Brasil se vence este fin de año y los avances antes del cambio de gobierno fueron pocos y pobres, debido a la desconfianza existente entre YPFB y Petrobras, a causa también de desatinadas declaraciones y actos hostiles del anterior gobierno. Por eso aplaudo los avances logrados recientemente que han sido publicados y comentados en la prensa los cuales, en síntesis, buscan redefinir la relaciones energéticas con Brasil, en un marco de confianza, comprensión y realismo. Al contrario, asumo que la tarea de renegociar la Adenda con Argentina, que se vence dentro de un año, deberá postergarse al segundo semestre del 2020, debido al contexto político y económico binacional extremadamente complejo.

Existen luego tareas innecesarias y hasta inoportunas para un gobierno de transición. Me refiero a la discutible rebaja de tarifas eléctricas sin un plan de transformación de la matriz de generación eléctrica; al anuncio de importación de crudo por ducto, cuando el anuncio debería dirigirse a la realización de estudios de factibilidad; al deseo de reactivar unilateralmente el proyecto hídrico múltiple Rositas, el cual, por lo menos, requiere ajustes significativos.

Finalmente, en este período de transición aparecen tareas deseables, dirigidas a facilitar el camino del próximo gobierno en la construcción tempestiva de políticas de estado. Dos me parecen particularmente importantes.

Nadie duda que, antes o después, gradual o aceleradamente, Bolivia deberá encarar un Plan de Transición Energética (PTE) hacia las energías renovables que el país posee en abundancia. Lo requiere la salud del planeta, pero también el agotamiento de las fuentes de energías fósiles que está sufriendo Bolivia.

Cualquier PTE demanda varios pasos técnicos: definir metas y objetivos en un horizonte de tiempo de 20 o más años; identificar los actores principales y secundarios; contar con datos certeros del estado del sector y calcular los costos financieros. Pero, sobre todo, el PTE debe apoyarse en consensos nacionales y locales alcanzados a través del diálogo.

Ahora bien, este semestre de transición es ideal para construir una “ruta crítica” para poder consensuar el PTE, de modo que el próximo gobierno tendrá a su disposición una agenda de tareas y un protocolo a implementar desde el primer día de su mandato.

Asimismo, los graves problemas estructurales de YPFB no pueden (ni deben) solucionarse en un gobierno de transición. Sin embargo, también en este caso, la imprescindible reingeniería de la principal empresa pública debe contar con una “hoja de ruta” de acciones que, en un arco de tiempo de uno o dos años, permitan establecer qué cambios llevar a cabo para que YPFB vuelva a cumplir a plenitud su rol constitucional.

Los negacionistas

El negacionismo es la conducta de individuos que eligen negar la realidad para eludir una verdad incómoda. Existe un negacionismo crítico, que busca resquicios para sembrar dudas acerca de una evidencia empírica, y otro embustero, que refleja intereses personales o de grupo para apartarse de la verdad.

Los negacionistas abundan en las ciencias humanas y sociales, donde pesa la autoridad de quien afirma una verdad, pero escasean cuando se trata de refutar hechos empíricos y verdades científicas.

Un ejemplo son los negacionistas del cambio climático. Nadie objeta la realidad del calentamiento global del planeta, pero no faltan los que niegan la correlación del incremento de la temperatura con la quema de combustibles fósiles y apelan a otras causas naturales para explicar ese fenómeno. Algunos lo hacen por exceso de critica (demoler una verdad oficial produce fama y revoluciones científicas, o sino pregúntenles a Galileo o a Einstein), otros por defender intereses ideológicos o económicos (el uso de las energías fósiles).

Asimismo, hace siglos, la causa de todo suceso residía en la astrología -disciplina que daba de comer a muchos “sabios” en las cortes- de modo que la gente seguía muriendo de peste maldiciendo las estrellas y negando las verdaderas causas del contagio.

El fraude electoral realizado en Bolivia ha engendrado también sus negacionistas, más fuera que dentro del país, a pesar de las pruebas contundentes aportadas por investigadores nacionales y la auditoría “vinculante” de la OEA.

Tres informes internacionales se han esforzado por demostrar la coherencia estadística de los resultados oficiales del TSE. Los que han aplaudido las conclusiones de esos estudios lo han hecho, a mi criterio, más por el prestigio de sus autores e instituciones (algunas avaladas por premios Nobel) que por los sofisticados modelos utilizados.

Ahora bien, a diferencia de las ciencias sociales, en las ciencias naturales no importa quien defiende una verdad (aunque sea un premio Nobel) sino quien la demuestra y valida empíricamente. En un tuit he resumido mi criterio sobre esas conclusiones: “garbage in garbage out” (si metes basura, sacas basura). Dicho de otra manera, a partir de datos adulterados no se obtienen certezas. El problema con los artífices del fraude electoral es que manipularon dolosamente todo el proceso e incluso seguían alterando actas mientras se realizaba la auditoría de la OEA.

Es instructivo repasar cómo evolucionó la narrativa negacionista. Empezó negando de plano la palabra “fraude” (solo se admitió irregularidades “normales”). Sin embargo, a medida que salían más pruebas de múltiples anormalidades, el discurso fue: “pero no alteran el resultado final”. En esta fase intervienen, por excesivamente críticos o por interesadamente ingenuos, los expertos internacionales.

Cuando sale el Informe final de la OEA, lapidario y vinculante, la narrativa cambia: “si es que hubo fraude ése no fue responsabilidad del Gobierno sino de los pícaros vocales del TSE que estropearon la victoria del Jefazo”.

Obviamente nadie se tragó ese embuste, de modo que pronto la consigna pasó a ser: “el fraude fue un pretexto -un engranaje- del golpe de estado y de la sangrienta represión militar”. En este momento intervienen las comisiones internacionales para informar, de manera parcial y descontextualizada, sobre violación a los derechos humanos.

¿Qué viene después? Tal vez esta joya de cinismo.

“El hipotético fraude tenía buenas intenciones: solo buscaba preservar el mejor gobierno de Bolivia y evitar las bajas humanas que se dieron. Por tanto, las víctimas son el resultado de la denuncia irresponsable de un “mecanismo” que solo deseaba lo mejor para Bolivia”.

Las flores de las Primavera Boliviana

Ha sido un proceso largo y doloroso, pero al final floreció la Primavera Boliviana. Si el clima se mantiene templado y no regresan violentas tormentas invernales e infernales, Bolivia podrá vivir un período de reencuentro, reconciliación y reconstrucción que culminará en las próximas elecciones, libres de tramposos competidores.

Revisitando las cuatro semanas que duró el conflicto, me quedo con algunas flores que nos deja ese proceso.

Destaco en primer lugar la participación de la juventud, que ha vuelto a enamorarse del bien común, exponiéndose con sacrificio a una lucha pacífica, sin paga ni nota, creativa en cantos y estribillos que ya empezamos a extrañar. Esa juventud, que no se mide en años, adquirió rostro de familias enteras que marchaban, bloqueaban, asistían a cabildos, cantaban, luchaban y rezaban. Realzo también el acompañamiento de los vecinos a los grupos movilizados, la solidaridad y nuevas amistades en calles y edificios para resistir las acciones vandálicas que, también por esa razón, no lograron imponerse. Valoro especialmente la autodefensa de los ciudadanos de El Alto y otras zonas periféricas debido a las críticas condiciones de su entorno.

Un segundo ramillete de flores lo componen los líderes de la protesta -políticos, cívicos e institucionales- cada uno en su rol. Seguramente se cometieron errores, omisiones y excesos, fruto ora del entusiasmo, ora de la bronca, ora de la urgencia, pero su liderazgo en las calles y en los cabildos se mantuvo en el cauce de la protesta pacífica y en el marco constitucional.

Pongo en un tercer ramo a periodistas, comunidad académica y redes sociales. Los primeros por el invalorable y sacrificado trabajo por mantener bien informada la población en medio de amenazas y riesgos sin fin. Entre ellos, van mis respetos por Fernando del Rincón de la CNN que se enamoró de la causa boliviana mostrando a toda América los verdaderos rostros de los actores en conflicto. A su vez, los académicos -informáticos, estadísticos y científicos- actuaron como “investigadores de la estafa”, desde Bolivia y en el exterior, para desenmascarar el indignante fraude perpetrado con alevosía y premeditación por el MAS.  Finalmente, las Redes Sociales explotaron, en cantidad de memes y de usuarios activos, ante la huida de los “guerreros digitales”, no sabemos si por falta de paga o de motivación. Twitter, al margen de algunas exageraciones y distorsiones, logró hacer circular información, análisis y humor, incluso negro, como corresponde a un buen boliviano.

Asimismo, instituciones claves del Estado de derecho, como la Policía y las FFAA, hicieron su trabajo con profesionalidad y responsabilidad, en apego a la Constitución. No deseo olvidarme del rol, muchas veces discreto, de la comunidad internacional para facilitar soluciones legales y duraderas, junto a ese irremplazable actor clave de pacificación que es la Iglesia Católica.

Sin embargo, sabemos que la primavera es también la idílica estación de enamoramientos que no siempre maduran en amores. En este período de transición no hay cabida para triunfalismos. Muchas lacras recién derrotadas aún subsisten; otras pueden reaparecer, a causa de revanchismos e intolerancias. Muchas lágrimas esperan ser enjuagadas y heridas profundas aguardan a ser sanadas. En efecto, junto a varias señales positivas, especialmente desde de las mujeres al mando, vemos también uno que otro mensaje ambiguo que contamina, cual flor marchitada, el ramillete democrático de esta Primavera.

Por eso, es necesario que se expresen voces plurales para que prevalezca la paz, pero con tolerancia.           Entre ellas, las columnas críticas y constructivas, ahora más necesarias que nunca.

El cáncer de Bolivia

Se sabe que la mejor medicina del mundo es la preventiva. Invertir en higiene y educación, cuidado de cuerpo y mente, buena alimentación y vida feliz, evita incurrir en gastos mayores para curar enfermedades que se manifiestan a veces muchos años después de incubarse.

Bolivia ha tenido a lo largo de su historia una salud muy vulnerable debido a la falta de prevención: la deficiente educación, la mala alimentación, el alto riesgo de enfermedades, la discriminación étnica, la pobreza, entre otros. Por tanto, en ese cuerpo propenso a las enfermedades es muy fácil que aparezca, se desarrolle, se oculte, se manifieste, resista, rebrote y explote irreversiblemente un cáncer mortal.

La versión actual de esa enfermedad se incubó hace dos décadas en un lugar preciso del cuerpo. Luego brotó dolorosamente creando anticuerpos ante los paliativos con que inicialmente se lo quiso controlar. En efecto, una de las estrategias que tienen las células cancerígenas para reproducirse es mimetizarse. El cáncer de Bolivia se mimetizó en la democracia y en sus instituciones; se disfrazó de indigenismo, de ecologismo, de socialismo para incrementar su presencia en el cuerpo debilitado por anteriores padecimientos.

Al comienzo el cuerpo no reaccionó adecuadamente y el cáncer se instaló en firme, se expandió y afectó a otros órganos vitales del país: el órgano electoral, el constitucional, el judicial, el legislativo, hasta las facultades éticas y morales.

Cuando el cuerpo empezó por fin a reaccionar, cayó en la cuenta de que no era el caso de aplicar cirugías primitivas que podrían diseminar la enfermedad e incluso volverla aún más peligrosa. Milagrosamente, un remedio desesperado, llamado Referéndum, tuvo un éxito imprevisto, obligando al cáncer a una ulterior mutación para seguir engañando. Con la complicidad de otros órganos ya infectados, ese cáncer arma un “mecanismo” para mantener el control del cuerpo sirviéndose de unas enfermeras corruptas que intentan alterar los indicadores vitales. Afortunadamente ese fraude es descubierto por jóvenes laboratoristas y certificado por especialistas de una clínica internacional.

El escándalo precipita la decisión de una urgente cirugía mayor, sin las formalidades de una operación usual. Sin tiempo para llenar formularios, se apura la cirugía y se extirpa el tumor de los diferentes órganos.  No es un golpe al organismo, como gritan algunos tinterillos de una multinacional ideológica. Al contrario, es una liberación de una enfermedad fatal. Los que operaron son cirujanos no torturadores.

Lamentablemente, la metástasis estaba ya muy avanzada. De inmediato, “el mecanismo” de resistencia empieza a desarrollar una escalada de acciones perversas para impedir la recuperación, ocultando en algunos órganos colonias de células malignas (algunas trasplantadas de aborrecidos donantes del Caribe) prontas a reproducirse para facilitar la reaparición del cáncer o terminar de destruir el mismo organismo.

Bolivia está a punto de librarse de uno de los peores tumores de su historia. Los restos extirpados han sido trasladados e insertados en otro organismo que ya empieza a sentir en su propia piel el costo de codearse con un huésped tan maligno.

¿Qué hacer con el cuerpo de una democracia aún en terapia intensiva? De ninguna manera se debe permitir reinsertar el cáncer extirpado. Si algunas de sus células, mimetizadas en el organismo, quisieran liberarse del daño que les hizo ese tumor, sanarse y reintegrarse al cuerpo, ¡bienvenidas! Mientras tanto la recuperación del paciente estará a cargo de especialistas y profesionales y, después de su pronto restablecimiento, Bolivia decidirá a la brevedad, con libertad y madurez, qué hacer con su vida.

Página Siete, 16/11/2019

La Primavera Boliviana

He subido a mi blog la columna del pasado fin de semana.

La similitud se me ocurrió asistiendo al Cabildo del Campo Ferial, mientras compartía con miles de jóvenes, pintados de tricolor, canciones, estribillos y sueños de liberación.

A mis nueve años, un 23 de octubre, explotó en Budapest una revolución alentada por las tímidas reformas de Khrushchev a la muerte de Stalin. Esa insurrección fue reprimida violentamente por los tanques soviéticos con un saldo de tres mil muertos y 200 mil exilados, ante la indiferencia del mundo occidental. La represión ganó, pero Hungría ya no fue la misma.

Luego, ya estudiante universitario, me reconocí en los miles de jóvenes que, gracias a las reformas liberales de Alexander Dubchek, hicieron florecer la “Primavera de Praga”. La gente gozaba de vivir en libertad y sin censura, ante un “socialismo con rostro humano” que principalmente buscaba revertir la grave crisis económica producto del “socialismo real”. 

La Primavera de Praga murió en el verano del mismo año, cuando las tropas del Pacto de Varsovia acabaron con la resistencia pacífica de todo el país, dejando atrás un centenar de muertos y 300 mil exilados. El mundo entero, incluso la China de Mao Tze Dong, condenó la invasión con tonos críticos, pero fueron tan solo voces. De hecho, el régimen enfermo mantuvo su camino suicida por 20 años más.

Vino luego la “Primavera Árabe”, revelando aspectos comunes a esos movimientos: por un lado, un régimen inepto y totalitario, enemigo de las libertades y la democracia, y, al frente, una juventud que no renuncia a sus sueños, junto a políticos e intelectuales que intentan encausar racionalmente las broncas populares, acosados por los infaltables maximalistas del “todo (para ellos) o nada (para el pueblo)”. Detrás de esos regímenes, hordas paramilitares al servicio de una privilegiada “nomenklatura” anclada en el pasado; al frente, los que creen, al igual que el papa Francisco, que “el tiempo es superior al espacio”, viviendo con coherencia sus ideales y soñando con un futuro mejor para su país y su gente.

Este año 2019 acaba de explotar la “Primavera Boliviana” en las urnas, en las calles, en los Cabildos, en los cacerolazos, en la resistencia pacífica y creativa a un poder que, sin ser aún dictatorial, todo lo contamina y lo manipula, desde el voto a la verdad. Es una Primavera con sol y flores de nuevas esperanzas que se enfrenta a un régimen adicto al poder con todos las lacras de un drogadicto. La principal: no conoce límites para satisfacer su adicción.

Al igual que un drogadicto, ese régimen es capaz de robar y herir a su propia madre para conseguir su estupefaciente. Lo ha hecho con la Pachamama y lo volverá a hacer con las Reservas Naturales.

Al igual que un drogadicto, el régimen se sirve de la mentira y el engaño para alcanzar sus fines. Lo ha hecho con El Porvenir, el Hotel Las Américas, la Zapata, y lo volverá a hacer. Tampoco tiene palabra, pero sí un ejército de tinterillos, colegas de adicción y la voluble OEA que le arreglan errores y delitos. De sus nombres, consignados en el Libro de la Infamia, “¿Quién se olvida? ¡Nadie se olvida!”.

¿Acaso no estuvo la burla “legal” del 21F – burla al pueblo y a la democracia- al origen de ese perverso “Mecanismo” que ha desvirtuado la democracia y el voto y ha generado la polarización actual, las víctimas fatales de esta Primavera y el probable cuestionamiento al nuevo gobierno?

No excluyo que también la Primavera Boliviana termine aplastada en el verano. El régimen sigue de pie, pero con miedo porque sabe que vive su etapa terminal; sabe que no podrá substraerse al juicio de la Historia; sabe que llegarán nuevas primaveras, y, sobre todo, sabe que “nunca encontrará la manera correcta de hacer algo incorrecto”.